Próximo a la hora 09:00 del 6 de mayo, personal policial concurrió a una chatarrería ubicada en la intersección de avenida Pascual Harriague y calle Washington Beltrán por un hurto denunciado en el lugar.
Los efectivos entrevistaron a un hombre de 50 años, quien manifestó haber constatado el faltante de un motor de máquina de esquilar, dos pares de elásticos, tres sillas de hierro forradas en cuero y dos tanques de 200 litros, entre otros efectos.
Por otra parte, a la hora 11:35, personal policial se hizo presente en un taller mecánico ubicado sobre avenida Gobernador de Viana, a la altura del 1000, también por un hurto. En el lugar, el denunciante expresó que próximo a la hora 10:40 constató el faltante de un gato hidráulico, sin detectar daños en el local.
La Policía trabaja en el esclarecimiento de ambos hechos.
Un hombre de 72 años forcejeó con un delincuente que asaltó su auto en Lavalleja y Uruguay. El autor fue condenado a 13 meses de libertad a prueba en Salto.
Imagen generada con ChatGPT para EL PUEBLO
Próximo a la hora 00:30 del 6 de mayo, personal policial concurrió a la intersección de calles Juan Antonio Lavalleja y Uruguay por una rapiña ocurrida en la zona.
En el lugar, los efectivos entrevistaron a un hombre de 72 años, quien manifestó que había concurrido a un cajero automático, dejando a su esposa, de 71 años, dentro del vehículo. Según relató, al regresar al automóvil un desconocido se subió al asiento trasero y, mediante amenazas, exigió la suma de $1.000.
Ante la negativa, la víctima encendió el vehículo y continuó la marcha por calle Lavalleja. Al llegar a la intersección con José Pedro Varela, el conductor detuvo el automóvil y ambos descendieron. En ese momento, el delincuente trabó lucha con el hombre de 72 años y luego se dio a la fuga, logrando hurtar una cartera que se encontraba en el asiento de la acompañante.
Las las actuaciones policiales y judiciales correspondientes, el Juzgado Letrado de Primera Instancia en lo Penal y de Adolescentes de Segundo Turno de Salto condenó a L.D.B.A. como autor penalmente responsable de un delito de hurto especialmente agravado.
La Justicia dispuso una pena de trece meses de prisión, sustituida por un régimen de libertad a prueba, debiendo cumplir con residencia fija, control y vigilancia de DINAMA, presentación semanal en la seccional policial correspondiente y tareas comunitarias durante treinta días, dos veces por semana.
Columna de opinión sobre el rol del Estado y su impacto en la familia, con una mirada crítica sobre políticas públicas, educación, impuestos y valores sociales.
“No existe tal cosa como la sociedad. Hay hombres y mujeres individuales, y hay familias.”
Margaret Thatcher
La Constitución establece con claridad que la familia es la base de la sociedad y que el Estado debe protegerla y garantizar su estabilidad. Sin embargo, entre ese mandato y la realidad cotidiana existe una brecha cada vez más evidente.
En los hechos, numerosas leyes y políticas públicas van en sentido contrario: lejos de fortalecer a la familia, terminan debilitándola, sustituyéndola o erosionando sus funciones esenciales.
Esto plantea la siguiente pregunta: ¿se ha convertido el Estado en un factor de disolución de la familia?
La respuesta es, sin duda, afirmativa. A medida que el Estado crece y expande su ámbito de acción, las familias pierden espacio, autonomía y protagonismo. Esta relación no es casual: distintos indicadores muestran una preocupante disminución en la conformación y estabilidad de los núcleos familiares, al mismo tiempo que se registra un incremento sostenido de estructuras burocráticas. Así, mientras la familia se debilita como institución central de la sociedad, el aparato estatal avanza ocupando funciones que antes le eran propias. El nuevo sentido de familia parece estar ligado a oficinas burocráticas.
El Estado es el principal enemigo de la familia natural, y aquí te ofrezco diez ejemplos que ilustran con claridad cómo determinadas políticas y enfoques estatales impactan —directa o indirectamente— en la estructura, la estabilidad y el sentido de la familia.
PRIMERO: Eliminando a sus miembros y elevando ese acto a la categoría de “derecho” y “salud”: antes del nacimiento, a través del aborto; y en etapas posteriores de la vida, mediante la eutanasia, lo que implica una profunda controversia sobre el valor y la protección de la vida humana en el seno de la sociedad.
SEGUNDO: Haciéndole perder toda referencia cuando el Estado impone a todas las familias una ideología de género, relativista y hedonista, completamente contraria a la naturaleza humana, sin respaldo en la ciencia y en contra de la biología. De esta forma el Estado hace perder a las familias toda identidad y, de paso, destruye la inocencia de nuestros hijos.
TERCERO: Diluyendo la institución familiar al equiparar todo tipo de uniones —sean pasajeras o estables— bajo un mismo concepto, sosteniendo que todas son equivalentes y lo mismo. Y recientemente aprobando una ley en la que los apellidos se pueden intercambiar, lo que no solo hace perder identidad sino que puede derivar en conflictos familiares. Igualar lo desigual es hacerle perder valor a la única institución de la sociedad que entrega lo más preciado y lo más valioso para la sobrevivencia de una sociedad: los hijos. Esto implica desdibujar el valor específico de la familia basada en la complementariedad de padre y madre, orientada a la procreación y crianza de los hijos, generando así una percepción de devaluación de ese modelo.
CUARTO: Convirtiendo al Estado en proveedor casi exclusivo y desplazando funciones que históricamente corresponden a la familia, supliendo el rol de la familia por una creciente burocracia que asume áreas como la seguridad social, las pensiones o la salud. Esto debilita los lazos de solidaridad intergeneracional y genera una pregunta inquietante: si el sustento en la vejez queda garantizado por el sistema, ¿qué lugar ocupa entonces el rol de los hijos dentro del proyecto familiar?
QUINTO: Generando un elevado costo de vida, fruto del peso y diseño del Estado de bienestar, que impacta directamente en las decisiones familiares. En este contexto, no son pocos quienes postergan o renuncian a tener hijos ante la percepción de no poder afrontar los costos materiales que implica su crianza.
SEXTO: Promoviendo desde el Estado organizaciones de feministas radicales del género que son enemigas de la familia y promueven una visión confrontativa entre el hombre y la mujer, mostrando la maternidad y el matrimonio como sinónimo de opresión patriarcal, y donde gestar un hijo es un síntoma de esclavitud. Organizaciones cuyo fin es destruir al hombre, dedicadas a construir relatos de abusos y violencia, que luego concretan en denuncias falsas, que destruyen la vida de uno de los miembros de la familia y, de paso, deja hijos huérfanos de padre.
SEPTIMO: Se promueve la cultura de la dependencia en la que se enfatizan los derechos por sobre los deberes, debilitando valores como el mérito, la responsabilidad individual y la cultura del esfuerzo, pilares fundamentales para el desarrollo autónomo de las personas y la solidez de las familias.
OCTAVO: Empobreciendo a las familias a través de una elevada carga impositiva y un alto costo del Estado que reduce significativamente el fruto de su trabajo. Cuando los ingresos del hogar se ven limitados, disminuyen también las posibilidades de proyectar, crecer y sostener una familia. Así, el Estado no solo restringe la autonomía económica, sino que además intenta reemplazar, con esos mismos recursos, funciones que originalmente pertenecen al ámbito familiar.
NOVENO: Debilitando la autoridad de los padres cuando el Estado asume un rol predominante en la formación de los hijos dentro del ámbito educativo. Un adoctrinamiento que se traduce en una intromisión en contenidos y valores que tradicionalmente correspondían al hogar, lo que desplaza a la familia como principal referente educativo y formativo.
DECIMO: Facilitando la disolución del vínculo matrimonial mediante mecanismos cada vez más ágiles, como los divorcios exprés o unilaterales sin causa. Hoy es más simple disolver una unión primordial de la sociedad, que abarca hijos y todo un entramado sustancial, que terminar y rescindir un contrato de alquiler. Claramente, eso transmite la idea de que el compromiso matrimonial tiene poco valor institucional.
Estas son solo algunas de las múltiples formas en que un Estado sobredimensionado destruye la estructura familiar.
La familia es una institución que produce terror entre los poderosos. Es difícil de corromper, ofrece más seguridad que el estado, otorga una identidad y algo que nos trasciende, pero también nos puede dar un mayor grado de autonomía.
La identidad, las vivencias, las raíces y los recuerdos de un ser humano no proviene del Estado ni de los burócratas, sino de las familia fuertes y constituidas. Por eso la familia es la institución más importante que nos blinda del poder, y es por ese mismo motivo que el poder la quiere destruir.
Para resumir, si queremos hacer frente a un Estado cada vez más creciente, invasivo y opresor, nuestra principal arma son nuestras familias.
Hoy en día defender la familia, el matrimonio y la maternidad es un acto de rebelión, es defender la base misma de una sociedad sana, próspera y verdaderamente libre.
«La soberbia es la enfermedad de la voluntad que cree que puede crear un mundo a partir de la nada, ignorando que el poder sólo es legítimo cuando nace de la pluralidad y el reconocimiento, no de la fuerza de un hombre solo»
(Arendt, 2005, p. 112).
La historia del pensamiento político occidental se ha definido por la tensión dialéctica entre la “auctoritas” espiritual y la “potestas” secular, una relación que hoy está experimentando una fractura sísmica. El epígrafe de Benedicto XVI que abre estas líneas no es una concesión al subjetivismo posmo-progre, ni a la autonomía moral de corte ilustrado, sino que, por el contrario, representa la reafirmación de una antropología teológica profundamente católica. La “conciencia” a la que aludía el entonces cardenal no es el refugio del deseo individual, sino el lugar de un encuentro objetivo con la Verdad. En la tradición del Magisterio, el reconocimiento de este “sagrario” implica que el Estado no es la fuente última de moralidad ni el dueño absoluto de ninguna persona. Esta distinción es la que hoy se ve amenazada por el discurso de mandatarios que, al pretender tutelar incluso la existencia física de la sede apostólica, olvidan que la Iglesia no le debe su supervivencia a la protección de ningún César, sino a su fidelidad al Logos.
El reciente enfrentamiento entre Donald Trump y el Papa León XIV, catalizado por la escalada bélica entre Irán, Estados Unidos e Israel, no constituye una de las tantas desavenencias diplomáticas, sino una colisión de paradigmas ontológicos sobre la salvación y el orden global. Cuando el líder norteamericano afirma en sus redes sociales que, de no ser por su presencia en la Casa Blanca, el Pontífice no estaría en el Vaticano, no sólo ejerce una retórica de dominio, sino que intenta subordinar la esfera de lo sagrado a la lógica de la protección transaccional mafiosa. Esta postura evoca un mesianismo político que vacía de contenido la trascendencia para convertirla en un accesorio del poder estatal, donde la legitimidad del representante de Pedro quedaría supeditada a la benevolencia del “César” de turno. Tal pretensión choca de frente con la libertad de la Iglesia, defendida históricamente contra todo totalitarismo, tal como señaló León XIII en su encíclica sobre la libertad cuando expresó que “la libertad de conciencia, entendida en su verdadero sentido, consiste en que el hombre tiene en el Estado el derecho de seguir la voluntad de Dios y de cumplir sus mandamientos sin que nadie pueda impedírselo. Esta libertad, la verdadera libertad digna de los hijos de Dios, es la que protege la dignidad de la persona humana y es superior a todo poder” (León XIII, 1888, Libertas Praestantissimum, n. 30).
En el epicentro de una guerra que consume a Medio Oriente y perjudica los precios de todo el mundo, la figura de León XIV surge como una voz ética que se resiste a ser asimilada por la realpolitik. La respuesta del Pontífice ante las descalificaciones de Trump- quien lo tildó de “débil” y “terrible” en respuesta a sus llamados de paz- fue de una sobriedad cortante al declarar que no le teme. Como reporta BBC Mundo y Ámbito, esta declaración de “no tener miedo” no debe leerse como un rasgo de carácter individual, sino como una categoría eclesiológica fundamental. La raíz de este valor se encuentra en la “parresía” evangélica: el hablar con audacia ante los poderes temporales, sabiendo que la autoridad del Vicario de Cristo no es una concesión del poder secular, sino una misión de orden sobrenatural. Sobre este último aspecto en particular, es pertinente recordar que San Juan Pablo II, en el inicio de su pontificado, recuperó este mandato bíblico dándole una carga política devastadora para los regímenes autoritarios, una tradición que León XIV actualiza, a su manera, frente al mesianismo contemporáneo. En sus palabras se escucha el eco de la enseñanza teológica sobre la fortaleza: “No tengan miedo de los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. El miedo es la herramienta del tirano; la ausencia de miedo es el principio de la libertad del creyente, que sabe que su destino último no está en manos de ninguna potencia terrenal” (Juan Pablo II, 2005, Memoria e identidad, p. 182).
Esta firmeza se complementa con una voluntad activa de testimonio. Según reporta la Deutsche Welle, León XIV ha sido enfático al advertir: “Seguiré alzando la voz para construir la paz”. Esta resolución no es un eslogan hippie pacifista, sino un ejercicio de la soberanía del Verbo frente a la estridencia de las armas y la propaganda mediática. Al afirmar que su voz no será silenciada por las amenazas del poder temporal, el Papa sitúa la diplomacia de la Iglesia en un plano de resistencia ontológica, porque no se trata sólo de buscar acuerdos, sino de proclamar una verdad que el poder mundano encuentra francamente insoportable. Como explica Hans Urs von Balthasar, la palabra de la fe posee una eficacia que desborda el cálculo político, en tanto que “la palabra de Dios es una espada de doble filo que penetra hasta las coyunturas de la historia. Quien la pronuncia con fidelidad no está sujeto al éxito mediático ni a la protección del Estado, sino a la fecundidad de la cruz, que es el único lugar desde el cual se puede hablar verdaderamente de paz” (Balthasar, H. U., 1986, Teodramática, p. 312).
A esta resistencia se suma una denuncia diagnóstica sobre la raíz psicológica del conflicto. Según se destaca en la emisora La 100, León XIV ha denunciado la “ilusión de omnipotencia” que alimenta la guerra en Oriente Medio. Este concepto despoja al poder político de su barniz de eficiencia estratégica para revelarlo como una patología del espíritu. La omnipotencia es el gran engaño del hombre que, habiendo expulsado a Dios de la historia, intenta ocupar su lugar sin tener la capacidad de sostener el peso de la creación. Esta “ilusión” es la que permite a un líder creer que puede redibujar fronteras o decidir la supervivencia de una institución milenaria desde una patética red social. Pues bien, la teología católica ha identificado siempre en esta actitud la raíz del pecado original: el eritis sicut dii (seréis como dioses). En este sentido, la guerra no sólo es un fracaso rotundo de la política, sino el síntoma de una ceguera metafísica donde el poder, ebrio de su propia fuerza técnica, pierde el contacto con la realidad de su finitud y la sacralidad de la vida ajena.
Consecuentemente, la tensión alcanza su punto álgido con la instrumentalización de la iconografía cristiana, cuya máxima expresión fue la publicación de una imagen que situaba a Donald Trump en una proximidad blasfema con la figura redentora de Jesucristo. Según reporta el diario Clarín, que intencionalmente pone el foco en el disgusto por parte de “sectores de la derecha religiosa estadounidense”, no es un desliz estético, sino un intento de sacralizar la figura del líder político hasta el punto patético de la auto-idolatría. Desde una perspectiva filosófico-teológica, este acto constituye una manifestación de la hybris posmoderna: la desmesura de un mandatario que, al pretender mostrarse como un redentor, incurre en una parodia de la encarnación para validar su propia prepotencia. Esta intención pueril de la figura del Salvador busca absorber la esperanza escatológica del pueblo para redirigirla a una figura política finita y totalmente contingente. Como señala Giorgio Agamben al analizar el funcionamiento de la máquina gubernamental, “la gloria, en la tradición teológico-política, no es solo un adorno del poder, sino la zona de sombra en la cual el poder se confunde con la liturgia para volverse incuestionable. La parodia de lo sagrado es el último recurso de un poder que, habiendo perdido su legitimidad racional, necesita la adoración para sobrevivir (Agamben, G., 2008, El reino y la gloria, p. 241).
Esta bizarra pretensión redentora opera sobre el vacío dejado por el abandono de lo sagrado en una humanidad que atraviesa el desierto del nihilismo. En una sociedad cada vez más secularizada, donde el “Dios ha muerto” nietzscheano se ha traducido en una orfandad metafísica, el símbolo político intenta ocupar ese espacio vacante, ofreciendo una seguridad mundana de pésima calidad y revestida de lenguaje profético. Sin embargo, esta sacralización cutre de la política no es un retorno a la fe, sino su negación más radical. Al convertir al líder en un objeto de culto, se asfixia la vivencia de una fe que, por definición, es apertura a lo inefable y crítica a toda idolatría terrenal. Al respecto, recordemos que Emilio Gentile destacó que este tipo de “religiones civiles” buscan la sumisión total del individuo a través de una mística de la nación o del líder, lo que termina por degradar tanto la política como la espiritualidad en tanto que “la sacralización de la política ocurre cuando una entidad terrenal —la nación, el partido, el jefe— es investida con los atributos de una divinidad, exigiendo una fe ciega que no admite la duda ni el juicio de la conciencia” (Gentile, E., 2007, El culto del Littorio, p. 32).
Al presentarse como un enviado divino, el presidente busca anular la capacidad crítica de la fe, transformando el mensaje evangélico en un programa electoral. Esta maniobra revela lo que Jean Baudrillard definía como el imperio de los simulacros, donde la imagen sustituye a la realidad y el símbolo religioso es vaciado de su misterio para servir a la hegemonía del espectáculo. El filósofo advertía que lo sagrado es aquello que no se puede intercambiar por nada, pero el sistema de consumo e imagen intenta convertirlo todo en un valor de cambio político, destruyendo la alteridad de lo divino.
Este escenario de soberbia política encuentra su correlato más trágico y material en el terreno mismo del conflicto, donde la retórica del poder se traduce en el aniquilamiento sistemático de comunidades vulnerables. Los atropellos cometidos por Israel contra las minorías cristianas en la zona de guerra, bajo la dirección de Netanyahu, representan una extensión de este desprecio por la autoridad moral y la vida humana. Como analicé oportunamente en mi artículo sobre el asesinato del padre Pierre Al-Rah, no estamos ante errores colaterales, sino ante la manifestación de un poder que ha decidido ignorar cualquier tipo de frontera ética. El asesinato de un hombre de fe, dedicado al servicio y a la paz, es el signo de una violencia que busca extirpar cualquier rastro de alteridad que no se someta a los designios de la seguridad militarizada. Asimismo, allí advertí que este asesinato supone un quiebre moral irreversible, donde la supuesta defensa de los valores democráticos se convierte en la triste justificación de la barbarie expansionista.
Está claro que la ruptura de la reciprocidad diplomática, que las fuentes de información detallan como un proceso degradante, revela una pretensión biopolítica por parte del poder secular. Al afirmar que el Papa le debe su estancia física en el Vaticano, Trump intenta ejercer lo que Michel Foucault denominaba la gestión de la vida y la muerte desde el Estado. El filósofo señalaba que el poder moderno se arroga el derecho de “hacer vivir”, convirtiendo la existencia de las instituciones en una concesión de su fuerza. Bajo esta óptica, el intento de Trump de presentarse como el garante de la supervivencia del Pontífice es un intento de despojar a la Iglesia de su autonomía ontológica. León XIV, al declarar que “no tiene miedo”, rompe el circuito de control emocional que el mesianismo político intenta imponer.
En este punto de la reflexión, es fundamental recordar que la raíz de este conflicto yace en una profunda incomprensión de la naturaleza de la Iglesia. Al sugerir que el Vaticano sobrevive gracias al favor de Washington, o al atacar impunemente a los cristianos en Gaza, Líbano y Cisjordania, se reduce la fe a un objeto de conveniencia. Como bien indicó Hannah Arendt, “la autoridad descansa sobre un reconocimiento que es a la vez incondicional y espontáneo, y que no requiere ni de la coacción ni de la persuasión. Donde hay que emplear la fuerza, la autoridad misma ha fracasado” (Arendt, H., 2003, Entre el pasado y el futuro, p. 102).
La ruptura total entre estos líderes marca un punto de no retorno donde la diplomacia ha sido devorada por el show de la política decadente posmoderna y el pragmatismo violento. El fenómeno erosiona la distinción fundamental que permite la libertad de conciencia en tanto que si el gobernante se arroga la protección de la fe y, simultáneamente, permite o ejecuta el asesinato de sus representantes, la religión deja de ser una instancia crítica para convertirse en una víctima propiciatoria de la soberanía estatal.
En conclusión, estimados lectores, este enfrentamiento nos sitúa ante la posibilidad de un nuevo “cesaropapismo” digital y militar ante lo cual es lícito preguntarnos: ¿puede una democracia declararse plena cuando sus líderes consideran que la autoridad moral y el respeto a la vida religiosa son obstáculos para la seguridad? ¿Es posible hablar de justicia cuando el asesinato de cristianos en Medio Oriente es tratado como una estadística más? El silencio que sigue a estos disparos parece ser el presagio de un mundo donde ya no se busca la verdad, sino la victoria total. ¿Qué queda de la esperanza cuando incluso el llamado a la compasión es denunciado como un acto de traición al Estado y el rostro del otro es borrado bajo los escombros de la ideología liberal?
Referencias bibliográficas
Agamben, G. (2008). El reino y la gloria: para una genealogía teológica de la economía y del gobierno (F. Costa e I. Costa, Trads.). Adriana Hidalgo Editora.
Arendt, H. (2003). Entre el pasado y el futuro: ocho ejercicios sobre la reflexión política (A. Poljak, Trad.). Península. (Obra original publicada en 1961).
Balthasar, H. U. (1986). Teodramática: las personas del drama. El hombre en Dios (J. Losada, Trad.). Encuentro.
Baudrillard, J. (1978). Cultura y simulacro (A. Vicens, Trad.). Kairós.
Próximo a la hora 11:25 del 7 de mayo, personal policial concurrió a la intersección de calles Ituzaingó y Guaviyú por un siniestro de tránsito. En el lugar, el conductor de una moto Zanella ZB, de 53 años, que circulaba por calle Ituzaingó al norte, resultó lesionado tras entrar en colisión con un camión JAC conducido por un joven de 26 años, que circulaba por calle Guaviyú al este.
Acudió ambulancia de UCMS y, visto por médico a cargo, se le diagnosticó: “Posible fractura de miembro inferior, traumatismo de tórax y traumatismo encéfalo craneano”, siendo trasladado al Centro Médico de Salto. Trabaja en el hecho la Brigada Departamental de Tránsito.
Por otra parte, el mismo 7 de mayo, próximo a la hora 18:00, se tomó conocimiento de otro siniestro de tránsito ocurrido en la intersección de calles Asencio y Brasil, con personas lesionadas.
En el lugar se entrevistó a una adolescente de 17 años, quien manifestó que circulaba en una moto Yumbo Max 50 por calle Asencio al sur y, a pocos metros de calle Brasil, un automóvil maniobró para salir de un estacionamiento, impactando con una de las ruedas de la moto, provocando la caída al pavimento de la conductora y su acompañante, también de 17 años.
Ambas fueron asistidas por emergencia médica, expidiéndose diagnóstico de “Poli leve”. Una de ellas presentó lesión en rodilla izquierda y fueron trasladadas al CAM. Intervino Brigada Departamental de Tránsito.
Asimismo, mediante llamado al 911, próximo a la hora 19:00, personal policial tomó conocimiento de un siniestro de tránsito ocurrido en avenida Barbieri y Santos Errandonea, donde resultó lesionada una peatón.
En el lugar, efectivos policiales constataron que una mujer de 70 años estaba siendo asistida por emergencia médica, siendo trasladada al Hospital Regional Salto con diagnóstico primario de “Politraumatizada grave”.
Por otra parte, se entrevistó a una mujer de 63 años, conductora de una camioneta Toyota, quien expresó que circulaba por avenida Barbieri al oeste y, al llegar a la intersección con Santos Errandonea, rozó a una peatón que cruzaba por la cebra de sur a norte, indicando que no logró divisarla a tiempo. La conductora detuvo la marcha y prestó asistencia inmediata a la víctima. Trabaja en el caso la Brigada Departamental de Tránsito.
El 8 de mayo, un usuario se comunicó al Servicio de Emergencias 9-1-1 para denunciar el hurto de su moto, la cual se encontraba estacionada en el porche de una vivienda ubicada en calle Uruguay, a la altura del 2500.
Mientras personal policial concurría al lugar, los efectivos identificaron a un hombre de 29 años que circulaba llevando el vehículo denunciado, procediendo de inmediato a su detención. Del hecho fue enterada la Fiscalía de turno.
Culminadas las actuaciones, mediante oficio Nº 345/2026 del Juzgado Letrado de Primera Instancia en lo Penal y Adolescentes de Segundo Turno de Salto, por sentencia Nº 79/2026, se condenó a M.A.A.S. como autor penalmente responsable de cinco delitos de hurto, tres de ellos especialmente agravados. Además, dos de los hurtos concurrieron fuera de la reiteración con dos delitos de violación de domicilio, uno de ellos en grado de tentativa, todo en régimen de reiteración rea La Justicia dispuso para el condenado una pena de diecisiete meses de prisión efectiva
Entrevisté a Marcelo Cattani para realizar un recorrido por la memoria visual de Salto, donde la fotografía nació como un acto de rebeldía frente a la opresión. A través de fanzines, cámaras a rollo y la bohemia de La Cofradía de la Colina, esta entrevista desnuda el alma de un artista que transformó la opresión en compromiso social.
Un testimonio sobre el «under» como refugio de libertad y la vigencia de una mirada que, entre lo analógico y lo digital, sigue latiendo.
EL DESPERTAR EN LA PENUMBRA
¿Qué fue lo primero que sentiste que tenías que fotografiar para que no se perdiera?
Nací en el 67 y empecé la escuela en el 73, en pleno golpe de Estado. Todos mis años fueron durante la dictadura. Veíamos las chanchitas en el barrio recorriendo y en las radios se escuchaban las marchas militares con los comunicados.
Viví en un lugar de clase obrera donde se respiraba arte y se hablaba de política, de lo que estaba pasando. La rebeldía era encontrar una forma de expresión a través del arte. Mi padre era albañil y mi madre leía mucho, me acuerdo de Cien años de soledad.
Yo tenía 14 y empezaban a hacer poesía, canciones, tocaba la guitarra y un día percibí que amaba generar imágenes con los textos. Fue un síntoma de que quería ser fotógrafo.
El arte siempre fue algo subterráneo que está ahí, ese grito de libertad y de estar vivo; escuchar un cassette con las canciones prohibidas, buscar válvulas de escape. En esa época el pelo largo no podía tocar el cuello de la camisa; el portero te hacía volver. Eran cosas de alta violencia para un adolescente que quería canales para ser él mismo. El tema era encontrar formas de mostrar y denunciar lo que estábamos viviendo.
LA ESTÉTICA DE LA ESCASEZ
¿Cómo era la tecnología para producir contenidos en esos días?
Usábamos mimeógrafo para pasarnos de forma cómplice un fanzine o un volante. Con papel y una gelatina de pescado hacíamos los mimeografiados que salíamos a pegatinear con chapitas; tenían un olor horrible y los afiches salían feos, pero era una válvula pegar esos carteles ahí.
Salíamos a veces en la noche sintiéndonos un poco héroes, porque los S2 estaban a la orden del día, esa «comunión soldado-policía» que decía Zitarrosa. Una vez subí al tanque de Lazareto a poner cosas arriba como acto de rebeldía, para que lo viera mucha gente. Fue en esa época que compré mi primera cámara, obviamente, todo era a rollo.
HÉROES SUBTERRÁNEOS
Si pudieras recuperar una sola imagen mental de aquellas trasnochadas creativas, ¿quiénes están y qué clima se respira?
Sin duda fui testigo de un tiempo efervescente. Hay un hecho que me marcó: cuando nació Cecilia Lanzieri, la primera hija de Ramón. Recuerdo que estábamos festejando y corríamos carreras con Ramón hasta el reloj para celebrar que había nacido. Era todo ese movimiento de La Cofradía de la Colina, el arte era la forma de sentirnos vivos.
Yo era mucho más gurí, tenía 14 años y ellos ya eran adolescentes de veinte y algo, pero ahí nos integrábamos todos: Juancho Martínez, el “Chino” Dalmao, mi primo «Camaca», el pico Menoni, Daniel Paveleschi, Marta Peralta, Víctor Silveira. Gente para la que el arte era su motivo de vivir. La Cofradía de la Colina se generó en el Parque Solari, en esa especie de colina donde se reunían a leer poesía. Generaban esos primeros poemas en unas hojitas hechas en mimeógrafo; era una maravilla recibirlos.
Como iba diciendo, en ese entonces compré mi primera cámara trabajando en la construcción y empecé mis primeros esbozos; también escribí un librito en una máquina Olivetti. Si cierro los ojos veo eso: que más allá de la opresión, se hacía con la alegría de sentir que se venía un mundo mejor. Luchábamos por eso.
EL MIEDO COMO TRASFONDO
¿En qué momento sacar una foto o repartir un fanzine pasó de ser arte a ser un riesgo real?
Estábamos bastante regalados porque la dictadura era dura y estaba muy viva en los últimos tiempos. En el año 84 estábamos haciendo una pegatina —una imagen de una niña con una flor que decía «viva la democracia»—, ahí cayó la policía. Estaba el Tilo Chácharo, que recién salía de la cárcel y éramos todos gurises: algunos de liceo y otros de escuela.
Nos pusieron presos a todos, en el patio de la policía; mi madre y Waldemar Carballo —junto a su esposa Pocha, uno de los principales referentes de izquierda de esos años— nos fueron a buscar al otro día.
Otra vez me dieron en el puerto unos volantes para dejar en lo de Waldemar; me subo a un ómnibus y se sube un tira. Me bajo en la Plaza Deportes y el tipo se baja atrás. Me temblaban las piernas. Cuando llegué a la casa de Waldemar y Pocha era como haber llegado al medio del desierto. Si eso no es under, ¿qué es el under? Es eso de estar ahí, donde subyace un grito de libertad.
EL LENGUAJE DE LA LUZ Y EL SILENCIO
¿Cómo moldearon esos años en Salto tu «voz» fotográfica?
En el momento que ponés el dedo en el obturador ante un hecho, tenés dos formas de ver la vida: denunciar o ser cómplice. Estás tomando una decisión que no es menor. Yo he intentado siempre comunicar a través de la imagen, que es muy potente porque traspasa la barrera del idioma y tiene un poder de síntesis muy fuerte.
Hay que tener un compromiso con eso. Como decía Dante en la Divina Comedia, vos no podés correr detrás de la bandera después; tenés que tomar decisiones. Con la cámara es igual. Yo tengo un compromiso social y con mi pueblo; si bien lo paisajístico es lindo, yo elijo mostrar las caras de mi gente, las lindas y las feas.
En mi formación tuvieron mucho más que ver los libros, la poesía, los amigos poetas, los boliches y la bohemia que leer catálogos de técnica. Cuando disparo, confluyen las historias que leí, los amores, los desamores y hasta la novia que me dejó. Hacer una foto es desnudar tu alma. Haber vivido todo eso en ese momento histórico confluye en la sensibilidad que uno tiene para mostrarle a los demás cómo ve el mundo.
EL DIÁLOGO CON EL NIÑO INTERIOR
Si pudieras revelar fotos con aquel Marcelo adolescente, ¿qué le dirías sobre su mirada?
Aquel Marcelo era un niño inocente de bohemia, que salía a las calles a capturar imágenes casi sin técnica, a puro corazón y sensibilidad. Creo que todo el bagaje que he tenido, los lugares del mundo que conocí y la técnica que aprendí, no cambiaron lo esencial: detrás de mi cámara sigo siendo ese mismo niño que disfruta con la misma inocencia y felicidad.
Soy un fotógrafo de mitad de camino; hice media vida con rollos y revelados y hoy estoy a pleno con lo digital, la inteligencia artificial y el Photoshop. Tuve que adaptarme para no ser obsoleto, pero lo demás está intacto. El cambio tecnológico pasa, lo tomás o lo dejás, pero lo que trasciende es la sensibilidad y el corazón latiendo detrás de la cámara.
LA DICTADURA EN EL ARCHIVO
¿Encontraste en tus negativos detalles que hoy gritan una realidad que antes no veías?
Tengo fotos que son buena parte de lo que vivimos. Hay una de los tanques un 25 de agosto y, atrás, los carteles de mis compañeros de lucha pidiendo «Verdad y Justicia».
Eran momentos donde la dictadura todavía estaba vivita y coleando; tomar esas decisiones no era fácil. Mis fotos son el grito de alguien que estuvo como preso tanto tiempo.
Mi cámara fue testigo de los boliches, de la bohemia, de las marchas obreras de los compañeros del PIT-CNT; de todas las luchas que acorralaron a la dictadura hasta que floreció la democracia. Haber sido un fotógrafo de mitad de camino me permite valorar hoy la tecnología, pero sigo manteniendo el «pienso» de la época del rollo.
Antes tenías menos disparos y había que pensar más; hoy sacás una ráfaga de 500 fotos por si sale una buena y no pensás tanto. Yo me quedo con el pienso, que vale mucho más que toda la carga tecnológica.
LA VIGENCIA DEL «UNDER»
¿Qué mensaje le darías a los jóvenes que hoy mantienen encendido el espíritu de libertad?
El mundo es dinámico y dialéctico; las nuevas generaciones siempre van a encontrar formas de expresarse de manera subterránea. Mi mensaje es que lo subterráneo es una forma de estar vivo ante el poder que nos quieren imponer. Si no nos gusta lo que nos imponen, hay que buscar ese hueco para decir «acá estamos».
En aquel entonces nosotros lo hacíamos porque nos tenían aplastados; hoy el sistema es el «tener, tener, tener», que también es una forma de opresión. Gurises, sigan por ahí, busquen su forma de expresión. Lo único malo es la quietud, que el teléfono los atrape; pero mientras haya expresión subterránea, siempre será bienvenida.
El programa «Objetivo», de Luciana Carballo y Manolo Pérez, triunfó en los Premios Río de los Pájaros. Tras ganar el Oro, anuncian nueva temporada por EP.tv.
En días pasados, en la vecina ciudad de Concordia, se desarrolló la 13ª edición de los Premios Río de los Pájaros, evento que promueve la integración y camaradería de los integrantes de los más diversos medios de comunicación de Uruguay y Argentina, premiando la innovación, calidad y trayectoria tanto de medios como de productos audiovisuales. Los mismos son organizados por la Fundación Paralelo Turístico.
En esta edición, integrantes de nuestra casa tuvieron una muy destacada performance con un programa de TV —OBJETIVO—, programa que en su primera temporada fue emitido por Canal 4 Paysandú y la red de Flow. Producción que en el pasado año fue declarada de interés departamental por la Junta Departamental de Paysandú.
Luciana Carballo, destacada comunicadora con años de trayectoria en los medios de comunicación, y Manolo Pérez, productor audiovisual y publicista —Un salteño que vuelve al pago—, son los responsables de esta propuesta dedicada a contar y traducir historias tanto de la ciudad como del interior profundo, teniendo como base principal narrar historias que transmiten trabajo, superación y educación, como también temas de interés para la comunidad.
En esta ocasión, OBJETIVO obtuvo los máximos galardones, compitiendo con propuestas de toda Argentina y Uruguay, obteniendo estatuillas por mejor conducción, mejor edición, producción integral y programa de interés general. Según Carballo – Nuestro principal interés era poder obtener la devolución del jurado para mejorar nuestro producto y, tal vez, alguna mención especial; nunca pensamos llegar, en nuestra primera presentación, a los máximos galardones en todas las categorías ternadas.-
Esta noche tan especial para nuestros compañeros aún deparaba más sorpresas, pues sobre el final de la velada obtuvieron el máximo galardón: la Edición Oro de dicha premiación, reconocimiento a la excelencia y calidad de las piezas presentadas.
En esta ocasión fue Pérez quien tomó la palabra y, con sorpresa y emoción, hizo alusión y recordó sus tiempos de adolescencia, y cómo un programa de TV salteño tuvo influencia en su vocación (dicho programa era VIDEO TOP —programa musical emitido por Canal 8 de Salto en los años 90— conducido por Teco Sarli y producido por Mario Goldman, quien también fue reconocido en la velada). Asimismo, destacó el momento de inflexión que los medios tradicionales están viviendo e invitó a los medios y profesionales a volver a los orígenes y volver a ser verdaderos formadores de opinión, generando contenidos de calidad pensados para nuestras comunidades. Al finalizar su intervención, destacó que el Oro debía ser un marcador de respeto para con todos los profesionales presentes, pues ellos están trabajando para llegar a ser “profesionales”.
En el próximo mes de julio, OBJETIVO estrena su segunda temporada, la cual es mucho más ambiciosa, pues tomará un tinte más regional, dedicándose a cubrir en esta etapa Salto, Paysandú y parte del litoral argentino, así como también algunos segmentos de carácter internacional.
La mejor calidad técnica, contenido dedicado al interés de la comunidad y tomas que son verdaderas postales, acompañadas por la mejor música: OBJETIVO, en su segunda temporada, podrá ser disfrutado en la grilla de EP.tv, en exclusiva para Salto.
Felicitaciones, bienvenidos y hasta el próximo OBJETIVO
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La Comisión de Turismo del Centro Comercial e Industrial de Salto ha formalizado el cambio de sus autoridades, marcando el inicio de una nueva etapa institucional. En esta oportunidad, la presidencia será asumida por Ofelia Somma, una figura de amplia trayectoria y reconocimiento en el sector turístico. Su llegada a la conducción busca aportar experiencia y una visión estratégica para continuar con el impulso del desarrollo departamental en esta área clave de la economía local.
En la vicepresidencia se desempeñará Patricia Lucas, quien aporta un perfil técnico vinculado directamente al turismo aventura. Ambas estarán acompañadas por un equipo directivo que ha manifestado su compromiso con el crecimiento sostenido del sector y la búsqueda de nuevos desafíos para la región.
Reconocimiento a la gestión saliente
Desde la directiva del Centro Comercial se hizo especial énfasis en agradecer la labor desempeñada por Flavia Lavecchia durante su periodo al frente de la comisión. Se destacó su liderazgo y su valioso aporte para fortalecer el turismo tanto en el ámbito local como en el nacional. Entre los hitos de su gestión, se subrayó la consolidación de iniciativas estratégicas de gran relevancia técnica, como es el caso del Vademécum del Agua Termal.
Pese a dejar la presidencia de la comisión local, Lavecchia continuará vinculada estrechamente a la actividad. Seguirá representando al Centro Comercial e Industrial de Salto ante la Cámara Uruguaya de Turismo, donde actualmente desempeña el cargo de Secretaria General, asegurando así la presencia de Salto en los espacios de decisión nacional.
Un año de aniversarios
Este recambio de autoridades se produce en un marco temporal de gran significación para la institución. El próximo 20 de junio, la Comisión de Turismo celebrará sus 20 años de labor ininterrumpida. Durante estas dos décadas, el grupo ha trabajado de forma constante en la promoción y el desarrollo de los atractivos turísticos del departamento.
De cara al futuro, la nueva directiva reafirmó su compromiso de mantener una participación activa en los diferentes espacios de coordinación, promoviendo un desarrollo sostenible y generando herramientas técnicas que contribuyan al crecimiento de toda la región.