El Día del Maestro se celebra en Uruguay el 22 de setiembre de cada año

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en el año 1939, el 17 de agosto por resolución del Consejo de Educación Primaria y Normal, se declaró el Día del Maestro.

Educación en Uruguay: un poco de historia

Liliana Castro Automóviles

En época de la Colonización, la Educación respondía al pensamiento dominante: los españoles emplearon la evangelización como modelo educativo.

Las Escuelas estaban a cargo de la Orden de los Jesuitas y de los Franciscanos, escuelas confesionales que respondían a la Corona Española.

En el Gobierno Patrio de José G. Artigas se plantearon y defendieron otros intereses. La educación comenzaba a definir su carácter ético y político cuando Artigas expresaba su preocupación por «mejorar la situación moral e intelectual de sus paisanos» y «consolidar el ideal revolucionario desde la escuela».

En 1815, en la situación precaria del campamento de Purificación fundó la Escuela de la Patria y en Montevideo una Escuela de Primeras Letras. Esto, uniéndolo con la Educación Cívica y el fortalecimiento de la identidad nacional, sintetiza aspectos básicos del artiguismo.

En el período de la Provincia Cisplatina, Dámaso A. Larrañaga logra introducir en las Escuelas el sistema monitorial o de enseñanza mutua (modelo de Escuela Lancasteriana). Consistía en que los alumnos mejor capacitados enseñaran a los menos preparados.

El Maestro era el encargado de orientar a los monitores para que enseñaran a sus compañeros en pequeños grupos.

Se fortalecía una concepción de la educación moral centrada en obediencia, orden y disciplina. Su implementación no prosperó más que en un breve período: no colmó las necesidades de la población y fue perdiendo apoyo económico de los vecinos.

Una vez Independiente la Provincia Oriental, sus escuelas no lograban organizarse con estabilidad, había preocupación por la educación, lo que llevó a la creación de escuelas, también se reconocía la importancia de la formación del maestro. Muestra de ello es la creación de la Primer Escuela Normal en 1827 y el establecimiento de la obligatoriedad del título docente para ejercer la profesión.

En 1847 el Gobierno de la Defensa creó el Instituto de Instrucción Pública atribuyéndole como funciones: promover la educación pública, regular el funcionamiento de toda institución educativa, vigilar la enseñanza de las ciencias morales, asegurar la relación armónica entre la enseñanza, las ideas políticas y religiosas que constituyen la base de la organización social de la República.

En 1855, el Secretario de dicho Instituto, José Palomeque realizó un estudio de las escuelas en el país y presentó el conocido «Informe Palomeque» que daba cuenta del estado de la educación.

Esto le permitió reconocer algunos de los grandes problemas: falta de un programa que unificara la educación a nivel nacional, desconocimiento de los Docentes de la teoría de su profesión y dónde aprenderla, carencia de buenos libros, y todos ellos necesitaban una urgente atención. Dice el Informe: «me permitiré indicar la urgente e importante necesidad de un buen plan de estudios que venga a la reforma y evite los abusos, cuyo arraigamiento, sólo el tiempo y la constancia podrá destruir afianzando un sistema bien combinado de enseñanza».

En 1865 se aprobó el «Reglamento Interno Provisorio de Escuelas Públicas Gratuitas» de la Junta Económica Administrativa de Montevideo, luego adoptado por otras Juntas.

Allí se jerarquizaba el tiempo pedagógico pautando su distribución semanal entre la recreación y el trabajo, se prescribían materias, nómina de contenidos, metodologías y materiales, la educación religiosa, un sistema elemental de estadística y la comunicación a los padres o tutores por parte del preceptor.

En el último cuarto del siglo XIX el Uruguay aún no lograba consolidar un proyecto educativo y cultural propio, ni el pensamiento político y sentimiento nacional.

La Democracia era débil e inestable. Los enfrentamientos continuos entre caudillos y doctores, entre el campo y la ciudad, evidenciaban relaciones de poder, en busca de hegemonía.

La influencia de los inmigrantes significó no sólo un incremento poblacional sino una renovación y enriquecimiento ideológico. Entraron en conflicto las cuatro principales fuerzas ideológicas de ese fin de siglo, se establecía la polémica entre catolicismo, protestantismo, espiritualismo racionalista y positivismo.

El proceso de secularización instalaba el debate entre lo laico y lo religioso que se concretaría años después en la Constitución de 1917 a través de la separación de la Iglesia del Estado.

Es en ese proceso que cobran vital importancia figuras como José Pedro Varela (con su obligatoriedad, laicidad y gratuidad) y más tarde Batlle y Ordóñez con la laicización del Estado.

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