Vivir con miedo no es disfrutar la vida, sino sufrir la vida. Vivir con miedo es mucho más frecuente de lo que se cree. Lo peor de todo es que estamos convencidos que no le tememos a nada. Sin embargo cuando “alguien” comete una fechoría y sabemos o tenemos fundadas sospechas de quien ha sido el autor o los autores preferimos “no hablar” por temor a las represalias.
Aunque no lo percibamos así, esto no es vivir, sino tener temor de que algo nos pase a nosotros o a nuestros seres queridos.
No hay tranquilidad, no hay paz y lejos de sentirnos seguros y protegidos, inconscientemente estamos siempre pensando en la otra situación.
La soledad, los miedos y la inseguridad de tantas personas que se sienten abandonadas por el sistema, o entienden que este es incapaz de ofrecerle seguridad, hacen que se vaya creando un terreno fértil para las mafias.
Porque ellas se afirman presentándose como “protectoras” de los olvidados, muchas veces a través de diversas ayudas, mientras persiguen sus intereses criminales.
Hay una pedagogía típicamente mafiosa que, con una falsa mística comunitaria, crea lazos de dependencia y de subordinación de los que es muy difícil liberarse.
El Papa Francisco también ha señalado entre las causas “las fuertes crisis políticas, la injusticia, y la falta de una distribución equitativa de los recursos naturales (…). Con respecto a las crisis que llevan a la muerte millones de niños, reducidos ya a esqueletos humanos – causa de la pobreza y del hambre- reina un silencio internacional inaceptable”.
Ante este panorama, si bien nos cautivan muchos avances, no advertimos un rumbo realmente humano.
En el mundo actual los sentimientos de pertenencia a una misma humanidad se debilitan, y el sueño de construir juntos la justicia y la paz, parecen de otras épocas. Vemos como impera una indiferencia cómoda, fría y globalizada, hija de una profunda desilusión que se esconde detrás del engaño de una ilusión: creer que podemos ser todo poderosos y olvidar que estamos todos en la misma barca.
Este desengaño que deja atrás los grandes valores lleva “a una especie de cinismo.
Esta es la tentación que nosotros tenemos delante, si vamos por este camino de la desilusión o la decepción, (…) El aislamiento y la cerrazón en uno mismo en los propios intereses jamás son el camino para devolver esperanza y obrar una renovación, sino que es la cercanía, la cultura del encuentro, el aislamiento NO, cercanía SI. Cultura del enfrentamiento NO: cultura del encuentro SI, agregó el Sumo Pontífice.
A.R.D.
