Cuando el 11 de setiembre de 1973 las fuerzas militares al mando del tristemente recordado Gral. Augusto Pinochet, bombardearon el Palacio de la Moneda sede del gobierno chileno, provocando el suicidio del entonces presidente de Chile, democráticamente electo por el pueblo, el Dr. Salvador Allende, las democracias del mundo debieron reaccionar ante la barbarie y no todas lo hicieron.
Hubo quienes indirectamente cobijaron el golpe de Estado y quienes se opusieron a tamaña aberración fueron torturados, masacrados y asesinados. No nos engañemos todos sabemos lo que pasó y muchos fueron los que directa o indirectamente acompañaron el golpe de Estado.
El 11 de setiembre del 2001, observamos por televisión como los grandes aviones se estrellaban contra las torres gemelas de Nueva York y muchos (como nosotros) pensamos que estábamos ante el inicio de la tercera guerra mundial.
La masacre fue tremenda. Los muertos se contaron por miles, fruto de la insanía y del fanatismo terrorista. Tan condenable un hecho como el otro y si miráramos sólo el costo en vidas humanas, seguro que hallaríamos diferencias.
Pero no así en lo que respecta a las acciones. Tanto unos como otros se creyeron “salvadores” de los pueblos y guardianes del mejor nivel de vida y de la justicia social.
Que quede claro para nosotros tanto unos como otros fueron son y serán asesinos, que al disponer de poderosas armas decidieron por sobre los pueblos. Tanto quienes secuestraron a los aviones, con sus tripulantes y sus pasajeros, como quienes bombardearon el Palacio de la Moneda en Chile son cobardes asesinos, fanáticos del poder y nunca representarán a pueblo alguno.
Tanto el socialista Salvador Allende, como los tripulantes y pasajeros del cuarto avión que impidieron los planes terroristas obligando a que el avión se precipitara en un sitio aislado; como los pasajeros y residentes de las torres de Manhattan, víctimas inocentes de la demencia criminal del terrorismo, son para nosotros héroes de la democracia.
No existe argumento alguno capaz de justificar tamañas determinaciones. No compartimos ni compartiremos jamás estas acciones. Aún admitiendo que los pueblos pueden equivocarse en sus decisiones, jamás entenderemos a quienes asumen como válido matar, torturar y asesinar para imponer sus ideas.
Así como en el deporte se inculca el “saber perder”, los uruguayos más que nadie debemos asumir aquello de “clemencia para los vencidos”, que habla de un espíritu benévolo y conciliador, aunque no debemos olvidar a estos héroes jamás.
A.R.D.
