Pantallas, libertad y límites: el desafío de vivir en la era digital

El Carnaval 2026 en Salto combina debate, crecimiento y tradición, con regreso de murgas, apuesta a la inclusión, profesionalización y fuerte participación popular.

La relación entre las personas y las pantallas atraviesa hoy uno de los debates más complejos y sensibles de la era digital. Mientras el avance tecnológico abre oportunidades inéditas para estudiar, trabajar y comunicarse, también surgen interrogantes sobre los límites, los riesgos y el impacto que esa conexión permanente tiene en la vida cotidiana, especialmente en niños, adolescentes y familias.

Este informe del Diario El Pueblo se propone abordar ese escenario desde una mirada amplia, integrando voces académicas, análisis sociales y reflexiones críticas que permiten comprender un fenómeno que ya forma parte del presente.

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Las transformaciones que hoy discutimos no ocurrieron de un día para el otro. En apenas dos décadas, los teléfonos inteligentes pasaron de ser herramientas accesorias a convertirse en extensiones de nuestra vida diaria, modificando hábitos de comunicación, formas de aprendizaje y dinámicas laborales. Las redes sociales consolidaron nuevas maneras de vincularnos, pero también plantearon desafíos vinculados a la salud mental, la exposición constante y la capacidad de sostener la atención en un entorno diseñado para captar tiempo y estímulos.

Distintos países comenzaron a explorar regulaciones más estrictas, como el caso australiano, que abrió un debate global sobre hasta qué punto el Estado debe intervenir en el uso digital de los menores y dónde comienza el rol de las familias y la educación. La discusión no es menor: detrás de cada medida aparecen preguntas sobre libertad, responsabilidad, diseño tecnológico y acompañamiento adulto.

El informe también recoge la mirada de especialistas vinculados a la educación superior y al desarrollo tecnológico en el interior del país. Desde el CENUR Litoral Norte, referentes como Gastón Notte y Miguel Pertusatti describen cómo la tecnología permitió descentralizar la formación universitaria, generar nuevas oportunidades laborales y conectar territorios que antes parecían distantes. Al mismo tiempo, advierten sobre la necesidad de preservar el equilibrio entre innovación y uso consciente, evitando que la herramienta termine condicionando la vida social o desplazando espacios de encuentro humano.

Distintas miradas exponen la problemática actual y buscan aportar elementos para una reflexión informada. La pantalla no es, por sí sola, un problema ni una solución; es un entorno que exige nuevas formas de comprensión colectiva. Entre la prohibición total y la indiferencia, emerge la necesidad de construir criterios, hábitos y políticas que permitan aprovechar los beneficios de la tecnología sin perder de vista el bienestar individual y social.



Gastón Notte: tecnología, educación y el desafío de no perder el equilibrio

El coordinador de la carrera de Computación del CENUR Litoral Norte de la Universidad de la República, Gastón Notte Kirichenko, Doctor en Informática, reflexiona sobre el impacto de la virtualidad, el mercado laboral global y los riesgos del uso desmedido de las pantallas.

LA TECNOLOGÍA COMO PUENTE ENTRE EL INTERIOR Y MONTEVIDEO

Para Notte, la tecnología no es solo una herramienta, es la condición que hizo posible descentralizar la formación universitaria en el área. La distancia geográfica entre Salto, Paysandú y Montevideo durante años representó un obstáculo estructural. Hoy, en cambio, las plataformas digitales permiten que buena parte de los cursos de Facultad de Ingeniería cuenten con materiales en línea y opciones de dictado parcial a distancia. Reuniones de coordinación, intercambio docente y seguimiento académico se realizan de forma fluida mediante herramientas como Zoom, adoptada formalmente por la institución.

“Sin estas herramientas no sería viable desarrollar la carrera aquí”, explica. La posibilidad de conectarse en tiempo real con equipos docentes de la capital evita la necesidad de duplicar planteles completos en el interior y garantiza estándares académicos equivalentes. La tecnología, en este sentido, funciona como un verdadero puente territorial.

EL PUNTO DE INFLEXIÓN DE LA PANDEMIA

Si bien la virtualidad ya estaba presente en el ámbito universitario, la pandemia significó una aceleración abrupta de los procesos. Uruguay logró sostener la continuidad educativa en todos los niveles, apoyándose en una infraestructura tecnológica previamente desarrollada y que debió expandirse a gran velocidad.

Notte reconoce que el período fue complejo y doloroso desde múltiples dimensiones, pero también admite que obligó a fortalecer capacidades institucionales. Se generaron más materiales digitales, se ajustaron metodologías y se consolidaron dinámicas de enseñanza a distancia que hoy se mantienen como respaldo y complemento.

“No es que la pandemia haya sido algo positivo, pero sí nos obligó a estar preparados de otra manera”, reflexiona. Lo que en su momento fue una respuesta de emergencia hoy constituye una fortaleza estructural para la educación superior en el interior del país.

UN MERCADO LABORAL SIN FRONTERAS

La ingeniería en computación ha sido históricamente una de las áreas con mayor demanda en Uruguay. Durante años, el desempleo en el sector fue prácticamente inexistente, impulsado por la necesidad de perfiles técnicos en empresas locales e internacionales.

La consolidación del trabajo remoto amplió aún más ese horizonte. Hoy, un profesional formado en el litoral puede trabajar para empresas radicadas en cualquier parte del mundo sin abandonar su ciudad. La virtualidad no solo transformó la educación, redefinió el mercado laboral.

Según señala Notte, muchos egresados se insertan en compañías extranjeras o en firmas nacionales que exportan servicios tecnológicos. La calidad de la formación y la posibilidad de operar a distancia explican una demanda que trasciende fronteras.

EL CELULAR COMO COMPUTADORA EN LA PALMA DE LA MANO

La evolución tecnológica también se refleja en los dispositivos cotidianos. Los teléfonos inteligentes dejaron de ser simples herramientas de comunicación para convertirse en verdaderas computadoras portátiles. Con la potencia actual, incluso pueden conectarse a monitores y teclados y funcionar como estaciones de trabajo.

El acceso masivo a estos dispositivos transformó la forma en que las personas se informan, consumen contenidos y se relacionan. Los medios de comunicación y las empresas debieron adaptarse a una audiencia que, en muchos casos, ya no recurre al papel ni a los formatos tradicionales.

Plataformas de mensajería como WhatsApp, redes de microblogging como X o aplicaciones de video como TikTok se convirtieron en canales centrales de información, entretenimiento y también de trabajo. Las nuevas generaciones se mueven con naturalidad en ese ecosistema digital que redefine tiempos y hábitos.

REDES SOCIALES: ENTRE LA UTILIDAD Y LA ABSORCIÓN

Pese a su cercanía profesional con el mundo digital, Notte optó por mantener distancia de las redes sociales tradicionales. Si bien utiliza herramientas de comunicación como WhatsApp, evita involucrarse activamente en plataformas como Facebook, X o TikTok.

Su decisión responde a una preocupación concreta, el riesgo de que las redes absorban tiempo y atención en exceso. “Paso muchas horas frente a una pantalla por trabajo. Si también el ocio es pantalla, termina siendo un abuso”, sostiene.

No se trata, aclara, de una postura condenatoria. Reconoce que las redes permiten generar contenido, difundir emprendimientos, comunicarse y construir comunidad, pero advierte que el uso debe ser consciente y equilibrado. Escenas cotidianas de grupos de amigos reunidos mirando el celular en lugar de conversar, ilustran una transformación social que invita a la reflexión.

INTELIGENCIA ARTIFICIAL: OPORTUNIDAD Y DESAFÍO

La irrupción de la inteligencia artificial profundiza este escenario. Para Notte, ya no se trata de una tecnología del futuro, está plenamente integrada en aplicaciones, buscadores y plataformas que utilizamos a diario.

Los algoritmos analizan preferencias y comportamientos para ofrecer contenidos personalizados, noticias relacionadas con intereses previos, productos sugeridos, videos alineados con gustos individuales. Esta lógica potencia la experiencia del usuario, pero también incrementa su permanencia en pantalla.

“La inteligencia artificial favorece que el usuario esté más conectado”, por eso insiste en la necesidad de aprender a usarla correctamente. La tecnología, como tantas otras herramientas a lo largo de la historia, puede ser un gran aliado si se emplea con criterio, pero también puede generar dependencia y afectar dinámicas sociales.

EL EQUILIBRIO COMO CLAVE

Lejos de adoptar una postura alarmista, el docente propone una mirada equilibrada. La tecnología ha permitido descentralizar la educación, ampliar oportunidades laborales y facilitar la comunicación global. Pero también exige responsabilidad individual y colectiva.

“No se trata de dejar el teléfono ni de rechazar las redes”, el desafío está en evitar que el avance tecnológico desplace espacios de encuentro, conversación y reflexión. En un contexto donde el mundo cabe en la palma de la mano, el verdadero reto quizá sea aprender a soltarlo a tiempo.


Miguel Pertusatti – CENUR Litoral Norte:

Debemos saber aprovechar las nuevas tecnologías, pero dentro de un ámbito de libertad”

Miguel Pertusatti es Coordinador de Informática del CENUR Litoral Norte, teniendo una larga trayectoria en el ámbito informático, siendo uno de los pioneros en el interior del país, en el establecimiento de núcleos que darían paso con el tiempo, a lo que conocemos como redes sociales.

Su mirada crítica y constructiva de las nuevas tecnologías, abarcan una experiencia de más de 20 años en el rubro.

UN PASADO RETICENTE Y UN PRESENTE DEMANDANTE

Lo que nos llama mucho la atención -con tantos años en el tema-, es cómo al principio, en la década del 90, a la organización había que convencerla de que la informática era importante y se tenía que invertir en eso y desarrollarlo. Costaba trabajo porque no se entendía mucho; era todo nuevo, la gente no tenía alrededor experiencias, por lo que era difícil comprendiera que se estaba frente a algo que iba a crecer mucho, que se iba a expandir, que tendría muchísima aplicación. Sin embargo, hoy en día, es al revés; no damos a vasto con la demanda de cosas que todos los días están surgiendo como aplicaciones, necesidades, requerimientos nuevos, etc. Se ha dado vuelta la cosa. Hemos pasado de una situación en la cual al principio era muy difícil lograr el entendimiento de la importancia de lo que se venía, y la inversión; al presente, en el cual nos preguntamos cómo hacemos para lograr atender de forma adecuada toda la demanda existente en tecnología.

LA REGIONAL NORTE COMO VANGUARDIA

A finales de la década del 80, comienzo de la del 90, tuvimos la posibilidad -de forma azarosa-, de hacer un poco de vanguardia, porque, hubo un estudiante de Ingeniería en Montevideo, que era de Salto, que se encontraba haciendo una práctica en un proyecto que desarrollaba, tratando de traer la novedad del correo electrónico a Uruguay, a la Universidad de la República, el que llegaba solamente hasta la ciudad de Buenos Aires, más precisamente a la Universidad de Buenos Aires (UBA). Como la idea era llegar a los sitios más alejados, se les ocurrió la idea de traerlo a Salto, porque, en ese momento, era el lugar de la Universidad de la República, más alejado, la vieja Regional Norte. Entonces, ahí fue que se decidió de que ese proyecto tuviese un nodo aquí en Salto. Se hicieron las gestiones correspondientes con las autoridades de la época, y se instaló en la sede de la UdelaR; hablamos del año 1989 – 1990.

Si bien en ese momento aún no trabajaba formalmente en la Universidad, participé un poco de esa experiencia, colaborando con ese trabajo, y en ese trabajo informático en esa incipiente Regional Norte. Eso comenzó a ser realmente importante, porque teníamos un nodo de correo electrónico que, después, se transformó en un nodo de internet, en el año 1996, siendo el primero en el interior del país. Todo eso apuntaló un desarrollo informático que se dio en la Regional Norte y en Salto, alineándose los planetas para que sucediera, porque, no fue planificado por nadie, sino que las coas se fueron dando paulatinamente, y, las personas a las que les tocó estar, en determinadas situaciones, tomaron las decisiones correctas, para llevar adelante la idea.

LA COMUNICACIÓN Y LAS REDES SOCIALES

Para nosotros, desde el área de informática en la que trabajamos, el tema de las redes sociales, lo vivimos un poco antes de que aparecieran como fenómeno, porque, lo que acostumbrábamos hacer, era tener comunidades en torno a determinadas actividades; por ejemplo, había un proyecto de desarrollo de determinado software, y entonces nos vinculábamos y trabajábamos en ese proyecto y formábamos una comunidad en torno a él. Las redes sociales tienen esa misma práctica y tecnología, pero, sin un proyecto en común, sino que, si bien es la misma aplicación, lo que hay de fondo es simplemente conocerse, no hay ninguna actividad, objetivo en común entre la gente que se vincula en dicha red. Yendo a lo básico, técnicamente, es lo mismo, lo que cambia es el objetivo. Y claro, al tener objetivos distintos, aparecen otras aplicaciones; por lo que, desde el punto de vista informático, para nosotros, las redes sociales son siempre dependientes de alguna empresa, lo cual es un problema. Al principio las aplicaciones de internet, no dependían de ninguna empresa; hoy, una mayoría dependen sí o sí de una, la que trata de tener muchos usuarios.

Para lo que es el ecosistema de internet, una aplicación que dependa exclusivamente de un proveedor, no es una situación que otorgue mucha libertad al usuario. Por ejemplo, si vamos a lo que es la comunicación entre personas, el correo electrónico es absolutamente libre, desde el punto de vista que se pueden instalar los nodos que se deseen instalar, enviando correos a cualquier lugar, a cualquier correo sea Gmail, sea Hotmail, sea Adinet, etc., no habiendo limitación en cuanto a la comunicación entre diferentes proveedores de correos electrónicos. No es así en el caso de las redes sociales, donde, se está ante algo cerrado, donde uno no puede usar su usuario de una rede social, y comunicarse con otra red social. Y la empresa que está atrás de esa gran red social, si por algún motivo la red cae o cambian las reglas del juego, la única opción que nos da es que nos cambiemos de red social, lo cual es un problema porque, cómo se hace para pasar todos sus contactos de una red a otra. Obviamente, son herramientas muy exitosas porque logran comunicar a mucha gente, se logran cosas importantes e interesantes, como la actividad económica que se realiza por su medio, etc.

No decimos que esto esté mal, no. Lo que advertimos es que son cosas distintas, ya que, para la comunicación, sigue habiendo aplicaciones específicas que siguen teniendo un valor muy importante, porque fueron pensadas para eso, y no para que se obtuviera un rédito económico.

LA NUEVAS TECNOLOGÍAS

Las innovaciones tecnológicas como la IA, son herramientas, a las que hay que aprovecharlas, ya que dan posibilidades de hacer cosas nuevas, buenas, pero, también, malas, por lo cual depende mucho de cómo se las quiere utilizar.

Un poco lo que preocupa, es cómo logramos de que esas herramientas estén disponibles para nuestras instituciones, porque, tenemos que lograr tener un desarrollo a nivel de instituciones, en nuestro caso, de la Universidad, y no depender de alquilar, por ejemplo, capacidad de cómputos a proveedores. Debemos adquirir capacidad de desarrollo en estos temas, para no depender de terceros, enviando aquellos datos adquiridos, alcanzados, a otros lugares, lo que no es recomendable. Sabemos que invertir en este tipo de desarrollo no es nada económico, pero, debemos lograr un camino, alcanzando una colaboración entre diferentes instituciones tanto nacionales como de otros países que estén con el mismo problema, para que puedan invertir de forma conjunta. Pero, donde las reglas de juego las pongan los propios participantes, y no que vengan de afuera, impuestas.


Lic. en psicología Alejandro Irache:

La pantalla que no apaga

Ps. Alejandro Irache

Por allá entre 2012 y 2015 las tasas de depresión, ansiedad y autolesiones en adolescentes comenzaron a escalar de forma sostenida. En ciertas poblaciones ese incremento llegó al 150% en menos de una década. El investigador Jonathan Haidt llama a este fenómeno el “gran recableado de la infancia”. Su coincidencia temporal con la llegada masiva del smartphone y el auge de plataformas como Instagram no parece casual.

Una historia breve de un mundo sin precedentes

Todo comenzó en 1997, cuando SixDegrees permitió por primera vez conectar perfiles de personas reales en línea. Friendster y MySpace ampliaron esa idea. Pero fue Facebook el que transformó el concepto de “red social” en fenómeno de masas. Le siguieron Twitter, Instagram, Snapchat y finalmente TikTok, plataforma que condensó, con mayor perfección técnica que cualquiera de sus predecesoras, los principios de la neuropsicología del placer aplicados al diseño de una interfaz.

Estas plataformas fueron construidas bajo un principio clásico de la psicología conductista: el refuerzo intermitente variable. El mismo mecanismo que hace que una máquina tragamonedas sea tan difícil de abandonar. B. F. Skinner lo demostró en laboratorio décadas antes de que alguien imaginara un smartphone: cuando la recompensa es impredecible, la conducta se vuelve persistente.

Hoy más del 95% de los adolescentes utiliza alguna red social de forma habitual. La pregunta central es inevitable: ¿qué le hace esa conexión permanente a un cerebro que todavía está formándose?

Cuando el medio transforma lo que somos

Las redes sociales modifican estructuralmente nuestra relación con los demás y con nosotros mismos. En la infancia, esta modificación es especialmente crítica. El desarrollo depende del juego físico compartido y de la llamada zona de desarrollo próximo.

Correr, tropezar, jugar en equipo, observar gestos y emociones no es entretenimiento secundario. Es el mecanismo primario por el que el sistema nervioso aprende a regularse, tolerar la frustración y leer señales no verbales. La comunicación digital invierte esa lógica: es acorporal —elimina la retroalimentación gestual— y es asincrónica, lo que altera los ritmos orgánicos del diálogo.

El acelerador a fondo, con los frenos en construcción

En la adolescencia existe una asimetría clave del desarrollo cerebral. La corteza prefrontal —encargada de tomar decisiones e inhibir impulsos— no termina de madurar hasta aproximadamente los 25 años. El sistema límbico, responsable de las emociones y la búsqueda de recompensa, está plenamente activo desde etapas tempranas. Es, en términos simples, tener el acelerador a fondo y los frenos aún en construcción.

En ese contexto, las redes sociales funcionan como un estímulo sobredimensionado. Cada notificación, cada “me gusta”, cada comentario activa el sistema de recompensa. El neurocientífico Robert Sapolsky ha explicado que la dopamina aumenta más en la expectativa de la recompensa que en el premio en sí.

Por eso el scroll infinito, las notificaciones impredecibles o las cajas de premio al azar en videojuegos no son casuales. Están diseñadas para mantenernos en una espera constante. No es un efecto colateral: es la base del modelo.

El smartphone como anestesia

Frente a una tolerancia cada vez menor a la frustración y al aburrimiento —dificultad que el entorno digital alimenta— el smartphone funciona como un calmante inmediato, una especie de ansiolítico digital. Una forma de anestesia emocional.

La procrastinación crónica que se observa en muchos adolescentes no suele ser un problema de falta de voluntad, sino la expresión visible de un mecanismo de evitación emocional. Ante el conflicto, la ansiedad o incluso el aburrimiento que precede a la creatividad, el celular ofrece una vía de escape rápida y de bajo esfuerzo mental.

Con el tiempo, la capacidad de tolerar la incomodidad disminuye. Se practica la huida, pero no el quedarse ni atravesar lo que incomoda hasta que algo nuevo pueda surgir.

Regular, entrenar, no prohibir

El error frecuente es extrapolar el modelo de las adicciones a sustancias y proponer abstinencia total. Pero internet no es heroína. Es el medio a través del cual se estudia, se trabaja y se sostienen vínculos afectivos. Obligar a un adolescente aislado a dejar por completo las redes suele aumentar su ansiedad y rara vez funciona.

Una alternativa más eficaz es trabajar la higiene digital en tres planos. Primero, recuperar actividades fuera de la pantalla: deporte, música, dibujo o cualquier experiencia corporal que enseñe a tolerar la frustración sin depender del algoritmo. Segundo, entrenar la atención frente a los problemas: en lugar de escapar haciendo scroll, aprender a quedarse. Tercero, ordenar el dispositivo: desactivar notificaciones automáticas, ocultar aplicaciones y revisar las excusas que justifican la conexión constante.

No podemos ignorar la situación. Niños y adolescentes están creciendo en un entorno digital para el que nuestra biología no estaba preparada. Afrontarlo no requiere alarmismo ni indiferencia, sino adultos y educadores dispuestos a acompañar con criterio y reflexión.

Lo que aún no sabemos

Todavía hay mucho que desconocemos. La investigación avanza más lento que la tecnología: mientras se publican estudios, las plataformas ya modificaron sus algoritmos. Además, esta es la primera generación que crece plenamente inmersa en este entorno, sin antecedentes claros sobre su impacto a largo plazo.

Se necesitan estudios longitudinales, investigaciones en distintos contextos culturales —especialmente en Latinoamérica, donde el uso digital es alto pero la producción científica es limitada— y herramientas que diferencien la distracción cotidiana del Uso Problemático de Internet con relevancia clínica.

Quedan temas pendientes como videojuegos online, riesgos en chats, fraudes, redes de trata, OnlyFans, la inteligencia artificial generativa y la Deep Web.

Estamos ante un nuevo entorno de desarrollo. La respuesta no es prohibir todo ni caer en el alarmismo, sino promover hábitos digitales saludables, recuperar espacios fuera de la pantalla y fortalecer la atención y el autocontrol en las nuevas generaciones.


Dr. Ignacio Supparo: Cuando la protección estatal desplaza a la familia

Australia prohíbe las redes sociales a menores

Ignacio Supparo

Australia se convirtió en el primer país en prohibir el acceso a redes sociales como TikTok, Instagram, X o Facebook a menores de 16 años. La medida, presentada como una política de protección frente a riesgos digitales —adicción, acoso y desinformación— impone nuevos sistemas de verificación de edad y controles de identidad para quienes quieran ingresar a esas plataformas.

A primera vista, la decisión parece razonable: si algo hace daño, se prohíbe. Sin embargo, la historia demuestra que las soluciones simples a problemas complejos suelen generar consecuencias imprevistas. Y aquí la pregunta no es tecnológica, sino institucional: ¿quién debe asumir la responsabilidad primaria en la formación de los menores? ¿El Estado o la familia?

Desde su implementación, muchos jóvenes australianos han expresado frustración y sensación de pérdida. Para ellos, las redes no son solo entretenimiento: son espacios de socialización, comunidad y pertenencia. La prohibición no elimina esa necesidad; simplemente la desplaza.

Cuando el Estado decide prohibir conductas que no son delitos, suele producir el efecto contrario al deseado. Lejos de desaparecer, las prácticas se trasladan. Ya se observan menores que sortean controles mediante VPN, crean cuentas falsas o utilizan perfiles de adultos. Otros migran hacia plataformas menos conocidas y menos reguladas. El resultado es paradójico: en nombre de la protección, se los empuja hacia entornos potencialmente más riesgosos y menos visibles para sus propios padres.

Como ocurre con muchas intervenciones estatales, el remedio puede resultar peor que la enfermedad. Las preguntas de fondo son otras: ¿se soluciona el problema quitando las plataformas o sería más lógico replantear su diseño? ¿Quién debe asumir la responsabilidad primaria en la formación y el cuidado de los menores?

El debate no debería centrarse en eliminar redes sociales, sino en transformarlas en espacios más seguros. Y eso no se logra con prohibiciones generales. No es la primera vez que se ensayan políticas de este tipo con resultados negativos. La Prohibition en Estados Unidos fue impulsada para mejorar la salud pública y la moral social. El resultado fue el auge del mercado negro, el fortalecimiento del crimen organizado y una erosión del respeto por la ley. El consumo no desapareció; se volvió clandestino. Las prohibiciones amplias tienden a generar distorsiones que agravan el problema original.

Aquí se parte de la premisa de que la ley puede sustituir el criterio de millones de familias con realidades y valores distintos. No todos los adolescentes hacen un uso problemático de las redes. No todos los padres son indiferentes. Sin embargo, la norma es uniforme: afecta por igual a quienes ejercen un control responsable y a quienes no. Se hace pagar justos por pecadores.

Además, el mensaje implícito es que los padres no pueden o no saben educar a sus hijos en el uso de la tecnología, por lo que el Estado debe intervenir como tutor. Esa lógica paternalista desplaza responsabilidades en lugar de fortalecerlas. Supone que la mejor solución es prohibirlo todo, desvalorizando la figura parental y ampliando el poder político sobre la esfera privada, un terreno del que el Estado rara vez retrocede.

Otro aspecto preocupante es que estas restricciones exigen mayores sistemas de identificación y verificación: más datos, más controles, más supervisión. En nombre de la protección se amplía la infraestructura de vigilancia digital. Hoy puede utilizarse para restringir redes sociales a menores; mañana podría emplearse para definir qué contenidos son aceptables para otros grupos. El poder tiende a expandirse, y cada nueva regulación abre la puerta a la siguiente.

El debate de fondo debería orientarse a cómo reducir los efectos nocivos de estas plataformas sin erosionar libertades básicas. Si el problema es el diseño adictivo de los algoritmos, la respuesta debería apuntar a exigir mayor transparencia y responsabilidad empresarial, no a prohibiciones amplias que sustituyen el rol familiar.

La educación digital no se aprende por decreto. El pensamiento crítico frente a las fake news, la gestión del tiempo online y la capacidad de distinguir entre exposición saludable y consumo dañino se construyen en el hogar y en la escuela. Requieren diálogo, límites, acompañamiento y ejemplo. Ninguna ley puede reemplazar esa función.

Esto no implica eximir a las plataformas de su responsabilidad. Deben ofrecer herramientas reales de control parental, límites claros a la explotación comercial de menores y mayor transparencia en sus sistemas. Pero esa obligación es complementaria, no sustitutiva, del rol familiar.

Cuando el Estado responde a cada desafío social con una prohibición, debilita la cultura de responsabilidad individual y familiar. Las prohibiciones generan una ilusión de seguridad inmediata, pero pueden erosionar lentamente la libertad y la autonomía.

Las redes sociales merecen atención y debate. Pero convertir al Estado en padre sustituto no resuelve el problema. Una sociedad libre se construye fortaleciendo a las familias, no desplazándolas. Allí radica la diferencia entre una solución de fondo y un simple parche.


Por Gustavo Boksar

La batalla por la infancia digital

Esta es la historia de cómo el mundo decidió dejar de pedir por favor y empezó a escribir las reglas del juego.

Durante años, el territorio de internet fue como el Lejano Oeste. Las corporaciones tecnológicas construyeron parques de atracciones digitales fascinantes, pero olvidaron colocar barreras de seguridad en las montañas rusas. Los padres, agotados y sin manual de instrucciones, intentaban vigilar a sus hijos mientras las pantallas marcaban las horas de sueño y la autoestima de una generación entera.

En la última década, sin embargo, el relato comenzó a cambiar. Los Estados, ante cifras alarmantes de ansiedad y depresión en escuelas y salas de emergencia, decidieron intervenir.

Así, distintos continentes empezaron a escribir sus propias leyes en esta batalla.

Capítulo 1: Europa y la construcción del “Gran Escudo”

Europa fue el primer continente en afirmar: “Si quieren operar aquí, jugarán bajo nuestras reglas”. Así nació la Ley de Servicios Digitales (DSA), que entró en pleno vigor recientemente.

En esta historia, la DSA actúa como un escudo protector para los menores. Sus normas son claras:

Fin al rastreo invisible: Las empresas ya no pueden utilizar los datos personales de los niños —qué miran o cuánto tiempo se detienen en una imagen— para mostrarles publicidad personalizada.

Algoritmos bajo la lupa: Gigantes como TikTok, Instagram y YouTube fueron obligados a rediseñar sus sistemas para evitar recomendaciones que fomenten autolesiones, trastornos alimenticios o violencia.

Transparencia obligatoria: Si una red social falla en la protección de menores, Europa puede imponer multas multimillonarias capaces de afectar seriamente a cualquier directivo en Silicon Valley.

Capítulo 2: Estados Unidos y la rebelión de los Estados

Al otro lado del océano, el proceso fue diferente. En lugar de una gran ley nacional, la resistencia surgió estado por estado, mientras el Cirujano General pedía que las redes sociales llevaran etiquetas de advertencia similares a las de los cigarrillos.

Florida y las prohibiciones estrictas: Se aprobaron leyes que prohíben que menores de 14 años tengan cuentas en redes sociales, independientemente del consentimiento parental.

Utah y el “toque de queda digital”: Se exigió que las plataformas bloqueen el acceso a menores entre las 22:30 y las 6:30, buscando devolver el control del descanso a las familias.

La presión federal (KOSA): En Washington, la Ley de Seguridad Infantil en Línea busca obligar a las plataformas a activar por defecto los ajustes de mayor privacidad para menores y limitar funciones adictivas como el scroll infinito o la reproducción automática.

Capítulo 3: El rugido de Australia y el Reino Unido

Otros países decidieron ir aún más lejos, apuntando directamente a quienes toman decisiones.

El castigo a los líderes (Reino Unido): Con su Ley de Seguridad en Línea, se estableció que si las plataformas no protegen a los menores del contenido dañino, sus directivos podrían enfrentar penas de cárcel.

La barrera de la edad (Australia): El gobierno australiano impulsó una de las medidas más restrictivas del mundo: prohibir el acceso a redes sociales a menores de 16 años y exigir verificación biométrica o documental para demostrar la edad real, cerrando la posibilidad de mentir sobre la fecha de nacimiento.

Capítulo 4: El abismo generacional y la ilusión de la libertad

A medida que avanzaban las leyes, los adultos se encontraron con un obstáculo evidente: la brecha digital.

Padres y legisladores intentaban regular una metrópolis que apenas comprendían, mientras los menores habían nacido en ella. Los jóvenes conocían cuentas falsas, VPN y múltiples formas de sortear cualquier cerradura digital. Tanto el Estado como las familias sentían que siempre corrían un paso por detrás.

También fue necesario desmontar un mito. Internet se presentó durante años como el espacio de la “libertad absoluta”. Sin embargo, con el tiempo, esa libertad sin límites derivó en abusos.

En ese territorio sin reglas, tres actores aprovecharon el desorden:

Los delincuentes: que encontraron en el anonimato el terreno ideal para acoso y estafas.
Las empresas: que monetizaron cada segundo de atención.
Los algoritmos: diseñados para explotar emociones humanas sin brújula moral.

Fue en ese escenario donde los Estados entendieron que debían actuar, no para perseguir a los jóvenes, sino para limitar a quienes se beneficiaban del descontrol.

Epílogo: La verdadera revolución no es la ley, es la mente

Las regulaciones lograron colocar algunas vallas de contención, pero el mundo llegó a una conclusión: la ley llega hasta la puerta de la casa; dentro, la herramienta decisiva es la educación.

Ningún filtro parental puede competir con un cerebro entrenado. La solución no pasa solo por prohibir, sino por concientizar.

Se necesita una alfabetización digital de doble vía:

Para los adultos: perder el miedo, comprender la tecnología y asumir el rol de guías, aunque no dominen las herramientas con la misma rapidez que sus hijos.

Para los jóvenes: desarrollar pensamiento crítico, entender que cuando un servicio es gratuito el producto suelen ser ellos, y aprender a proteger su atención y su salud mental.

La batalla por el futuro digital no se gana únicamente en tribunales ni en los servidores de Silicon Valley, sino en las conversaciones cotidianas, enseñando a las nuevas generaciones a caminar por la cuerda floja del mundo digital con los ojos abiertos.


No te lo pierdas: leé el informe íntegro en la edición papel del domingo 22 de febrero 2026.

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