UNA TRANQUILIDAD ENGAÑOSA… Y MUY CARA
“El dólar artificialmente bajo da sensación de bienestar y estabilidad, pero debilita la producción, frena el crecimiento y termina generando un ajuste que siempre recae sobre la población.”
En Uruguay se habla mucho de “atraso cambiario”, pero pocas veces se explica con palabras simples qué significa y por qué termina afectando a toda la sociedad. En términos sencillos, hay atraso cambiario cuando el dólar se mantiene artificialmente barato y el país se vuelve caro en dólares. Dicho de otra forma: aunque los precios internos no parezcan dispararse, para quien mira la economía en dólares —turistas, exportadores, inversores— Uruguay empieza a parecer un país caro.
Vamos a poner ejemplos cotidianos.
Supongamos que un café cuesta 200 pesos. Si el dólar vale 50 pesos, ese café cuesta 4 dólares. Pero si el dólar se mantiene artificialmente bajo, por ejemplo a 40 pesos, el mismo café pasa a costar 5 dólares. El precio en pesos no cambió, pero en dólares se encareció 25%. Por eso se dice que con atraso cambiario Uruguay se vuelve caro en dólares.
Lo mismo se ve en el turismo. Un hotel que cobra 4.000 pesos la noche cuesta 80 dólares con un dólar a 50. Con un dólar a 40, esa misma habitación pasa a costar 100 dólares. El servicio es idéntico, pero para el visitante extranjero Uruguay se volvió mucho más caro, y muchos turistas eligen otros destinos.
Y también se siente con fuerza en el agro: un productor que exporta soja por 1.000 dólares cobraba 50.000 pesos cuando el dólar estaba a 50. Con un dólar a 40, cobra solo 40.000 pesos, mientras sigue pagando salarios, combustible, impuestos y maquinaria en pesos que no bajan. Produce lo mismo, trabaja igual, pero gana mucho menos. Y eso desincentiva la inversión, el ánimo de seguir produciendo y generando riqueza genuina.
El dólar no baja solo. Hay una decisión política expresa de mantenerlo bajo. Es el Gobierno interviniendo la economía. El Estado gasta más de lo que recauda y, para cubrir ese déficit, tiene dos caminos: imprimir dinero —lo que genera inflación inmediata— o endeudarse. Como la inflación tiene un costo político alto, se elige mayormente el endeudamiento.
¿Y cómo se endeuda el Gobierno?
Emitiendo deuda en pesos: ofrece “papeles” —bonos o letras— donde promete algo así como: “dame 1.000 pesos hoy y dentro de un año te devuelvo 1.100”. Bancos, fondos de inversión, empresas, AFAP y ahorristas compran esos papeles. Muchos no tienen pesos: tienen dólares. Entonces venden sus dólares, obtienen pesos y compran la deuda del Estado. Al venderse tantos dólares juntos, hay más oferta de dólares y eso lleva a que el precio (ley de la oferta y la demanda). Y cuando el dólar intenta subir, el Banco Central vende parte de sus reservas en dólares para frenarlo. Tira dólares al mercado, vuelve a aumentar la oferta y así se construye un dólar artificialmente bajo.
Este esquema es funcional a la lógica política. Los gobiernos piensan en plazos cortos, marcados por las elecciones. El atraso cambiario permite mostrar inflación controlada, salarios que rinden más y una economía aparentemente ordenada. Esas mejoras —aunque sean artificiales y temporales— benefician a la mayor parte de los votantes que ganan en pesos, pero los costos de la intervención estatal nunca son inocuos y los costos reales se trasladan al futuro.
El bienestar artificial no es gratuito, alguien siempre lo paga. Por eso el atraso cambiario funciona como una transferencia forzada desde los sectores productivos hacia el resto de la economía. Es, en los hechos, un subsidio encubierto que pagan quienes producen y exportan. Cuando un productor recibe menos pesos por sus dólares, esa diferencia no se pierde sino que financia al Estado —que recauda en pesos fuertes y paga deudas en dólares baratos—, a los importadores —que compran afuera con dólares baratos— y a los sectores que cobran en pesos, cuyo poder de compra mejora por un tiempo. El productor no puede elegir: está obligado a vender sus dólares al tipo de cambio artificialmente bajo que fija el mercado intervenido por el Estado.
Los sectores más perjudicados son justamente el campo, la industria exportadora y el turismo. Tal como vimos en los ejemplos propuestos, estos sectores cobran en dólares pero pagan salarios, impuestos, energía y alquileres en pesos. Con un dólar atrasado, sus ingresos reales caen mientras sus costos se mantienen. La rentabilidad se achica o desaparece.
Con el tiempo, este proceso genera consecuencias económicas profundas: caída de la productividad, estancamiento del crecimiento, pérdida de competitividad, menos inversión, menos empleo y aumento del endeudamiento. La economía se sostiene artificialmente, pero pierde capacidad de generar riqueza genuina.
Ahora bien: ¿hay atraso cambiario en Uruguay?
Los síntomas de la economía uruguaya son muy claros y lo confirman, pero el Gobierno no los reconoce: ¿Cuáles son los síntomas?
Que somos un país caro en dólares, de que los sectores exportadores tienen márgenes cada vez más estrechos, a la pérdida de competitividad frente a la región, y al hecho de que importar se vuelve más atractivo que producir. De que hay un evidente estancamiento del crecimiento y un Estado que logra sostener su gasto gracias a una moneda artificialmente fuerte.
Analistas económicos expertos como lo es Jorge Borlandelli pone el acento en otros factores estructurales donde se llega a una conclusión similar. Señala que el encarecimiento de Uruguay en dólares no se explica solo por el tipo de cambio, sino también por un gasto público elevado, exceso de regulaciones, falta de competencia, monopolios, baja apertura comercial y un marco institucional que encarece producir. De manera muy original, propone llamar al fenómeno “adelanto preciario” en lugar de atraso cambiario. Y este “adelanto” funciona como un mecanismo que disimula todos los vicios de una economía intervenida, oficia como una fachada que permite disimular temporalmente y postergar las reformas de fondo, financiando un bienestar artificial a costa de la destrucción silenciosa de la base productiva.
Esta negación de los claros síntomas del paciente parte de las altas esferas del Gobierno. En efecto, el presidente del Banco Central, Guillermo Tolosa, sostiene que no existe atraso cambiario porque la inflación está controlada y porque el peso no se habría apreciado de forma significativa frente a una canasta amplia de monedas. El problema de ese razonamiento es que mira la economía desde los indicadores y no desde la realidad.
Que la inflación esté dentro de la meta no significa que la economía sea competitiva. Son dos cosas distintas. Una familia puede tener sus cuentas “ordenadas” en el banco y, sin embargo, estar cada vez más endeudada y con menos ingresos reales. Exactamente lo mismo ocurre con un país. El hecho de que la inflación esté contenida no le sirve de consuelo a un productor que cobra en dólares y paga todo en pesos cada vez más caros.
El argumento de la “canasta de monedas” tampoco responde al problema real. Uruguay vende carne, soja, celulosa, servicios y turismo mayoritariamente en dólares. Los salarios, los impuestos, la energía y los alquileres se pagan en pesos. Lo que define si una empresa es viable o no es cuántos pesos recibe por cada dólar que exporta y si esos pesos alcanzan para cubrir sus costos. Insisto en el razonamiento: cuando el dólar queda artificialmente bajo y los costos internos siguen subiendo, la empresa pierde margen, se frena la inversión y se destruye empleo, aunque los gráficos oficiales digan que todo está en orden.
Decir que no hay atraso cambiario porque hoy no existe una inflación descontrolada como en otras épocas es equivocar el diagnóstico. El atraso cambiario no es solo un problema de inflación; es, sobre todo, un problema de competitividad y de estructura productiva. Uruguay puede tener inflación controlada y, al mismo tiempo, un tipo de cambio que castiga a quienes producen y exportan. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo.
Negar el atraso cambiario desde el escritorio no cambia la realidad de miles de empresas que ven cómo producir en Uruguay se vuelve cada vez más difícil mientras importar se vuelve cada vez más fácil. El cierre de más de 14 mil empresas en el año 2024 es el verdadero diagnóstico y una clara señal de alarma. Cuando producir deja de ser negocio y consumir lo importado parece más barato, el país se encamina al estancamiento, aunque los indicadores oficiales luzcan prolijos.
Y mientras se siga postergando su corrección, podrá haber sensación de alivio momentáneo porque la gente que gana en pesos ve que esa moneda “vale”. Pero ese valor se compensa con la pérdida de otros sectores y termina encareciendo todo para la sociedad cuando la realidad se impone.
Y cuando eso ocurre, el ciclo es siempre el mismo: sube el dólar, suben los precios, cae el salario real y el golpe lo recibe la población. Cuanto más se demora la corrección, más duro es el impacto. El mismo ciclo económico de siempre, cuyo responsable es uno solo: el Gobierno.
En definitiva, el atraso cambiario —como tantas políticas de corto plazo— ofrece una tranquilidad engañosa. Da alivio hoy, pero destruye crecimiento mañana. Es bienestar prestado, estabilidad aparente y una factura que siempre termina llegando, porque ningún país puede vivir mucho tiempo gastando más de lo que produce.




