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jueves, 3 de abril de 2025
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140 años de un escritor salteño que merece mucho más

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Diario EL PUEBLO digital
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José Ma. Delgado

Mucho más conocimiento, eso merece José María Delgado, lo que seguro traería de inmediato más re-conocimiento. Nacido en Salto el 10 de julio de 1884, hijo de Julio Delgado (para muchos solo una calle de esta ciudad) y de Julia Moreira, fue médico, poeta, narrador y figura descollante en la directiva del club Nacional de Fútbol (una tribuna del Gran Parque Central lleva su nombre).

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Pero a Delgado hay que leerlo. Es una pena que tantos salteños no tengan idea de su obra. Es la suya una obra que seguramente daría buen material para seguir estudiando y profundizando. De hecho, cuando se pensó que lo escrito por él era solo lo que se conocía por haber sido publicado hasta ese momento (sobre todo poemas, como los libros Sport y Metal), apareció en el año 2018 la novela “Los que viven después”. Es esta una obra, que en sus permanentes investigaciones halló inédita Leonardo Garet y, tras agregarle prólogo y notas explicativas, la editó en el año mencionado como parte de la Biblioteca de Autores Salteños.

Dicho esto, agreguemos que Delgado falleció en la capital del país el 6 de mayo de 1956, y que es nuestro deseo provocar la inquietud de los lectores por saber más de él. Hoy, dejamos aquí el comienzo de “Los que viven después”, novela a la que ya hicimos referencia:

CAPÍTULO 1

(Fragmento)

¡Eh, tío Luis, que está por aclarar! -dijo y repitió Nadie zamarreando a aquel, sin otro efecto que el de arrancarle algunos rezongos incoherentes.

El tío Luis, por no perder la costumbre, había vuelto a la pieza, mediada la noche, tan borracho y temblón que ni raspar un fósforo pudo. A tanteos, en la oscuridad, buscó la cama y cuando la supuso al roce, se arrojó a ella, tal como si saltase de un malecón a una barca. En vez de los jergones, fue a parar al suelo toscamente enladrillado. Mas el golpe no le hizo mella. Se puso a tararear el chirunflín, «leit motiv» predilecto de sus embriagueces, y minutos después era un saco de plomo. Nadie estaba acostumbrado a esas situaciones. Las «monas» del tío Luis tenían fama, aún entre las hermandades marineras, donde, so pretexto de que el oficio lo exige, no se da paso sin previo remojón espirituoso del buche.

El propio tío Luis había enseñado a Nadie la forma de restituir al canal, cuando la beodez lo descarriaba. Era solo cosa de arrojarle un cubo de agua a la cabeza. Así lo hizo Nadie: Fue al pozo, llenó el cubo y, luego de balancearlo briosamente para reforzar el empuje, lanzó el contenido sobre la cara del borracho como si tratase de lavar una cubierta mugrosa. Tío Luis recibió el primer baldazo impertérrito, sin que siquiera insinuase una arritmia la línea estrepitosa de su roncar. Al segundo turbión se contrajo como babosa pinchada. Y al tercero se incorporó.

La luz de la vela, mantenida vertical sobre un baúl gracias a su propio esperma empleado como pegote, le iluminó el semblante. Tenía las barbas como si le hubiesen disparado a quema ropa un cartucho de perdigones rojos; efectos de los grumos en que coagulara la sangre de un tajo que, al caer, le había abierto en la frente la arista de un ladrillo.

Los tímpanos le zumbaban, y objeto en el que posase los ojos, se ponía a girar vertiginosamente. Ensayó un desperezo que al instante tuvo que contener ayeando, porque sentía las coyunturas como llenas de añicos puntiagudos.

-Otro baldazo-suplicó. Nadie le echó otro cubo de agua. -Ahora sí, estoy en mis dentros -exclamó tío Luis, después de comprobar que la vela había dejado de ser un molinete.

-Apúrese porque, donde no, todos nos van a ganar-aconsejo Nadie.

Cargando el tío los remos y el otro, rapaz aún, los toletes, el bichero y los retales de alfombras con que revestían los bancos del bote, fueron en busca de éste, al que dejaban por la noche varado en una playuela. Conocían al dedillo las escarpas de la costa por la que iban uno tras otro, el muchacho adelante y los dos ahincadamente mudos. Aún el sol andaba lejos, mas ya no había pájaro dormido, ni color que no preludiase.

-¡Ahijunas! -exclamó de pronto, tío Luis, poniéndose a azotar furiosamente con los remos unas matas.

-¿Qué hace? -preguntó el muchacho.

-No ves la nube de lauchas rabiosas? -respondió, preguntando a su turno, tío Luis.

-Está mintiéndose. Son yuyos -aclaró Nadie, sin dar mayor importancia a la incidencia.

Alucinaciones de tal orden habían pasado a ser, de un tiempo a esta parte, frecuentes en tío Luis.

-Me han hecho sudar frío -exclamó este, restregándose el frontal que, en verdad, era un rezumadero de humedades gélidas.

En el rancho de Batistín velaban a un angelito. Envuelto por el humazo que durante toda la noche fueran espesando en su torno cachimbos y charutos, el pequeño cajón fúnebre y las cuatro velas que lo custodiaban, parecían un minúsculo chinchorro enfarolado, perdido entre la bruma.

Tío Luis se creyó en el deber de presentar sus condolencias a Batistín que era el decano del gremio. Sobre una roca puso los re- mos que cargaba y se dirigió al rancho. Nadie hizo igual. El sueño había acabado por vencer a los veladores, incluso a la madre del angelito. Apoyaba ésta el mentón en el borde del féretro. Los cabellos desparramados sobre la arpillera que servía de mortaja y sacudidos por los sollozos que, aun inconscientemente, seguía menudeando el dolor maternal, suscitaron enseguida al tío Luis tal sensación de lombrices monstruosas que estuvo a un dedo de fugar. Batistín, descalandrajado, roncaba cerca de un brasero que, no obstante no restarle sino rescoldo, aun hacía silbar a una caldera. Dos mates, con las bombillas en cruz, se hallaban tendidos en el suelo como si también los hubiese tumbado la dormidera.

El aire hedía a aguardiente. Dos botellones de caña, repuestos sin cesar, habían andado de boca a lo largo del velorio, y las entrañas devolvían el alcohol como si lo alquitarasen…”.

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