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sábado, enero 17, 2026

A 51 años de su adiós

Por: Jorge Pignataro

1921-6 de diciembre-2020

Fue un 6 de diciembre, como es hoy, pero hace 51 años atrás que, como alguna vez titulamos esta página, el río y la muerte se enamoraron de su canto. Del canto de un poeta salteño que había nacido el 16 de junio de 1921 en una casa de calle Uruguay.
El 6 de diciembre de 1969, Víctor Rolando Lima entraba para siempre en las aguas del Río Uruguay, al que le había cantado como pocos.
Hoy el homenaje de EL PUEBLO es una selección de fragmentos que se han escrito sobre él en los últimos años.

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La razón de un título

(de: Leonardo Garet; explicación de «Con guitarra y sin
guitarra», Tomo 18 de la Colección Escritores Salteños, 2009)

«Víctor Lima poeta es asunto no planteado en la literatura uruguaya. No aparece en ninguna antología, ni se lo nombra en ninguna historia crítica. Su nombre no trascendió el folklore y aparece exclusivamente como autor de algunas de las canciones más populares de Uruguay. [1] La investigación, el rastreo de su obra y de su vida me permitió ir descubriendo facetas riquísimas que exceden la figura repetida en el imaginario colectivo de Salto, acerca de su vida malograda, asediado por las dificultades económicas y una atracción incontrolada por la bebida. Página a página se fue levantando una trayectoria de poeta absolutamente desconocida. A exactos cuarenta años de su muerte y a más de medio siglo de haber sido escritas, fueron llegando a mí, por distintas fuentes, varias obras que son capaces de sostener por sí solas un nombre de relevancia en la literatura. Se trata de textos muy distantes de su obra destinada al canto y también de intención muy diversa entre ellos. Sólo los une una misma ambición creadora. «Con guitarra y sin guitarra» es un título que reúne la obra conocida de Víctor Lima, destinada en su casi totalidad al canto y la obra desconocida, que no estuvo nunca destinada a ese fin».

[1] En el prólogo a Cancionero de Víctor Lima, Ruben Lena escribe: «Pero Víctor, para mí, fue un gran creador de canciones, más que un poeta. No significa esto diferencia de hondura en la caladura, sino diferencia de tareas. Esta diferencia de tarea establece una diferencia de actitud para vencer la resistencia que le opone lo informe. El poeta trabaja con las palabras y nada más que con las palabras. (El ritmo y la melodía son de naturaleza distinta que los de la canción, según dice Johanes Pfeiffer en «La Poesía». El poeta es un joyero. No importa que a esas palabras las haya encontrado en las cunetas, oxidadas y abolladas (…) El creador de canciones trabaja con las palabras pero también con la música y trata de lograr un producto en que los dos elementos se fundan en uno solo». Víctor Lima, Cancionero, Ediciones de la Banda Oriental, 1981.

Víctor y Fausto

(de: Carlos Ardaix)

«Fausto (Carcabelos) pereció ahogado en el Río Uruguay, playa del Club Remeros. Mientras se bañaba el anzuelo de un aparejo se le clavó en el talón y se supone que el instinto ante el pinchazo le hizo querer levantar la pierna; como el aparejo estaba amarrado a una estructura tipo pasarela que utilizaban pescadores y bañistas, teniendo en cuenta que en ese lugar la costa tiene pronunciado declive, el precario nadador no supo desengancharse. Luego de buscar el cuerpo de Fausto dos días en el río, lo ubicaron debajo de la planchada con el hilo del aparejo enredado en su pierna y el anzuelo hincado en su talón. Terrible golpe para quienes conocíamos a Fausto. –«Si Fausto se animó, cómo no me voy a animar yo» – le dijo Víctor (Lima) a Germán Cincunegui, otro amigo común, en frente a su casa de calle Brasil al 700, la mañana que resolvió poner fin a su vida. Es indudable que pensó que Fausto se había quitado la vida (…) Aquel diciembre dolió mucho en el pecho de quienes tuvimos la fortuna de conocer a Fausto y a Víctor…».
(La crónica completa se titula «Testimonio de Carlos Ardaix» y fue publicada en 2009 en el Tomo N° 18 de la Colección Escritores Salteños, tomo dedicado a Víctor Lima y llamado «Con guitarra y sin guitarra»)

La poesía, los caminos…

Víctor Lima tuvo un gran amor: la poesía. Se casó una vez y para siempre, y lo hizo siendo casi niño: con la poesía. Él, que como Antonio Machado, tanto habló de caminos, eligió como caminos la poesía y la bohemia.

Habló de los caminos del país, de la vida como un camino, de la gente más pobre, más humilde y más desamparada que fue encontrando en los costados de esos caminos, le cantó a los paisajes de Salto y de otras tierras.

Pero también escribió mucho y profundamente sobre el ser poeta. Y ese es un tema importantísimo en su poesía menos conocida (sonetos y elegías, por ejemplo) a la que podría llamarse «culta» (para diferenciarla de sus populares canciones). El yo poético de Víctor Lima, en varios de esos textos, se desdobla en otras personas para analizar ese oficio, tarea, condición o compromiso: poeta.
Hoy, a 51 años de su muerte, aún se lo vislumbra como un ser sufriente y rebelde, suicida, y con gran aire de romántico. La poesía fue su camino y fue, paradójicamente, su dolor y su refugio. Un refugio que lo ayudó a vivir, aunque no lo cubrió del sufrimiento y, contrariamente, quizás le exigió una profundidad de pensamiento que no quiso ni pudo evitar y que le abrió heridas y lo hizo «el andariego solitario» (al decir de Luis Bravo), un incomprendido y bebedor. En parte, lo disimuló en canciones.
Pero hoy, que se conoce una obra de Víctor Lima mucho más amplia y compleja, que va mucho más allá de un buen puñado de buenas canciones (que quizás sí fueron un escudo de un pensamiento más profundo que paralelamente iba tejiendo en versos más ambiciosos) es buena cosa que su figura vuelva a (re) descubrirse, pero esta vez entera, y enteramente quede a la intemperie, a merced de críticos y lectores comunes, y ante otros ojos, no los de aquellos que solo vieron al bohemio, al despreocupado Víctor Lima, sino ante los ojos nuestros y de las generaciones que vendrán.

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