Más allá de la convocatoria de Hiroshima

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    Cuando amanecía el 6 de Agosto de 1945, en la ciudad de Hiroshima, Japón, sucedió el hecho bélico más cruel que la humanidad de nuestros días recuerda.
    Estados Unidos hacía estallar la primera bomba atómica. Entre ese día y el mes de diciembre siguiente 140.000 personas, más que el total del departamento de Salto, murió a consecuencia directa del estallido de la bomba o cruelmente calcinados por las radiaciones atómicas.
    Al cumplirse 64 años de aquella crueldad, hoy se sigue discutiendo sobre el desarme nuclear, cuestión que el primer ministro japonés ha definido con mucha sabiduría. El desarme nuclear es utópico, salvo que “por arte de magia” todas las bombas desaparecieran al mismo tiempo de la faz de la tierra.
    En caso contrario, es diríamos tonto pensar que por que una potencia unilateralmente decida deshacerse de su arsenal atómico, todas las demás lo harán y nadie se reservará “algo”, tentado por la posibilidad de imponer su poder sobre las demás naciones.
    Es más, aún hoy las dos terceras partes de la población de los Estados Unidos siguen pensando que su nación hizo bien al usar las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki  (que “aportó” 70 mil muertos más el 9 de Agosto de 1945).
    Por mayor esfuerzo que hagamos para convencernos de que la paz es posible y por más que sigamos convencidos de que es este el camino que debe seguir la humanidad, tratar de alcanzar una convivencia pacifica orientada hacia el bien común, debemos tener muy claro que los derroteros actuales están orientados hacia otra cosa.
    La fabricación y venta de armas sigue siendo junto al narcotráfico de los negocios más lucrativos en el planeta.
    El mercado de las armas, legal o ilegal, no sabe de buenos propósitos. La única ley es la fuerza y la fuerza se apoya en las armas. La vida no tiene sentido si se antepone en su camino.
    Los traficantes de armas, no son sólo aquellos que roban y las venden individualmente a los delincuentes, sino organizaciones mafiosas que compran a fabricantes y las venden a quien sea, porque no importa para qué las usen, ni cómo. Lo único que vale es que les deje dinero.
    La heroica Hiroshima, cuya incursión en la demencial guerra mundial, su decisión difícilmente pasó por allí, puso los muertos civiles e inocentes en su gran mayoría y desde entonces se ha volcado a trabajar por la paz, porque nadie como los “hibakusha” (sobrevivientes del bombardeo) conocen la crueldad de la guerra.
    El camino es largo, lleva ya 64 años y nadie puede decir que se haya avanzado hacia la abolición de las armas, lo que no significa que podamos darnos el lujo de bajar los brazos.

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