“Los nombres del cuento – El cuento salteño de hoy”, es una selección de cuentos de varios autores (en ese momento todos vivos), realizada por Leonardo Garet, editada por Ediciones Aldebarán en el año 2004 y presentada por el Prof. José Luis Guarino, en el salón principal de la Sociedad Italiana. Los autores: Myriam Albisu, Rita Alves, Alcides Flores, Leonardo Flores, Bruno Lorenzelli, Carlos Magnone, Jorge Menoni, Rocío Menoni, Celia Migdal, Jorge Pignataro, Alberto Prósper y Estela Rodríguez Lisasola. Hemos decidido compartir hoy los textos de aquellos autores que en estos veinte años han dejado de estar entre nosotros (con la excepción de A.Prósper, que por la extensión de su cuento quedará para otra oportunidad).
OLVIDO
(J. Menoni)
Una noche lluviosa cualquiera, un hombre cualquiera de miradas sin pensamientos, a la salida del bar, durante un instante de asombro, vio su alma frente a él con total nitidez. Sin pensarlo, le arrojó su paraguas al rostro que siguió su trayectoria sin golpear y se lo tragó la sombra.
Cerró momentáneamente los ojos para alejar la imagen hasta que el dolor del esfuerzo le hizo parpadear nuevamente. Se arrolló como un ovillo para ocultarse a sí mismo, se cubrió el rostro con las manos abiertas y volvió a mirar como quien no mira. Su alma ya no estaba. Se quedó largo rato mirando lo que ya no veía, esperando que volviera a manifestarse. Luego, en un rapto de cordura, decidió olvidar el hecho con un solo golpe de memoria.
Respiró aliviado, lo había conseguido: su alma nunca lo visitó; así selló el encuentro; nada volvería a perturbar su vigilia; había que darle su adecuado lugar a cada cosa.
Se incorporó de su mala posición para reanudar el camino y percibió con espanto que no recordaba para qué tenía sus piernas ni por qué estaba allí y se había olvidado de quién era.
LA CASA DE ENFRENTE
(M. Albisu)
Clara había escuchado a su padre contar una historia, referida a lo que ocurría en las noches de luna llena en la casa de enfrente: una mujer, aparecía en la escalinata del fondo con un ropaje blanco, y se paseaba como una evocación de otro tiempo, por aquellos jardines, ahora descuidados, que se volvían nuevos para celebrar su presencia.
A la joven le atraía la posibilidad de poder comprobar esta historia y el poder ver de cerca a aquella mujer. Su habitación situada en la parte de arriba de la casa, era un buen mirador; tendría que esperar la próxima luna llena y cruzaría para intentar entrar, aunque todo estaba herméticamente cerrado con candado y cadenas.
Faltaba poco para la luna llena. Clara entusiasmada, había tomado de la caja de herramientas de su padre una linterna. Llegó el día. Cerca de la medianoche comenzó a bajar la escalera, abrió y cerró la puerta sigilosamente, y linterna en mano, llena de miedo, cruzó y se apostó frente a las rejas de la casa de enfrente, a su candado, y a sus cadenas
entrecruzadas. La luz de la calle era escasa; intentó prender la intreen sin éxito… -¿y ahora?- se dijo apretándola contra su pecho: la linterna se encendió con una fuerte luz al mismo tiempo que las rejas le franqueaban el paso; a medida que caminaba se iban abriendo las puertas y notó que ella misma iba iluminando tenuemente el camino; llegó a los ventanales que daban al jardín que también se abrieron como recién aceitados; dio su primer paso y sintió que la envolvía la luna llena. Miró su sombra proyectada hacia un lado y giró; no se reconoció, su figura se había transformado, era bastante más alta y estilizada, sus ropas desaparecieron y se sintió cubierta por un leve y blanco ropaje. La escalera le ofrecía sus escalones para llegar al jardín; a medida que caminaba descalza, el césped se volvía fresco y mullido, los canteros se llenaban de plantas en flor, los árboles abanicaban sus hojas nuevas, y el agua de la fuente se volvía limpia y cristalina. Clara se quitó su leve ropaje y se sumergió en el agua pura y permaneció allí mientras la luna dibuja arabescos en la superficie; se cubrió y sin darse cuenta subió la escalinata perfumada de jazmines. Al mirar hacia atrás vio cómo todo aquel mágico lugar se desdibujaba poco a poco.
Volvió a su casa y se acostó.
MONODIA
(E. Rodríguez Lisasola)
Siempre supe que lo mío era el arte. La perfección. Lo escuché desde niño: tiene una sensibilidad exquisita… Ahora lo confirmo, cuando maté a Lupe ejecuté mi obra maestra. Como artista que soy mis sentidos están alerta, hasta dormido percibo los perfumes de la noche. Me basta tener una taza de porcelana en la mano para conocer la delicadeza del diseño.
Cómo sustraerme entonces cuando pude tocar la piel del cuello, de los hombros, hasta el abismo caliente de los senos.
No estuve ni estoy obsesionado, ni loco, ni me cabe ese término absurdo con el que usted se empeña en nombrarme. Ya le expliqué que soy un artista. ¿Las otras muertes? ¿Las otras mujeres?. Simples bocetos, ensayos… lo habitual en los que nos dedicamos a la creación.
Siento que su curiosidad lo impacienta, hasta depone el asco, por saber.Asco, si, descuide, no molesta, intuyo, su incapacidad de aproximarse siquiera a lo sublime.
Usted la conoció, muerta sí, pero la vio y no me diga que desvarío, la piel era una lámina de nácar, disculpe el lugar común, pero por más que lo he intentado no encuentro imagen más apropiada.
La conocí de noche, de verla pasar rumbo al bar «Las cuatro esquinas». Identifiqué tanto su taconear que la oía desde lejos, y ahí estaba, pronto para verla. Leve de ropas y el casi eterno pañuelo rojo atado al cuello. Desde el comienzo sentí deseos de apretarlo y apretarlo y apretarlo. Como usted ya sabe no lo hice, usé mis manos y fueron mis dedos, cada uno de ellos, metidos en su piel, los que la estrangularon.
Mis manos escribieron, pintaron, modelaron, esculpieron en ese papiro único, en ese lienzo blanco, en ese mármol casi imposible. Fueron mis manos las que lograron la sinfonía monódica de la muerte. Anote lo que quiera, resuelva lo que quiera.
