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jueves, abril 3, 2025
EL PUEBLO
Columnas De Opinión
Leonardo Silva Pinasco
Leonardo Silva Pinasco
Periodista en diario El Pueblo, Canal 4 de Flow, Radio Arapey.

“Los valores son brújulas para navegar en la vida”

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Monseñor Pablo Galimberti, Obispo Emérito de la Diócesis de Salto

Hacía tiempo que no pedíamos a Monseñor Galimberti algunas palabras que muchos de nuestros lectores pueden estar necesitando luego de haber sobrevivido a una pandemia, es por eso que le propusimos solo dos temas como disparadores de su reflexión.

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– Si tuviera que hacer un diagnóstico de nuestra sociedad pos pandemia, la uruguaya, pero particularmente la salteña, ¿hemos evolucionado, nos hemos estancado o hemos retrocedido en materia de valores?

– Los valores humanos los vemos, olemos y tocamos, empezando por nosotros mismos. Si se nubla o desaparece la secreta brújula de la conciencia perderíamos las claves para navegar en las encrucijadas de este mundo. Los valores en acción son brújulas para navegar en la vida. Empecemos con ejemplos sencillos. Cuando los precios en Concordia nos favorecían, veíamos largas colas de salteños que cruzaban de manera casi adictiva a cargar sus vehículos de combustible y artículos de todo tipo. Algunas personas cruzaban hasta dos veces en el día. Ejemplos banales si lo confrontamos con los abortos silenciosos de embriones. ¡Vidas humanas descartadas! Y sabemos lo que esto significa.

Al mismo tiempo, resalto el compromiso solidario de inspiración cristiana de un grupo de mujeres que han asumido la distribución de viandas de comida. Le han puesto el nombre “Obra de María”. Trabajan en tres direcciones, el grupo de viandas que aporta cocinando desde su casa y otro grupo que las distribuye. En total ofrecen de 90 a 100 viandas por sábado. Otro grupo se ocupa de llevar alimento para varias ollas y merenderos populares, que son entre siete y ocho.

Esta iniciativa solidaria recauda también donaciones en efectivo para comprar alimentos al por mayor. Llegan donaciones de alimentos de personas y algunas empresas. Otros alimentos provienen del banco de alimentos que aporta una ONG. Un tercer grupo entrega habitualmente ropa, frazadas, camas y colchones. O se entregan en casos extremos, por ejemplo, en caso de incendios.

Algo obvio ocurrido en la pandemia fue el aumento del aislamiento y repliegue de las relaciones humanas. A veces el aislamiento lleva a ignorar situaciones dolorosas. A veces basta generar un encuentro con la mirada o la disposición a escucharnos. Esto me parece que se intensificó más en las personas mayores, de tercera edad o jubiladas. A veces la televisión entretiene de tal modo que posterga horas a la lectura de libros preferidos o de la Biblia como libro de oración donde podemos alimentar las grandes verdades de la vida, frente a la fugacidad y precariedad. Antonio Machado así lo expresa cuando dice “converso con el hombre que siempre va conmigo -quien habla solo espera hablar a Dios un día-; mi soliloquio es plática con ese buen amigo que me enseñó el secreto de la filantropía… Y cuando llegue el día del último viaje, y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, me encontraréis a bordo, ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar”.

Pasar muchas horas ante el televisor puede dificultar los ratos de silencio interior, para rumiar ocurrencias, miedos, nostalgias. Es el tiempo para abrir una página bíblica, por ejemplo, el salmo 23 que propone palabras de confianza donde prevalece un tono sereno, apenas turbado por una referencia pasajera al enemigo.

La pandemia fue también un tiempo en que la comunicación vía celular creció enormemente. En ratos de soledad es bueno registrar pensamientos fugaces, ocurrencias, imágenes, rostros que nos han acompañado, se han alejado o ya partieron de este mundo. Se nos adelantaron a este gran momento que sólo las palabras evangélicas nos pueden alumbrar.

En algunas personas percibo una falta del saludable amor a la vida, que recibimos como préstamo para fructificar y compartir. El suicidio no es solo una tragedia personal y familiar, sino un drama social y cultural de nuestro país. A veces podemos con delicadeza ofrecer palabras que alumbren situaciones extremas. El sentido de la vida “se recibe como un don, se busca entre los claroscuros de la existencia humana, se encuentra o nos encuentra cuando nos abrimos a su luz. La verdad y el sentido no se fabrican, no se inventan; se reciben, se descubren” (Obispos del Uruguay. Abril 2024, cap. 4).

Situaciones concretas nos hacen conscientes de que en los años de pandemia hemos vivido como en una burbuja que nos planteaba percibirnos protegidos de las amenazas y golpes de la vida. De este modo hemos vivido distraídos, fingiendo que todo estaba bajo control. Pero las circunstancias han desbordado nuestros planes y nos han llamado a tomarnos en serio nuestro yo, a preguntarnos sobre nuestra situación existencial concreta. En este tiempo la realidad ha sacudido nuestra vida más o menos tranquila, asumiendo el rostro amenazante de un post-covid-19.

La realidad, de la que huimos a menudo creyendo que así podremos respirar, ya que somos incapaces de estar con nosotros mismos, ha sido esta vez áspera y nos obligó a quedarnos encerrados. Lo que ha sucedido, dicen algunos, ha sido como un maremoto. Decía un periodista español que “la realidad ha entrado sin permiso… Ahora lo que necesitamos es hacer de tripas corazón”.

Lo que ha sucedido ha despertado nuestra atención, poniendo en movimiento nuestra razón, llevándonos a reconocer, más allá de esquemas cómodos, que “hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, que en tu filosofía”, tomando palabras de Shakespeare en Hamlet. Una mirada retrospectiva nos señala que hemos terminado viviendo en una burbuja.

El desafío que nos plantea ahora la realidad nos obliga a mirar más en profundidad nuestra humanidad, ser hombre o mujer. Escribía Umberto Galimberti que “en esta condición insólita en la que nos hallamos -refiriéndose a la pausa de la pandemia-, en este estado de desorientación, nos haría falta dirigir la propia interioridad, que habitualmente se olvida, para saber qué somos, qué hacemos en el mundo, qué sentido tiene nuestra vida”.

Toda crisis o impacto profundo de la realidad, como dice Hannah Arendt “nos obliga a volver a las preguntas”, hace aflorar nuestro yo con toda su exigencia y nos hace gritar ¿por qué?

Son preguntas que inquietan y nos obligan a pensar en algo que se nos escapa. Muestran la inagotable búsqueda de sentido del yo frente a lo que sucede -la realidad, el dolor, la muerte- y a la vez la profunda coincidencia de racionalidad y religiosidad. Una coincidencia que podría sorprender a quien esté habituado a nuestra cultura uruguaya proclive a reducir la religiosidad a sentimientos pasajeros y privados. El surgimiento de esas preguntas ¿por qué este merece la pena y vivir? expresan la vocación de la razón y lo que es la auténtica e ineludible religiosidad del ser humano.

– La fragilidad sería una característica de nuestro tiempo, sobre todo en las generaciones más jóvenes, a las que le resulta particularmente problemático el fracaso porque parecería que no tienen las herramientas suficientes como para poder enfrentarlo, levantarse y seguir andando, llegando en algunos casos a situaciones extremas e irreversibles como el suicidio. ¿La Iglesia tiene respuestas a este flagelo de nuestro tiempo?

– ¿Qué ganamos con descubrirnos frágiles, vulnerables? ¿Para qué? Sirve para arrancarnos de la distracción a la que con frecuencia nos abandonamos casi sin saberlo, para interrumpir esa insensibilidad que muchas veces nos envuelve. Sin embargo, no se trata solo de descubrirnos frágiles. “Lejos del propio ramo, frágil y pobre hoja, ¿a dónde vas?”, decía el poeta Leopardi. Vivimos normalmente franjas de nuestra existencia con una imagen falseada de nosotros mismos, poniendo en cuarentena nuestra condición de personas. Esto nos hace permanecer en un estado de anestesia. Por eso algunos pensaban que “si para algo ha de servirnos esta catástrofe sanitaria es para recordarnos la fragilidad de todo, algo que se nos olvida en cuanto se suceden unos años de paz y bienestar”, escribía un columnista.

La realidad no nos dio tregua. Algunos hablaban de las angustias que nacen de lo desconocido. De hecho, el enemigo contra el que tenemos que combatir no es el coronavirus, sino el miedo. Lejos de los demás. Cada vez más solos. Corremos el riesgo de perder la esperanza.

Si el miedo nos invade, ¿quién puede vencerlo? ¿Qué vence el miedo en un niño? La presencia de su madre. Este método vale para todos. Es una presencia, no nuestra estrategia. ¿Y cuando el miedo es el de la oscuridad de la muerte? Alguien subrayaba el valor de la metáfora de la madre con el niño como respuesta al miedo ante el coronavirus. “Veo la necesidad de tener confianza en algo más grande que nosotros que nos ama infinitamente y por tanto nos protege. Exactamente como hacíamos de niños. Mirando la imagen de la Virgen de la Misericordia que abre su manto y resguarda a su pueblo”.

Solo el Dios que entra en la historia como hombre puede vencer el miedo profundo, como nos lo ha testimoniado la vida de sus discípulos, y como narra el Evangelio. Para compartir los sufrimientos humanos Dios se ha hecho hombre, un hombre llamado Jesús, de Nazaret, hijo de María, que aquella vez en Naín, al ver a una madre viuda que acompañaba al sepulcro el féretro de su hijo muerto, se había sentido atrapado por la emoción y, acercándose a ella le había puesto una mano en el hombro diciéndole “mujer, no llores”, una extraña incongruencia. Y luego resucitó a su hijo. Pero ¿cómo se le puede decir a una viuda cuyo hijo ha muerto “No llores”? Es absurdo. Y sin embargo, era este absurdo lo que dejaba a la gente con la boca abierta.

Paul Claudel hace una provocadora observación. Una pregunta se presenta continuamente ante el ánimo del enfermo: “¿Por qué a mí? ¿Por qué tengo que sufrir?” A esta terrible pregunta, la más antigua de la humanidad, podía afrontarla no una explicación sino una presencia, según estas palabras del Evangelio, “yo no he venido a explicar, a disipar las dudas con una explicación sino a reemplazar con mi presencia la necesidad misma de la explicación”. El Hijo de Dios no ha venido para destruir el sufrimiento sino para sufrir con nosotros. Como dijo Benedicto XVI en una famosa predicación, “solo este Dios nos salva del miedo del mundo y de la ansiedad ante el vacío de la propia vida. Solo mirando a Jesucristo, nuestro gozo en Dios alcanza su plenitud”.

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PERFIL DE PABLO GALIMBERTI

Nacido el 8 de mayo, por tanto, es del signo de Tauro.

De chiquito quería ser marino militar, como su padre.

¿Una asignatura pendiente? Amar más a Jesús y a María.

¿Una comida? Churrasco y pasta.

¿Un libro? La Biblia.

¿Una película? Prefiere del género de misterio o biográficas.

¿Qué música escucha? Música barroca, Händel.

¿Un día de la semana? Domingo.

¿El peor día de la semana? Cada día es un regalo del cielo.

¿Qué le gusta de la gente? Su sencillez.

¿Qué no le gusta de la gente? La demasiada formalidad.

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