Hoy se cumplen 197 años de la verdadera independencia de la República Oriental del Uruguay y yo estuve allí.
¿Fue realmente la Declaratoria de la Independencia de 1825 la que nos dio la patria?
Los hechos, y la propia voz del prócer, desmienten el relato oficial. Mientras en Uruguay se conmemoraron con bombos y platillos los 200 años de la Declaratoria de la Independencia, la historia nos dice que esa gesta no fue el verdadero puntapié de nuestro estado independiente, sino una «reincorporación» de la Provincia Oriental a las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Y esta contradicción no es menor. El relato de los 25 de agosto se volvió un mito fundacional, lleno de romanticismo, que omite que la independencia de nuestro país se forjó años después y en un contexto muy diferente. El verdadero hito llegó con la Convención Preliminar de Paz en 1828, un acuerdo gestado por potencias extranjeras —Brasil, Argentina y el Reino Unido— que sentó las bases de la República Oriental del Uruguay, tres años después de la fecha que hoy celebramos.
Artigas, un incómodo forastero en el relato oficial
La polémica se renueva cada año. Las autoridades de Salto, en su afán de homenajear el bicentenario, descubrieron placas al pie del monumento a José Gervasio Artigas en la plaza homónima. Un gesto, a primera vista, inocente y patriótico. Sin embargo, para el historiador José Buslón, es una muestra del «relato acrítico y adulterador» que se ha construido en torno a la figura del prócer.
Buslón remarcó que esta acción no solo distorsiona la historia, sino que va en contra del propio pensamiento de Artigas. El Protector de los Pueblos Libres ya estaba exiliado en Paraguay en 1825 y, a diferencia de lo que la historiografía oficial ha intentado mostrar, no quiso volver a estas tierras.
La memoria histórica y su «cocina»
El profesor Buslón explicó que el conocimiento histórico, a menudo, es manipulado para crear «relatos» que legitiman políticas actuales o construyen identidades nacionales convenientes. Lo que él llama una «cocina», donde los hechos se ajustan a las necesidades del presente. La placa colocada en el monumento a Artigas es, para el historiador, un claro ejemplo de esta práctica.
La historia oficial nos presenta a un Artigas líder indiscutido y fundador del Uruguay. Pero la realidad fue otra. Buslón recordó que Artigas rechazó enérgicamente regresar a estas tierras. Lo contó cuando en 1825 le ofrecieron ponerse al mando de la Cruzada Libertadora y en 1830, ya con el país formalmente constituido, cuando el presidente Fructuoso Rivera le extendió una invitación para que regresara como prócer.
Un prócer que no tuvo patria
Artigas, en Paraguay, ya no se sintió parte de la gesta de la independencia. Contó que estaba viejo y retirado de la vida pública y, lo más contundente de todo, rechazó perturbar el nuevo orden institucional que se había gestado sin él. “Yo ya no tengo patria”, declaró en una frase que el tiempo y los manuales de historia han intentado borrar.
La placa en el monumento a Artigas no solo ignora esta realidad, sino que fuerza un anacronismo. Para Buslón, honrar su memoria implica comprender su pensamiento federal y su exilio, no usarlo para validar un relato que él mismo repudió. Y este es el gran dilema que enfrentamos cada vez que se celebra el 25 de agosto: ¿celebramos un mito romántico o nos reconciliamos con la verdad histórica?