El Dios Verde en la memoria

¿Quién era realmente el Dios Verde?. Era un hombre de figura quijotesca: muy delgado, de piel curtida por el sol, barba larguísima y blanca, y una cabellera que le llegaba a la cintura. Se dice que caminaba cientos de kilómetros a lo largo y ancho del país.

José Salles, el profeta descalzo que recorrió el Uruguay más de una vez

Escuchando a Alfredo Zitarrosa, la memoria colectiva despierta la figura de un hombre que caminó el Uruguay como un evangelio viviente. José Salles, conocido como “El Dios Verde”, fue un profeta sin templo, un asceta sin iglesia y un filósofo sin cátedra. Entre la leyenda y la historia, su figura persiste como una pregunta abierta sobre el sentido de la fe, la libertad y el desapego en una sociedad cada vez más material.

De las recopilaciones que pudimos hacer se basa la historia de hoy, seguramente a lo largo y ancho del país habrán muchas mas como las del Prof. Santos Piriz, una enciclopedia de la historia uruguaya, y de este personaje al que supo conocer.

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EL PROFETA QUE CAMINABA

Fue una frase cantada la que abrió la puerta de la memoria. Aquella línea en la voz profunda de Alfredo Zitarrosa, “madre por los médanos blancos viene descalzo, ese Dios Verde”, no era solamente una metáfora poética. Era también, para muchos uruguayos, la evocación de una presencia real, tangible, casi sobrenatural. El Dios Verde existió. Se llamaba José Salles.

Y me detengo un instante para reverenciar a otro Dios Verde uruguayo, a Carlitos Modernell, legendario letrista de carnaval conocido como «El Dios Verde». Fue autor de varias de las letras murgueras más recordadas, entre ellas, la histórica retirada de la murga La Milonga Nacional de carnaval de 1968. “Murga es el imán fraterno”. Volvemos a José Salle, el Dios Verde…

DE UNA VIDA NORMAL A UNA VIDA CON VUELO…

Nacido en Canelones en 1880, en el seno de una familia acomodada, su destino parecía inscribirse dentro de los márgenes convencionales de la sociedad. Estudió en seminarios religiosos, incluso en Montevideo y Salto, y durante un tiempo su camino estuvo vinculado a la estructura formal de la Iglesia Católica. Pero algo se quebró. No en la fe, sino en la institución. Dejó el seminario y abandonó toda aspiración de formar parte de la jerarquía eclesiástica. A partir de entonces, comenzó una transformación radical que lo convertiría en uno de los personajes más enigmáticos de la historia cultural uruguaya.

Dejó atrás el confort, el apellido y el destino social que le correspondía. Eligió el camino, literalmente. Caminó el país descalzo, vestido con una túnica verde clara, con una barba larga y blanca y el cabello cayendo sobre sus hombros como el de un patriarca bíblico. Su figura recordaba a los profetas antiguos, a los eremitas medievales o incluso a los sabios orientales. Pero no era un símbolo importado. Era profundamente uruguayo.

Su apodo, “El Dios Verde”, nació de su apariencia, pero también de su filosofía. Verde como la naturaleza que defendía, verde como la vida simple que predicaba, verde como la esperanza que ofrecía en tiempos de creciente materialismo.

EL HEREJE QUE FUNDO SU PROPIA FE

Salles no abandonó la fe. La radicalizó. Tras un breve paso por la Guerra Civil Española —donde estuvo prisionero durante casi todo su breve tránsito— regresó convencido de que había sido elegido para una misión espiritual. Fundó lo que llamó la Iglesia Cristiana-Judía-Uruguaya, una síntesis personal que rechazaba el poder institucional de la religión y devolvía la espiritualidad a la experiencia humana directa.

Criticó abiertamente al Papa y a la Iglesia como estructuras de poder alejadas del sufrimiento humano. Para él, la verdadera iglesia no era un edificio, sino la calle. No estaba en los altares, sino en los pobres.

Vivía en una casilla de apenas tres metros cuadrados, sin cama, con un calentador como único lujo. Todo lo que recibía lo entregaba. Si alguien le ofrecía dinero, lo distribuía entre los necesitados. Si le daban comida, la compartía.

Era la encarnación de una idea radical, vivir sin poseer.

EL PREDICADOR FRENTE AL LUJO

Su figura se volvió habitual en lugares donde su presencia parecía una contradicción viviente. En Punta del Este, por ejemplo, se paraba frente al Club Cantegril o los cines durante los festivales internacionales. Allí, entre hombres de traje y mujeres enjoyadas, levantaba su voz contra la vanidad y el despilfarro.

Era un gesto profundamente simbólico: el asceta frente al templo del consumo.

NO INSULTABA, NO GRITABA, PREDICABA

Y en esa predicación había algo incómodo, la evidencia de que otra forma de vivir era posible. Su sola presencia era una crítica.

EL VAGABUNDO DETENIDO, EL SABIO RECORDADO

Para la policía, José Salles era un vagabundo. Fue detenido más de 160 veces por “vagancia”. El Estado, incapaz de clasificarlo, lo redujo a una infracción administrativa. Pero el pueblo lo veía de otra manera.

Para algunos era un genio. Para otros, un delirante. Para muchos, un santo.

En Mercedes, Soriano, donde vivió sus últimos cuarenta años y falleció en 1970, su figura se convirtió en parte del paisaje espiritual de la ciudad. Hoy, murales y homenajes mantienen viva su memoria, no como una curiosidad histórica, sino como un símbolo cultural. Porque el Dios Verde no fue un mendigo, fue un filósofo práctico.

ALGUNA VEZ LO VIMOS..

Tal vez tenía nueve o diez años, allá por 1963/64, cuando íbamos en un viejo Chevrolet color marrón, creo, que manejaba El Tilo cuando vimos aquel hombre barbudo que caminaba por La Plaza Artigas seguido por niños y curiosos. Margarita dijo, «parece la reencarnación de Jesús»…»Por su túnica, porque no creo que Jesús fuera así de descuidado», dijo El Tilo. Lo cierto es que bajamos del auto y nos mezclamos con la gente. El hombre hablaba, gesticulaba, es lo que retengo, porque realmente no sé que decía. Los gurises se reían, los mayores miraban al piso, o al cielo, había algunos que lo miraban con asombro, y no recuerdo mas nada…,.

UN ANDANTE

Una vez estando en la campaña salteña, fuimos auxiliados por un mecánico de nombre Coralino,y como el hombre arreglaba el auto al costado del camino, «hicimos campamento» y salió un asado de vuelta y vuelta, que por supuesto el mecánico compartió. En esa comida se dio la charla y Coralino contó de un viejo andante que estuvo por la zona, que una vez llegó a un boliche en el que los ánimos estaban caldeados por política, sumado una carga de problemas personales de tiempo y ya estaban con los cuchillos en la mano haciendo oído sordo a los pedidos de calma de los parroquianos y del dueño…En eso entró un hombre raro, barbudo de pelo largo y vestido con una túnica verde…Todos lo miraron, hasta los peleadores, y sus gestos de haya paz, parece que hicieron el milagro y los contrincantes se calmaron, uno se fue, y el otro se sentó y se quedó mirando el piso, y de cuando en cuando, al hombre extraño.

EL YUYERO

En Soriano se cuentan muchas historias de este personaje. Dice que andaba con yuyos medicinales en un bolso, y mas de una vez auxilio a personas con problemas de edicipela, de riñones o de problema de presión y esas cosas tan comunes, que todos padecemos en ocasiones, “y siempre daba en el clavo, se ve que el hombre sabía”, comentó un viejo doloreño, que una vez supo ser “su paciente”, allá por Palo Solo.

Una mujer de Cañada Nieto recordaba como “salvó a mi madre de un raro cobrero en un pie por haber pisado baba de sapo, y se le fue extendiendo hasta el muslo derecho”.

Pero quizás su mayor poder no fue curar cuerpos, sino desacelerar almas.

En un país que comenzaba a modernizarse, que abrazaba el progreso material, José Salles (El Dios Verde) representaba una resistencia silenciosa. No luchaba contra el mundo. Simplemente vivía fuera de él.

EL SÍMBOLO DE UNA LIBERTAD RADICAL

El Dios Verde fue, en cierto modo, un adelantado a su tiempo. Antes del movimiento hippie, antes del ecologismo contemporáneo, antes de la crítica moderna al consumismo, él ya vivía esa filosofía.

No usaba vehículos. Caminaba. No acumulaba. Compartía. No competía. Existía.

Su vida fue una forma de pensamiento. Y en esa elección radical se encuentra su verdadero legado. Porque el Dios Verde no fue importante por lo que dijo, sino por lo que vivió.

EL RECUERDO QUE SIGUE CAMINANDO

Quizás muchos lo vieron sin saber quién era. Un hombre barbudo caminando por una plaza, rodeado de niños curiosos y adultos desconcertados. Quizás algunos lo olvidaron. Pero su figura permanece en la memoria profunda del país, como esas presencias que no pertenecen al tiempo, sino a la conciencia colectiva.

En un Uruguay cada vez más rápido, más conectado y más material, la figura del Dios Verde emerge como una pregunta incómoda y necesaria. ¿Qué es realmente vivir?

José Salles no dejó libros, ni templos, ni instituciones. Dejó algo más difícil de construir y más imposible de destruir, una forma de coherencia.

Fue, en definitiva, un profeta sin religión, un santo sin canonización, un hombre que eligió la pobreza como libertad y el camino como destino.

Y quizás, como cantaba Zitarrosa, todavía siga llegando por los médanos blancos de la memoria, recordándonos que la verdadera riqueza no es poseer el mundo, sino poder caminarlo sin pertenecerle.

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