La modificación en la tasa de descuento del Impuesto Específico Interno (IMESI) aplicado en la zona de frontera, desde un inicial 40% hasta una serie de ajustes fluctuantes entre 32%, 35%, 33% y 28%, representa un acto administrativo discursivo y disruptivo que desvela tensiones.
La bajada del descuento del IMESI en frontera no es solamente un tema técnico o económico; es un espectáculo tragicómico donde la política opera más como función teatral que como verdadera gobernanza. El gobierno decide reducir un beneficio que, en la práctica, es un salvavidas para quienes viven en esa zona, pero la decisión no es acompañada por un análisis serio de sus consecuencias. No importa tanto el fondo como la conveniencia política del momento: si gobiernan “ellos” es un desastre, si gobernamos “nosotros” es una maravilla, y la verdad queda naufragando en un mar de discursos.
Mientras tanto, los efectos reales son claros y despiadados. El poder adquisitivo de la población de frontera se erosiona, y los comercios locales sufren una sangría permanente: el combustible, al volverse más caro acá, incentiva que la gente cruce el puente hacia Concordia y despliegue un éxodo de dinero que no vuelve. El supuesto “ajuste” termina siendo una fuga descarada de recursos que debieran fortalecer la economía interior, y que, en cambio, refuerzan la del vecino país. Esa es la cruda realidad detrás del circo.
La política práctica para la gente de a pie es un enredo de promesas rotas, quejas sin consecuencia, y un juego de luces y humo para tapar la desidia y la falta de planificación seria. El clientelismo se disfraza de preocupación, y la preocupación verdadera se pierde entre discursos que cambian como el viento según quién tenga el micrófono y la cámara. La frontera sigue siendo ese lugar donde, mientras se pelea por cada punto porcentual del IMESI, la realidad económica es la que manda: el bolsillo del ciudadano común sigue cada vez más flaco.
La justicia, entendida como el equilibrio entre derechos y deberes, exige estabilidad normativa para que el comercio y la economía popular puedan desarrollarse con previsibilidad, sin la espada de Damocles de descuentos que vienen y van según el humor político del momento.
Pensemos en la frontera como ese río Uruguay que corre entre dos orillas, y donde cada gota de agua representa el esfuerzo de un comerciante, un conductor, un ciudadano que trata de sacarle jugo a su día a día.
Porque más allá de banderas políticas y discursos grandilocuentes, lo que de verdad importa es el derecho de la gente a vivir con dignidad y oportunidad, no con la incertidumbre y la trampa disfrazada de beneficio.
Hasta la próxima semana.




