R E C U E R D O S

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Mis primeros años de maestra transcurrieron en campaña. Eso me gustaba. Mi infancia fue en el campo donde era feliz ,con muchos hermanos y unos padres que se amaban y nos cuidaban bien.
Mi primer trabajo como docente ,en Colonia Lavalleja, en la Escuela Rural número 19, la vieja escuela : un salón “de material” y otro de paja y terrón, con Directora y dos Maestras. La Directora y su marido ocupaban la casa destinada a los docentes.
Las Maestras,Ida Otaix y yo debíamos ir, atravesando campo y cruzando alambrados, además de una pequeña zanja que con cualquier lluvia impedía el paso. Luego de unas meses, los vecinos lograron conseguirnos un sulky con un buen caballo. Todos los días teníamos el sulky pronto para hacer los cinco o seis kilómetros para ir a la 19.Era mucho mejor que hacer el trayecto a pie. El caballo era manso y obediente y tenía un lindo andar.
Cuando llegó el invierno y empezaron los primeros fríos, mi compañera tenía un poncho campero gruesísimo, de pura lana con una trama que no dejaba pasar ni el frío ni la humedad. Ida era algo mayor que yo y más robusta. Ella manejaba el sulky.Pero ese día estaba resfriada y le dije: – Tapate bien con el poncho , que yo manejo.
Estaba lloviznando y el frío había aumentado notoriamente. El trayecto tenía dos curvas: una al salir de la escuela para tomar la carretera y otra, ya cerca de la Escuela número 18, donde vivíamos.
Un t ramo antes de esa segunda curva se pasaba frente a un campo poblado de vacas y muchos caballos.
Veníamos tranquilamente ,al ritmo del animal que nos conducía, cuando sorpresivamente se oyeron relinchos al tiempo que muchos caballos corrían locamente de un lado a otro. Me sorprendí cuando también el que llevaba el sulky salió de la carretera y el vehículo quedó volcado contra el alambrado del lado de mi compañera quien rápidamente se tiró. Yo traté de calmar el caballo y lo llevé nuevamente al camino. Mientras sujetaba al animal ,animaba a Ida a que se subiera pero ella decía: – Bajate, Amalia, Bajate!!!Yo no subo!…
A pesar de que el sulky estaba quieto y el caballo se había tranquilizado, ella no quiso subir, entonces yo, con la inconsciencia de la juventud, me paré en el vehículo y me tiré. Resonaron mis pies en la grava y el caballo , asustado, salió disparado hacia la querencia. El poncho se perdió por el camino y el caballo desbocado hizo que el sulky perdiera una rueda al chocar contra un árbol.
El revuelo de los vecinos y de mis compañeras de la escuela 18, donde vivíamos, fue enorme. Ver el sulky sin las maestras hizo imaginar cosas horribles. Pero, Ida y yo
volvíamos caminando tranquilamente,riendo y llorando al mismo tiempo por el susto vivido…
El Ford del 27, de uno de los vecinos apareció en la carretera a recogernos. Con las cortinas bajas no se podían ver los pasajeros. Así llegamos. En todas las ventanas había rostros curiosos. También el policía que estaba siempre en la comisaría se acercó con cara de preocupación. Nuestra compañera, Naná, alta y fuerte me tomó en brazos como si fuera un bebé pensando que mi risa nerviosa era llanto por estar herida.
En un instante nos vimos rodeadas de gente ansiosa. Yo no podía parar de reírme y no daba explicaciones del percance mientras Ida pedía al policía que no diera importancia a lo ocurrido.
Cuando todo se calmó hubo un general suspiro de alivio.
Las consecuencias: varios días sin sulky hasta que un vecino amable nos llevaba y traía.
A los pocos días nos consiguieron otro sulky con otro caballo mañoso que , al enfrentar una portera se paraba y daba una vuelta en redondo para luego seguir… hasta que lo acostumbramos a un andar normal.
Todo lo ocurrido pasó a ser una anécdota recordada risueñamente.
Amalia Zaldúa

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Liliana Castro Automóviles