Estimados lectores. Cada Nación se conforma por sus tradiciones, creencias e idiosincrasias, que la vuelven peculiar y diferenciable entre el resto; siendo producto de su particular transcurrir, que es consecuencia y resultado, de esas mismas tradiciones, creencias e idiosincrasias.
La historia colocó a Uruguay y Argentina en un mismo hemisferio, unidos por el surgimiento de la colonia, bajo el dominio de un Imperio en común, que forjó una manera de ser similar, pero no igual. En el transcurso del tiempo hemos escuchado millones de veces el «somos hermanos», o como decía Borges: «Uruguay es una Provincia Argentina, al sur de Brasil». Geográficamente y culturalmente, podríamos hasta estar en cierto modo de acuerdo con el literato, y sostener sin miramientos de que nos sentimos «hermanos», aunque esa historia que nos ha unido en muchas cosas, nos ha demostrado, al mismo tiempo, lo distintos que somos en muchas más; siendo una de esas diferencias, el concepto de la política y de la democracia.
El comienzo del Siglo XX, más precisamente las primeras décadas de éste, marcaron la bifurcación de los caminos transitados al respecto. Mientras Uruguay, una vez finalizada la última Guerra Civil de 1904, apostó al sufragio universal, como medio válido para dirimir diferencias, basado en un sistema de partidos y una firme convicción republicana; la Argentina siguió el de los Golpes de Estado e indiferencia a la voluntad popular, con algunos lapsos excepcionales, que lamentablemente terminaban en otro quiebre institucional, y así sucesivamente, hasta el año 1983, donde con el Dr. Raúl Alfonsín, se establece una postura de solidez nunca antes vista.
Uruguay, y lo decimos con enorme orgullo, ha sido reconocido por el respeto que la clase política se dispensa entre sí, aunque no lo parezca; se ve con buenos ojos el que en un mismo lugar, sea por un evento institucional, histórico o social, ex presidentes y actuales líderes partidarios, confraternicen sin problema alguno, y hasta se profesen una cierta amistad; lo que no significa claudicación alguna de las posturas ideológicas, denotando, sí, madurez, aunque, reconozcámoslo, existan trasnochados que invocan el radicalismo.
Sin embargo, Argentina viene recorriendo el triste sendero de la descalificación del adversario, y la división entre buenos y malos, patriotas y vende patrias, pueblo y oligarquía; típico chamuyo populista, que intenta dividir para reinar y así justificar, echándole la culpa al otro, el fracaso de sus políticas.
Las elecciones de ayer, instancia que nosotros hemos vivido y creemos, personalmente, que refleja fielmente el deseo ciudadano; constituye todo un logro y un verdadero cambio en la mentalidad política de ese país, que comienza a comprender que los liderazgos omnipotentes, omniscientes y omnipresentes heredados de la primera era peronista, no son buenos para el desarrollo de una sociedad que precisa de entendimientos y consensos entre todos sus actores sociales, particularmente de los políticos, quienes, más allá de los obvios matices, deben definirse sobre esencias que hacen a la cosa pública y al ser nacional.
Los candidatos han encarnado esa transformación, y deberán liderar principalmente desde el Congreso de la Nación, los cambios necesarios y primordiales para el fortalecimiento de las alicaídas instituciones políticas, que tanto sufrieron durante más de una década de intransigencia.
Así como lo manifestamos sobre nuestro país, consideramos que debe de devolvérsele al Parlamento, la importantísima tarea de ser el real árbitro de la política, pues es él, y es solamente en él, donde radica la voluntad ciudadana, representada en cada uno de los legisladores allí colocados por ésta. No es buena señal, y peligra ostentosamente una democracia, cuando los momentáneos gritones ocupantes de una Casa de Gobierno, dirigen al filo de la Constitución y las Leyes, la marcha de un pueblo, utilizándolo en procura de satisfacer su enorme ego, en perjuicio de la concordia.
Anhelamos acaloradamente, por el cariño enorme que nos une a la Nación Argentina, que el rumbo que tome el nuevo Parlamento, sea de mano tendida y unión de ese hermoso terruño; como también el de restablecimiento de una cordial y fraternal relación entre ambos países; por lo que solamente nos resta desear: AL PUEBLO ARGENTINO, SALUD
Por: Dr. Adrián Báez
