Una mirada personal sobre los perros guía: lejos del maltrato, su vínculo se basa en respeto, entrenamiento y autonomía compartida.
Ni esclavos ni herramientas: compañeros de vida

Bienvenido, lector. Este año, el azar y el juego del día a día marcaron el inicio de esta columna que busca reflexionar y poner en debate algunos temas que le generan cierta «cosquilla» a quien escribe. Me daré el lujo de hacer entrevistas que aporten sensibilidad y pensamiento a nuestro maratónico día a día. Agradezco ya, y desde estas primeras líneas, por aceptar la invitación de leer lo que tiene para decir esta persona que mezcla letras para contar historias.
No soy fanática de lo autorreferencial, pero esta primera columna tiene lugar el día miércoles 29 de abril; el último miércoles de dicho mes se celebra el Día Internacional del Perro Guía. Me parece una fecha pertinente para hablar de estos seres que viven su vida compartiendo con quienes los elegimos para transitar la nuestra de forma autónoma e independiente.
Hace un par de días, la indignación me recorrió el cuerpo y el pensamiento al leer una afirmación letal: hablaban de “esclavitud”, de “maltrato” y otros adjetivos que no hacían más que decorar una idea errónea del trato animal. Aclaro que defiendo mucho a los animales y me indigna cuando no tienen las condiciones que merecen para crecer y vivir en plenitud.
Retomo y digo: los perros guía están lejos de la esclavitud. Eligen y disfrutan de su trabajo; su entrenamiento está lleno de premios y diversión. Es el perro quien decide si quiere realizar la actividad de guiar a alguien todos los días. Cuando un perro no disfruta, se aburre o se distrae, queda fuera del programa y vive su vida como una mascota y no como un perro de asistencia.
Lo de “maltrato” sí que me pegó fuerte. El cachorro, desde que nace, es recibido con mucho amor y es cuidado por una familia socializadora que le regala su tiempo y todo el cariño humanamente posible. Se cierra la etapa de socialización con una despedida muy profunda; les voy a compartir algunas palabras de Jessica, quien fue la socializadora de Wendy,
mi perra guía.
“Dejé todo mi amor y dedicación en esa perrita rubia de orejas grandes y suaves para que sea la mejor compañera y guía.
Wendy: que todo el amor que das vuelva multiplicado por infinito, espero volver a encontrarte en esta y todas las vidas. “
Creo que estas palabras y la elección de cuidar a una cachorra por un año es un acto material de amor incondicional.
El acompañamiento de estos perros es súper respetuoso y responsable con su especie. Como usuaria, me enseñan a hacerle masajes, a peinarla y a cepillarle los dientes. La ración es de calidad y adecuada para sus necesidades de crecimiento. El control veterinario es ordenado y constante, porque su bienestar siempre está primero.
Este impulso me parece oportuno para contarles que son perros que juegan todos los días con sus juguetes y salen a recrearse tantas veces como el usuario pueda; corren y juegan en libertad.
Wendy es mi segunda perra guía. De mi primera me queda el libro que lleva nuestra historia, “Mis ojos no eran míos”. Cala se fue de este plano sabiendo que me devolvió la vida cuando pensé que seguir con independencia y dignidad no era posible; me mostró el amor puro y desinteresado y me enseñó a confiar en su inteligencia.
Hoy, Wendy me recuerda la maravillosa elección que hice al buscarla para compartir todo: caminatas, juegos y largas siestas.
Para mí, estamos frente a una ecuación matemática: Amor + Cuidado + Respeto = Perro Guía.
por último, necesito decir que respeto todas las opiniones e intento reflexionar siempre para nutrir mi forma de pensar, pero en este caso no siento ser parte del grupo de personas que maltrata y esclaviza animales.
Si la vida volviera a ponerme en el mismo lugar que hace nueve años, elegiría sin dudar que mis ojos fueran de Cala.































