Violencia y miedo: crónica de una jornada gris

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    La de este miércoles último fue sin dudas una jornada signada en Salto por la violencia y el miedo. Eran las 17.45 cuando el temor ganó a todos quienes acertaban a pasar por la céntrica esquina de Artigas y 18 de julio. Se generó un enfrentamiento entre grupos de jóvenes, varones y mujeres. Volaban piedras hacia todos lados, algunas que por pura casualidad no lastimaron a transeúntes o rompieron algún vehículo. Se veía corridas hacia todas partes, eran adolescentes de no más de quince años algunos, y otros de un poco más edad. De pronto un grupo se perdió corriendo rumbo al centro de la Plaza Artigas; en tanto otros tres jóvenes, uno incluso con el torso desnudo a pesar del frío, sin dejar de arrojarles pedazos de baldosas huían por calle Artigas hacia el oeste.
    Es en ese momento que llegan dos efectivos policiales en moto, a los que se suma un Policía que se encontraba en la puerta del Juzgado de Artigas 1080, y detienen a los tres iracundos jóvenes. Allí las actuaciones de rigor: brazos en alto y contra la pared, luego alguna patada para que separaran más las piernas y después para que se arrodillaran, mientras se los revisaba. No era menor el número de personas que poco a poco se iba aglomerando para mirar la escena, comentar, tomar fotografía o filmar con sus celulares. Los agentes les preguntaban si estaban alcoholizados o habían consumido alguna otra droga. Sobresalía la voz de uno de los detenidos que casi a los gritos y a punto de romper en llanto decía: «no te voy a decir que no nos tomamos algo recién, tomamos sí, pero pasta base yo no consumo más, hace tiempo que estoy en el camino de Dios, no consumo más, ahora estoy en el camino del Señor..». Todo muy triste, penoso. Pero más tarde, cuando ya caía la noche, buena parte de la Zona Este pasó de escuchar los tambores, la música, la algarabía de un club de barrio que festejaba su cumpleaños, para oír el sonido aturdidor de las sirenas: ambulancias y Policía rumbo al Obelisco a Rodó. Había ocurrido allí un gravísimo incidente del que participaron varias personas y del que resultaron lesionadas al menos tres, entre ellas una mujer con fractura de caballete nasal y un hombre con dos puñaladas que a esta hora lo mantienen internado y en estado de gravedad. Estaban colocando cartelería política cuando se suscitó el incidente, aparentemente a raíz de una discusión justamente por temas de política. Los agredidos son militantes de la lista 538, que respalda la candidatura a la Intendencia de Andrés Lima. Pero ante hechos aberrantes como este, ¿importa qué filiación política tenían los participantes, más allá que el hecho haya ocurrido durante una actividad de militancia? El hecho conmueve a todos. Comunicados de repudio se leyeron inmediatamente varios; pero tendrían que ser más y venir de todos los sectores, sin importar partidos. Ahora bien, cuando ocurren situaciones puntuales como esta, siempre queda sobrevolando la pregunta de si la responsabilidad mayor no es, en gran medida, de la violencia que se provoca a otros niveles y a veces con cierta «sutileza». Mensajes que transmiten ideas como la de «terminar con los lúmpenes y con plomo si es necesario», ¿no serán los que después se desprenden de los discursos para bajar a tierra y concretarse en hechos desgraciados? Cuando un partido político en plena campaña hacia las elecciones departamentales, explicita en su programa como un objetivo el de «enfrentar al Gobierno Nacional», ¿no estará fomentando que ese «enfrentamiento» se transforme en algún momento en pedradas o puñaladas?
    En definitiva, la violencia está siempre agazapada en toda sociedad. En la nuestra, a menudo -lamentablemente cada vez con más frecuencia- salta, se manifiesta explícitamente. El alcohol, la pasta base, y tantas otras drogas que cada día ocupan mayor protagonismo sobre todo en los jóvenes, son un elemento muchas veces decisivo. Fue seguramente una suma de factores (diferencias políticas, alcohol, drogas…) lo que desencadenó que la jornada del miércoles en Salto se pintara de gris, y la violencia y el miedo se hicieran notar. Que no haya violencia ni miedo es esencial para gozar de la libertad, una libertad que ojalá nunca perdamos.

    JORGE PIGNATARO

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