APUNTES EN BORRADOR N° 954

Edición Año XVIII N° 954, lunes 2 de marzo de 2026

URUGUAYEZ. Siempre presente el eterno debate sobre qué es ser uruguayo y qué nos diferencia de nuestros hermanos (hasta tanto no hablemos de fútbol) argentinos y brasileros. Debate que en cierta forma ha sido generado por el origen de Gardel, y aunque la carrera de Natalia Oreiro también se desarrolló fundamentalmente en la vecina orilla, sobre ella nadie hace problema de si es uruguaya o argentina.

Pero, ¿qué es ser uruguayo? La uruguayez no se define por estridencias ni por épicas grandilocuentes, sino por una forma de estar en el mundo. Desde una mirada cultural, antropológica y sociológica, la identidad uruguaya se teje en la sobriedad, el diálogo y la convivencia. Es la mateada compartida, el valor de la palabra empeñada, el apego a lo público y una confianza, no ingenua, en las reglas comunes.

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Antropológicamente, Uruguay es frontera y síntesis. Recibe influencias europeas, indígenas y africanas, pero las decanta en una cultura de moderación. El “no hacer ruido” convive con una fuerte conciencia cívica, la ley importa, el Estado es árbitro y la política se vive como conversación permanente, aun en el disenso.

Sociológicamente, el país se distingue por su escala humana. La cercanía entre gobernantes y gobernados, la densidad institucional y un igualitarismo aspiracional marcan diferencias con vecinos del MERCOSUR. Frente al vértigo y la polarización de Argentina o la inmensidad diversa de Brasil, Uruguay apuesta por el equilibrio. Y a diferencia de Paraguay, su identidad se ancla menos en la épica nacional y más en la vida cotidiana.

Ser uruguayo es, en definitiva, elegir la mesura sin resignar convicciones, discutir sin romper; y creer que el futuro se construye, mate en mano, entre todos.

A ese entramado se suma una dimensión simbólica poderosa: la memoria colectiva. La uruguayez también se explica por la valoración de la democracia como patrimonio común, forjada tras dictaduras y crisis que dejaron marcas profundas. Hay una ética del “nunca más” que atraviesa generaciones y refuerza la idea de convivencia.

Culturalmente, el candombe, el carnaval y el fútbol funcionan como lenguajes compartidos que integran diferencias sociales y territoriales. Incluso el humor -irónico, seco, a veces melancólico- expresa una manera particular de mirarse a sí mismos. En un mundo de identidades ruidosas, Uruguay reafirma la suya desde la discreción, la persistencia y una vocación silenciosa por la cohesión social.

Quizás esto sea un distintivo de nuestra uruguayez que, con total humildad, nos destaca en el mundo. Cuando uno viaja al exterior y dice ser uruguayo, ya nos miran con otros ojos, más benevolentes, si se me permite la palabra. Aunque a veces, tampoco es necesario expresar de dónde venimos, porque el solo hecho de vernos caminar con termo y mate bajo el brazo ya es pasaporte suficiente.

Esto nos vuelve un pueblo atractivo para que nos vengan a visitar, no solo para compartir nuestras propias bellezas naturales, que todos tienen, pero que justamente el diferencial termina siendo su gente.

Y si ahora pregunto, ¿qué es ser salteño? ¿Qué nos diferencia de nuestros hermanos sanduceros (los más cercanos idiosincráticamente)? ¿Por qué los visitantes deberían preferirnos a ellos y venir hasta Salto para vivir una experiencia inigualable? ¿Estamos cerca o lejos de responder a estas preguntas que se vuelven fundamentales si pensamos en nuestro futuro como una sociedad atractiva?

Hasta siempre… y tilo pa’la barra!

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