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sábado, enero 17, 2026

Noelia Molina: el coro de murga con mujeres suena bien

Noelia Molina se formó dentro del carnaval salteño como parte de una vida familiar atravesada por la murga. Hija de Luis Molina, figura reconocida del ambiente murguero local, y de Miriam Rey, quien durante años sostuvo desde la costura un trabajo decisivo para que los conjuntos pudieran salir a escena, creció entre ensayos, vestuarios y jornadas completas dedicadas al carnaval. 

En esa casa, diciembre, enero y febrero tenían una lógica propia, marcada por el trabajo colectivo, la dedicación y una forma de entender la cultura popular desde adentro.

Ese aprendizaje temprano dejó una relación profunda con la murga, aunque la vida adulta impusiera pausas. El trabajo, la maternidad y el paso del tiempo alejaron a Noelia durante algunos años del escenario, pero el vínculo nunca se rompió. Hoy vuelve a cantar, integra La Grandulona y participa también en la comparsa Zulumbé, retornando a un espacio que reconoce como propio.

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En La Grandulona es la única mujer que canta en el coro. Esa situación, lejos de presentarse como una bandera o una excepción, aparece en su relato como parte natural de su recorrido. Desde la experiencia concreta, Noelia pone sobre la mesa una afirmación simple y todavía incómoda en algunos sectores del carnaval: el coro murguero con mujeres suena bien.

Desde el lugar de quien conoce el carnaval por dentro y lo vive en cuerpo y alma, habla del trabajo cotidiano, del disfrute, de los límites económicos, de la circulación de los espectáculos en el interior y de la comunicación entre lo institucional y los artistas.

El Carnaval es algo que los murguistas nunca abandonamos, ¿verdad?

Claro que no; además, para mí volver a salir es hermoso. Este es mi séptimo año en murga, el último, antes de este, había sido en 2013. Hubo una pausa larga, por la vida misma, por el trabajo y por la crianza de mis hijos. Tengo tres. En ese momento se hacía difícil sostener todo. Ahora están más grandes y eso me permitió recuperar un espacio personal que el carnaval siempre ocupó para mí.

Además, vos que venís de una familia carnavalera.

Sí, totalmente. Yo crecí en ese ambiente. Desde niña estuve a la vuelta de la murga. Mi padre participaba activamente y mi madre hacía los trajes. Pasábamos todo el día ahí, desde la mañana hasta la noche, ayudando en lo que hiciera falta. Yo también cosía, colaboraba. Tengo muy presentes esas imágenes de mi madre terminando un traje a último momento, con la murga por subir al escenario para presentar el vestuario. Eso es parte de mi infancia.

Hoy integrás La Grandulona. ¿Qué lugar ocupa la murga en tu vida actual?

Es un espacio propio. El ensayo es un momento mío. Trabajo, tengo hijos, responsabilidades y ahí encuentro algo que me hace bien. Me gusta preparar un espectáculo, compartir con los compañeros, reírnos cuando las cosas salen bien y acompañarnos cuando cuestan. Es un lugar de disfrute y de pertenencia.

Además de la murga, participás en la comparsa Zulumbé.

Sí, del barrio Ceibal. El carnaval lo vivo desde distintos lugares. Son expresiones diferentes, la murga y el candombe, pero las disfruto mucho a las dos.

Bueno, me pongo picante: el carnaval implica mucho trabajo y poco retorno económico.

Sí. Nunca cobré un peso saliendo en carnaval. Jamás. Al menos yo nunca recibí nada. Trabajamos durante meses para mostrar el espectáculo en muy pocas instancias. Es algo que siempre nos ha dado mucha pena a todos los murguistas, tanta producción de repertorios y que sean tan poco aprovechados. Aun así, seguimos, porque hay algo ahí que nos mueve y que vale la pena.

No te quiero exponer porque sé que es muy difícil criticar en Salto al poder público, que es quien desperdicia tanta riqueza cultural. ¿Cómo ves el vínculo entre los artistas y la institucionalidad?

Es distante, yo no me meto mucho en política. Al carnaval lo ven como un evento y no como una riqueza del pueblo, hay recursos para que el concurso se realice, para la organización general, para la estructura, pero para los murguistas como trabajadores no llega nada, lo hacemos por amor al arte digamos. También hay difusión, sobre todo en redes, pero el diálogo directo con los conjuntos es escaso. Falta comunicación real, presencia, escucha. 

Este año el concurso vuelve a tener más murgas.

Sí, y eso es importante. El año pasado hubo una sola murga y este año somos cinco. Eso genera otro movimiento, otro cruce, otra energía. Cambia el clima. Igual sigue siendo poco para todo el trabajo que se hace durante el año.

Y también se está diseñando un circuito de concursos en el interior, ¿verdad?

Es fundamental. Si no, todo queda reducido a dos noches y listo. Este año, además de Salto, vamos a Fray Bentos. Vamos nosotros, Falta La Papa y Punto y Coma. Está bueno salir, mostrar lo que hacemos, que el trabajo tenga más recorrido. Hay un circuito que se arma con esfuerzo de los propios conjuntos.

¿Sentís que ese circuito podría potenciarse más?

Sí. Se podría aprovechar mucho más. Hay murgas que dan pruebas de admisión en otros departamentos, que buscan salir. Falta una política cultural que acompañe ese movimiento y lo piense como algo sostenido, no solo como eventos aislados.

Te saco de la crítica al poder público y entro en el machismo, en la discusión sobre las mujeres en el coro.

Pah, bueno. Sí. Sigue pesando la idea tradicional de cómo debe sonar una murga. Muchas veces se dice que cuando hay mujeres el coro suena diferente. Y es cierto: suena diferente. Esa diferencia todavía incomoda a algunos responsables de murga. Es una idea que permanece. Hay una referencia muy fuerte a cómo sonaba la murga cuando éramos gurises, uno tiende a repetir un modelo que nos marcó. 

¿En La Grandulona sos la única mujer que canta?

Sí. Y estoy cómoda. Me llevo bien con mis compañeros, trabajo tranquila. Mi experiencia demuestra que el coro con mujeres funciona y suena bien. Todavía hay mujeres que piensan que la murga no es un lugar para ellas. Y lo es. Si tienen ganas de cantar y de salir en carnaval, que se animen a probar. Que se acerquen, que vean cómo se sienten.

¿Qué propone La Grandulona este año?

El espectáculo se llama Felices los Conformes. Habla del conformismo en distintos planos: la amistad, el amor, el gobierno, la vida cotidiana. De lo cómodo que resulta muchas veces conformarse con lo que hay.

¿Cómo trabajan ese concepto en escena?

A través de distintos cuadros y del couplet. Todavía estamos ajustando cosas, porque el concurso se acerca y siempre falta algo, pero venimos bien. La idea atraviesa todo el espectáculo.

¿Cuándo concursan?

El 7 de febrero en Fray Bentos y después acá en Salto, en el concurso local y regional.

Pensando a futuro, ¿te ves siguiendo en carnaval?

Sí. Mientras pueda y me den los tiempos, me gustaría seguir. Ahora que mis hijos están más grandes, tengo más margen. No sé qué pasará el año que viene con la murga, pero ganas tengo. El carnaval sigue siendo parte de mi vida.

Para cerrar, ¿qué mensaje te gustaría dejar?

Que las mujeres se animen. Que no piensen que la murga es solo para hombres. El coro suena bien con mujeres. Yo estoy cómoda, feliz y eso también tiene que verse.

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