No todos los residuos son iguales, porque ningún territorio lo es. Esa premisa atraviesa el trabajo que vienen desarrollando las intendencias del país en el marco del proyecto GIREC, una iniciativa que puso a los gobiernos departamentales en la primera línea de la transformación ambiental, reconociendo que la gestión de residuos no puede pensarse de forma uniforme ni desligada de la realidad local.
La experiencia demuestra que no hay soluciones únicas y que el rol de las intendencias es clave para sostener políticas ambientales a largo plazo.

El proyecto , sobre el que EL PUEBLO ya ha venido informando, genera varios capitulos a tener en cuenta no solo por los gobiernos departamentales sino tambien por la ciudadanía sobre quien también genera compromiso.
Uno de ellos es la desigualdad de los territorios.
La construcción de los planes departamentales de gestión de residuos estuvo directamente vinculada al avance de la legislación nacional. A partir de la elaboración del Plan Nacional de Gestión de Residuos y de la normativa que lo acompaña, los gobiernos departamentales asumieron el compromiso de diseñar sus propios planes, no como una opción voluntaria sino como una obligación regulada.
En ese proceso, departamentos como Paysandú encontraron una oportunidad estratégica de ordenar información dispersa, sistematizar diagnósticos y dejar establecido, en un solo documento, el rumbo ambiental presente y futuro del territorio.
Lejos de ser una iniciativa aislada o circunstancial, los planes departamentales se convirtieron en herramientas que trascienden los períodos de gobierno y los partidos políticos. Definen una hoja de ruta que compromete a las administraciones actuales y a las que vendrán, consolidando una política pública ambiental de largo plazo.
Incorporar la dimensión ambiental en la gobernanza departamental implica, sin embargo, asumir tensiones permanentes. Los intendentes gestionan demandas infinitas con recursos finitos, y las prioridades suelen definirse tanto por la presión social como por la capacidad de sensibilización. En ese escenario, el rol de los equipos ambientales es clave porque deben mostrar resultados, generar orgullo por los logros alcanzados e involucrar a la comunidad como parte activa del proceso.
Las experiencias compartidas evidencian que no existen soluciones universales ni definitivas. Estrategias que funcionan en un momento pueden convertirse, con el paso del tiempo, en nuevos problemas. La erradicación de basurales, por ejemplo, demostró que limpiar un punto no garantiza su permanencia si no se acompaña de cambios culturales, control y alternativas reales para la disposición de residuos. La gestión ambiental exige revisión constante, capacidad de autocrítica y disposición a corregir rumbos.
En ese sentido, el proyecto GIREC se consolidó como un espacio de construcción colectiva altamente valorado por los equipos departamentales. A diferencia de otras instancias, permitió intercambios más concretos, aprendizajes prácticos y herramientas aplicables a la realidad de cada departamento. La posibilidad de conocer qué hacen otros territorios, enfrentar problemáticas similares y compartir soluciones fortaleció el trabajo local y elevó el nivel técnico de la gestión.
Uno de los impactos más visibles del proyecto fue la profesionalización de los equipos ambientales. Aunque las direcciones no siempre están encabezadas por técnicos, cada vez es más frecuente que cuenten con equipos especializados que aportan conocimiento y planificación. Ese proceso marca un cambio de rumbo en la forma de abordar la gestión de residuos.
La financiación sigue siendo un desafío central, al igual que la respuesta ciudadana. Hay momentos en que las políticas logran una alta adhesión social y otros en los que las ideas no prosperan. Reconocer errores, ajustar estrategias y volver a intentar forma parte del oficio de gestionar lo público.
Casos como el de Rivera muestran avances concretos como por ejemplo la recolección selectiva en toda la ciudad, formalización de clasificadores, reducción del material reciclable en la basura mezclada y sistemas de recolección extraordinaria que buscan adaptarse a la realidad urbana. Al mismo tiempo, persisten grandes desafíos, como el cierre de basurales, la mejora en los porcentajes de recuperación de residuos valorizables —que a nivel nacional siguen siendo muy bajos— y la necesidad de profundizar la digitalización de los servicios.
La experiencia demuestra que la ciudadanía, en general, quiere reciclar y cuidar el ambiente, pero necesita servicios accesibles y eficientes. Cuando el sistema funciona y se adapta a la vida cotidiana, la respuesta aparece.
El rol de los gobiernos departamentales resulta, en definitiva, clave para sostener estos procesos en el tiempo. Las estrategias cobran fuerza cuando se convierten en políticas locales, con planificación, comunicación y visión de futuro. Las experiencias compartidas hoy confirman que la gestión de residuos puede transformarse cuando hay decisión política, trabajo técnico y compromiso colectivo.





