El héroe que conquistó todas las ollas a su paso

La historia ha dado a grandes guerreros en el correr de los siglos. Hombres que trascendieron por su valentía, arrojo, actos heroicos,vencedores de increíbles batalla, de hazañas sin par. Nadie como Rumenilo que conquistó cosas como las narradas, con un estómago insuperable a la hora de comer…

Rumenilo de Tiscornia, leyendas de un Guerrero invencible con la espada y con el tenedor

Rumenilo de Tiscornia fue un gran conquistador que escribió muchas historias con su espada. Del adriático al Bósforo su fama era inmensa mucho se preguntaban cómo ese gordo que comía dos pollos al mediodía y un pernil de ciervo por las noches, regado con diez litros de vino, podía ser tan peleador tener más de diez mujeres y cincuenta hijos, a razón de cinco por cabeza. Tenía tiempo para todo y cómo su historia no está en los libros y el último viejo que la contaba realmente, como una tradición familiar, se murió el mes pasado.

Si la historia no lo registró, es porque los historiadores estaban demasiado ocupados huyendo o pidiendo recetas de sus banquetes.- Dicen los catedráticos.

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Rumenilo de Tiscornia no era un hombre, era un ecosistema en movimiento. Dicen que cuando caminaba por las costas del Adriático, el nivel del mar subía tres centímetros, y que su espada, apodada «La Despachadora», tenía el filo de un rayo y el peso de una vaca embarazada…

Tres pasajes inéditos de la vida de este titán que desafió a la medicina, a la gravedad y a la monogamia.

EL ASEDIO DE LAS TERMAS DE SALONA

Se cuenta que una vez, un ejército de tres mil mercenarios bizantinos rodeó a Rumenilo mientras él se relajaba en unas termas. Estaba solo, desnudo y con un jabalí a medio comer. Cuando el general enemigo le exigió la rendición, Rumenilo se puso de pie, haciendo que el agua de la tina se desbordara con tal fuerza que inundó el campamento enemigo.

«¡No puedo rendirme!» —gritó Rumenilo mientras se limpiaba la grasa de los bigotes con el estandarte del enemigo—. «¡Todavía me queda medio barril de vino y no pienso dejar que se haga vinagre por una guerra de morondanga!»

Los mercenarios, asombrados por su tamaño y su falta de vergüenza, terminaron ayudándolo a salir de la tina. Al final del día, Rumenilo no solo no estaba preso, sino que había convencido a la mitad del ejército de desertar para abrir una cadena de asadores en la costa dálmata.

EL MISTERIO DE LA AGILIDAD IMPOSIBLE

Muchos se preguntaban cómo un hombre que pesaba lo mismo que un galeón de carga podía ser tan rápido en combate. La respuesta era la «Táctica del Desequilibrio Controlado».

Rumenilo no esquivaba los golpes; simplemente dejaba que su propia inercia dictara el ritmo. Cuando un enemigo lanzaba una estocada, Rumenilo exhalaba después de un trago de tinto, y el solo vapor del alcohol mareaba al contrincante. En un duelo contra el «Rayador de Venecia» (un espadachín flaco como un fideo), Rumenilo simplemente se dejó caer hacia adelante. El Rayador pasó tres días atrapado bajo la panza del guerrero, afirmando después, que había visto el paraíso, pero que el mismo, olía sospechosamente a romero y ajo.

EL PADRE DEL AÑO (Y DE LA DÉCADA)

Con cincuenta hijos, la logística de Rumenilo era más compleja que la toma de Constantinopla. Se dice que inventó el primer sistema de «censado rápido». Cada vez que llegaba a casa, gritaba: «¡EL QUE NO ESTÉ EN LA MESA NO COME!»

Aparecían niños de debajo de las piedras. Para mantener la paz con sus diez mujeres, Rumenilo aplicaba la diplomacia del regalo: a todas les decía que eran «la que mejor cocinaba el venado», aunque siete de ellas ni siquiera sabían encender el fuego. Su secreto para la vitalidad era simple:

Mañana: Ejercicio (perseguir al carnicero que le debía cambio).

Tarde: Siesta de cuatro horas (para procesar los dos pollos).

Noche: «Mantenimiento de la especie».

Rumenilo murió, según la leyenda, no por el hierro enemigo, sino porque intentó comerse una sandía entera de un bocado mientras se reía de un chiste de un bufón. Su tumba es tan grande que hoy en día la confunden con una colina en los Balcanes, y dicen que si acercas el oído a la tierra, todavía se escucha un eco lejano que pide: «¡Traedme otra jarra, que tengo el garguero seco!»

EL DÍA QUE CRUZÓ EL BÓSFORO

La hazaña del cruce del Bósforo es, quizás, el capítulo más delirante de la Rumeniliada. Sucedió durante el verano del 842, cuando Rumenilo tenía una urgencia absoluta ya que se había enterado de que en la orilla opuesta, en Bizancio, acababan de sacar del horno un pastel de jabalí con miel que perfumaba todo el estrecho.

Como no había barcos disponibles (él mismo había hundido el último al intentar subir con su armadura y una barrica de aceitunas), Rumenilo decidió que no iba a esperar a la marea.

EL DESAFÍO

Rumenilo se presentó en la orilla con una pierna de cordero asada en la mano derecha, un escudo de roble en la izquierda (que usaba más como bandeja que como defensa) y su capa roja atada al cuello. El problema era que el Bósforo tiene corrientes traicioneras, y nuestro héroe no era precisamente un gimnasta olímpico; su densidad ósea y muscular, sumada a los tres litros de vino del desayuno, lo hacían propenso a hundirse como un ancla de galeón.

EL ESTILO BOYA REAL

Rumenilo no nadó de forma convencional. Los testigos dicen que simplemente se infló. Inspiró aire con tal potencia que los barcos pesqueros cercanos fueron succionados un par de metros hacia él. Con los pulmones llenos de aire y la panza actuando como un casco de doble fondo, se lanzó al agua.

Lo asombroso no fue que flotara (la grasa de los dos pollos del mediodía servía de repelente natural al agua), sino su técnica para mantener la pierna de cordero seca. Mantuvo el brazo derecho rígidamente alzado hacia el cielo, como una estatua de la libertad pero con más colesterol. Ni una gota de agua salada tocó la carne.

Se dice que la digestión de las legumbres de la noche anterior generó una suerte de «motor fuera de borda» biológico. Rumenilo cruzaba las aguas dejando una estela de burbujas que los delfines confundieron con un volcán submarino en erupción.

EL ATAQUE DEL TIBURÓN DESVENTURADO

A mitad del trayecto, un tiburón despistado intentó darle un mordisco en la pantorrilla. Rumenilo, sin soltar su cordero y sin perder el ritmo de su flotación, le dio un «panzazo» tan seco sobre la superficie del agua que el pobre animal salió despedido hacia la costa de Tracia, donde terminó convertido en sopa por unos pescadores agradecidos.

LA LLEGADA TRIUNFAL

Cuando Rumenilo tocó tierra en la orilla asiática, estaba seco de la cintura para arriba gracias al sol inclemente y a su propio calor corporal. Lo primero que hizo fue darle un mordisco soberbio a su pierna de cordero (que seguía crujiente) y gritar – «¡Eh, tabernero! ¡Trae el pastel de jabalí, que el ejercicio me ha abierto el apetito!»

Los bizantinos, que lo vieron emerger del mar como un dios del Olimpo con sobrepeso, no supieron si arrodillarse o salir corriendo. Al final, optaron por lo más sensato: le dieron la llave de la ciudad y el doble de ración para que no se comiera las puertas de la muralla.

Se cuenta que ese día sus cincuenta hijos, que lo miraban desde la otra orilla, aprendieron una valiosa lección, la que si tienes suficiente determinación (y suficiente aire en los pulmones), no hay océano que te separe de una buena cena.

LA ESPADA -TENEDOR DEL VALIENTE

Cuando Rumenilo llegó a la corte de Bizancio para cobrar su recompensa por cruzar el Bósforo, se topó con un problema, que el protocolo prohibía entrar al Gran Salón con armas. Los guardias, armados con lanzas finas como agujas, le bloquearon el paso señalando a «La Despachadora», que colgaba de su cinto como una viga de hierro.

—»¡Nadie entra ante el Emperador con acero de guerra!» —rugió el capitán de la guardia.

Rumenilo, que ya sentía el olor a cordero, al tomillo, desde el pasillo, puso cara de ofensa profunda. —»¿Acero de guerra? ¡Habrase visto tal ignorancia! Esto que ven aquí —dijo desenvainando la enorme hoja que brilló con un destello cegador— no es una espada. Es mi cubierto personal. Sufro de una rara condición en la que los tenedores normales se me doblan en las manos por culpa de mi fuerza hereditaria. ¿Acaso quieren que un héroe de mi alcurnia coma con las manos como un bárbaro?»

El Emperador, curioso por el alboroto, se asomó. Rumenilo, sin perder un segundo, clavó la punta de su espada en una bandeja de plata que pasaba un sirviente, ensartó una pieza entera de lomo de jabalí y se la llevó a la boca con una elegancia que desafiaba las leyes de la física.

—»¡Ven!» —exclamó Rumenilo con la boca medio llena—. «¡Es un instrumento de precisión dietética!»

El Emperador, entre impresionado y asustado de que Rumenilo decidiera que su trono era en realidad un «banquito para pelar fruta», lo dejó pasar. Durante toda la cena, Rumenilo usó «La Despachadora» para untar mantequilla, cortar quesos del tamaño de ruedas de carro y, ocasionalmente, para rascarse la espalda, demostrando que en manos de un hombre con hambre, un arma de destrucción masiva es simplemente un accesorio de mesa.

EL DUELO DE DADOS CON LA PARCA

Dicen que una noche de tormenta, después de haberse despachado diez litros de Malvasía y un pernil de ciervo que todavía tenía las astas, la Muerte se le apareció a Rumenilo en una taberna solitaria. La Parca, flaca y pálida, puso su mano de hueso sobre el hombro de nuestro héroe.

—»Rumenilo de Tiscornia, tu tiempo ha llegado. Tienes demasiada grasa para este mundo y demasiada suerte para el otro.»

Rumenilo ni se inmutó siguió bebiendo sus uvas blancas. Se terminó su copa, eructó con un eco que hizo temblar las vigas y miró a la Muerte a las cuencas vacías:

—»Hagamos un trato, Flaca. Estoy a mitad de este barril de Malvasía. Si me ganas a los dados, me voy sin chistar. Pero si gano yo, me dejas terminar el barril… y me das diez años más por cada hijo que tengo.»

La Muerte, que era un poco timbera y subestimó al borracho, aceptó. Sacó unos dados tallados en hueso de pecador. Tiró ella… dos seises. Una jugada casi invencible.

Rumenilo tomó los dados. Sus manos estaban tan untadas de grasa de ciervo que los dados patinaron de una forma imposible. Al caer sobre la mesa de madera roñosa, uno de los dados se partió por la mitad a causa de la fuerza del impacto de Rumenilo. El resultado fue un seis, un cinco… y la mitad del dado roto mostraba un uno…

—»Seis, cinco y uno… ¡Doce! ¡Empate!» —gritó Rumenilo con una carcajada—. «Y como bien dice la ley de los jugadores del Adriático, ante el empate, el que tiene más peso en la silla gana la mano.»

La Muerte miró la barriga de Rumenilo, luego miró su propia silueta esquelética y suspiró con un sonido parecido al viento en un cementerio. Rumenilo, aprovechando la confusión, le sirvió un tazón de Malvasía a la Parca. El vino, al no tener estómago donde quedarse, caía a través de las costillas de la Muerte, empapándole la túnica negra.

La Muerte, humillada, mojada y mareada por los vapores del alcohol, se levantó y dijo: —»Me voy, Rumenilo. Pero no por el trato, sino porque no soporto tu aliento a ajo y vino rancio. Nos vemos en diez años… si es que el hígado no me ahorra el viaje.»

Rumenilo se rió tanto que se dice que tres de sus mujeres se despertaron en tres ciudades distintas pensando que había un terremoto. Terminó su barril y, al día siguiente, se puso a engendrar al hijo número cincuenta y uno, solo por si acaso la Muerte volvía a jugar.

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