“El aljibe y la hiedra”, de Víctor Silveira

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El lunes próximo publicaremos la última parte de “El aljibe y la hiedra”, del salteño Víctor Silveira. Es decir, nos vamos aproximando al desenlace. Esta pieza narrativa del año 1988 (que por gentileza del autor EL PUEBLO está dando a conocer por primera vez) podría considerarse “nouvelle”, o sea aquel relato intermedio entre cuento largo y novela breve, es una curiosidad porque de Silveira se conoce principalmente poesía.

EL ALJIBE Y LA HIEDRA

Nuestro patio, las plantas, el sauce, estaban cada día más hermosos. Sería quizás por la inminente primavera. Las glicinas estaban floreciendo y sus racimos azulados endulzaban el aire. La hiedra verde y blanca -creo su nombre era “cubana”– se había extendido aún más por sobre los hierros sinuosos. Todo ese conjunto semejaba serpientes en lucha con gárgolas medievales. Hubiese sido un deleite visual ver “lo otro” aparecer en medio de ese escenario casi teatral. “Mise en scène”, aunque sin actores, sin bambalinas, ni spots. Yo estaba vigilante -cuando ellas aflojaban la guardia- tratando de ver los dos o tres colores intensos, que luego cobrarían vida y empezarían a latir en “ralentti”. A mirarme en silencio. Después a hablarme. Y ya hacia el final de aquel ciclo de acontecimientos, a advertirme cosas sobre ellos, previniéndome con una voz muy nítida pero silenciosa. La tentación de acercarme y mirar dentro del pozo, iba in crescendo, se hacía cada vez más poderosa…

Cierta noche tuve que desviar la mirada hacia otro lado, al notar que Gerardito y Janice, sentados frente al televisor, me estaban observando. Pobrecitos, mis pequeños niños. Ellos no tenían la edad suficiente para entenderlo. ¿Cómo decirles? ¿Cómo transmitir a alguien todo eso? Hubiese sido lo mismo que intentar explicar un cuadro abstracto, una pintura surrealista, como aquel “Nombre Imaginario” -pongo por ejemplo- de Ives Tanguy, que habíamos visto en la Galería de Arte Moderno. Asimismo, el Arte parecía algo mucho menos complejo. ¿Pues cómo transmitir lo que figuraba debajo de la realidad conocida y palpada? ¿Y cómo expresar con palabras la belleza que se escondía en ese otro canal, al que ellos todavía no tenían acceso? Les miré a los ojos. Acaricié la cabeza de Janice, apretándola contra mi pecho. Me sentí compungido, me sentí egoísta, y un mal padre. Busqué en lo más recóndito, la forma en que podría subsanar todo eso. Pero cómo lograr que pudieran comprenderme y justificarme… Pobrecitos. Pobrecitos mis hijos.

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Nuestra mudanza estaba prevista para principios de octubre y ya habíamos empezado a empacar las cosas. Toda mudanza supone un acontecimiento en cierta medida traumático. Más aún en mi situación. Yo no quería mudarme, no quería abandonar aquel sitio. Le había cobrado cariño a esa casa antigua, con sus torreones y vitrales, ubicada en la periferia de la ciudad. Amaba las plantas de Alicia, el sauce añoso, los rosales con alguna variedad siempre en flor, según fuese la estación… Dos días antes de la proyectada mudanza, dejé de ver a la madre de Alicia. Sus valijas quedaron prontas en el dormitorio. Ni siquiera me inmuté: hubiera sido hipócrita cualquier muestra de interés, dado todo lo que había padecido por su causa. Era un fin de semana, y como era habitual en los días soleados, Alicia había llevado los chicos al parque, y sin saber aún lo de la súbita partida de su madre. Las pastillas que me habían dado con el almuerzo, habían terminado en el inodoro, como siempre. Yo me sentía muy bien, mejor que nunca. Había estado largo rato admirando el cielo luminoso y de un azul como no he vuelto a ver jamás… Crucé la habitación repleta de objetos embalados y cajones conteniendo mis libros, o viejos discos y casettes de música. Me agaché junto a uno de los cajones. Tomé un casette con música de Mahler: “Del Infierno al Paraíso”. Era una de las mejores orquestaciones que yo conocía de dicha obra. A Alicia, en cambio, no le gustaba en absoluto. Decía que su comienzo “era tenebroso y sombrío”. Lo único de Mahler que a mí no me agradaba era “Canciones de niños muertos.” Guardé el casette en el bolsillo de mi pantalón. En ese momento se abrió la puerta del frente. Era Alicia, que entró, caminó hacia mí y me preguntó si sabía en dónde estaban Gerardito y Janice… Me quedé mirándola en silencio, sumamente extrañado por la pregunta y el tono de miedoque noté en su voz.

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Hubo un trastrocamiento de todo. No solo por el hecho de la mudanza, sino por el desorden en que estábamos viviendo. Hubo como un caos de las cosas. Pero también en los hechos, y en las palabras. Decíamos “patio” y eso parecía significar otra cosa. O decíamos “zaguán” y la palabra adquiría una resonancia diferente. Hasta una vocablo tan inocente como “brocal”, que solo alude al resguardo o antepecho alrededor de un aljibe, adquirió por entonces connotaciones imprevisibles: también se había trastocado o mutado radicalmente. Al pronunciar esa palabra, adquiría resonancias cavernosas, como el eco de la voz humana rebotando por la oscura boca sin fondo del bendito aljibe aquel.

Gerardito y Janice no aparecieron. No regresaron a casa desde aquel infausto domingo. Les buscamos por todas las habitaciones, por todos los rincones. Volvimos al parque y allí continuamos buscándoles, hasta que anocheció. El hecho de que pudiesen haberse escondido, o se fugaran antes de volver a un hogar como el que les ofrecíamos Alicia y yo, no parecía descabellado. Pero semejante decisión, a la edad de ellos, no parecía normal.

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