La condena de los niños

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Ser adulto no es malo,

lo malo es olvidarse de ser niño”

¿Qué celebramos ayer? ¿El Día del Niño?, ¿el Día de los Niños?, ¿el de la Niñez?, ¿o el de las Niñeces?, ¿el de la Infancia tal vez? No sé, llámelo como quiera, yo lo respeto. Y quiero que respeten que yo siga pensando que es el Día del Niño, simplemente. Porque en ese genérico están todos los niños y las niñas incluidos, sin necesidad de hacer una distinción que, precisamente me parece que separa y marca diferencias cuando, en definitiva, lo que queremos es igualdad, ¿o no?

Pero dejemos eso a un lado, pues nos llevaría mucho espacio. Dejemos también de lado ahora que, a decir verdad, según nuestra Constitución de la República, desde tiempos de Batlle y Ordóñez, el Día de los Niños es el 6 de enero, y el Estado Uruguayo no reconoce otro como tal.

Hablemos de los niños…

“Hay niños difíciles, realmente difíciles”, nos decía una docente hace poco, y es una frase que se escucha mucho, sobre todo en docentes aunque también en padres, abuelos… Pero como leí una vez, quizás no sea tan así. Giremos la mirada: tal vez lo difícil sea ser niño en un mundo de adultos siempre ocupados, que andan corriendo de aquí para allá, que no tienen tiempo para nada…ni para preguntarle a un niño cómo le fue en la escuela o si necesita algo.

Difícil es venir al mundo con la mirada limpia, como vienen todos los niños, y de a poco ir creciendo en medio de tanto individualismo, de tanta envidia, de tanto divisionismo descarnado, donde enseñamos que los buenos están acá y los malos allá… Por ejemplo. Y alguien podrá decirme: “yo no le enseño eso a ningún niño”. Claro, hablo en general, pero ¿sabe lo que pasa? Que con nuestras acciones enseñamos eso, queramos hacerlo o no. Todo parece que es una batalla, desde un partido de fútbol hasta ir a militar por un partido político. Eso es lo que no podemos seguir enseñándoles a los niños. ¿Tan importante es un equipo de fútbol o una figura de la política para que sean motivo de fomentar el odio entre la gente? No, no lo son. Entonces, ¿nos damos cuenta que eso es lo que están observando los niños? Y también me podrán decir: “eso siempre fue así, antes en el Uruguay se enfrentaban con armas los políticos”. Me lo han dicho. Y yo respondo: ¿Y qué me importa? ¿Porque antes algo estuviera mal tengo que resignarme a que siga estando mal?

Le cambio el ángulo o la perspectiva. Hablemos de la escuela. ¿Usted se da cuenta que con la educación que estamos brindando hoy, estamos condenando a los niños? “No, Jorge, no es tan así, hay muchas cosas buenas en la educación”, me dicen algunos con mucha frecuencia. No dudo, pero como le digo siempre, para mostrarnos esas cosas buenas, hasta maravillosas, están las autoridades de la Educación, y los diferentes canales de comunicación que tienen para difundir lo bueno, lo maravilloso. A mí en cambio me corresponde decirle lo que pienso y siento, sin ataduras. Y por eso le digo, una vez más, que desde hace por lo menos veinte años la educación se nos va en caída libre. Y no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Que haya tantos pero tantos niños que no logran las habilidades básicas que deberían lograr para su edad (en matemática, en lenguaje, etc.)… ¿esos son datos fríos o es un grito que nos dice algo? Claro que es un grito, ¿y sabe qué nos dice? Que eso más que un dato, es una condena. Uruguay está condenando a sus nuevas generaciones a no poder competir con países verdaderamente desarrollados. Y justo ahora, desde hace unos quince o veinte años, cuando el mundo pasó a ser una aldea, con todos comunicados, todos cercanos, donde todos podemos competir con todos (en el buen sentido, el de competir en conocimientos), justo ahora nos vamos “a pique”. Porque hay niños que no saben lo que tienen que saber y tampoco tienen referentes lo suficientemente capacitados para enseñarles lo que tiene que enseñarles. Es así. ¿Y eso no es una condena acaso?

Se habla tanto de la inclusión. ¿Inclusión real o simple introducción de alumnos con diferentes capacidades en el salón con todos los demás? Porque yo no tengo problema en que trabajen juntos, al contrario, yo siempre estuve y estoy a favor de la inclusión, pero siempre y cuando el maestro sepa trabajar con esas diferencias, esté formado para eso, si no, no sirve casi que para nada. Al contrario, conozco niños a los que por quererlos incluir al costo que sea, se les ha hecho un daño terrible: discriminación, autoestima por el suelo porque sienten que no pueden cumplir con ciertas cosas que los demás sí, frustración por no poder colmar las expectativas d ela familia, etc., etc.

Saquémonos la careta, reconozcamos que desde hace años somos un país atrasadísimo en educación. En eso tenemos que mejorar si queremos la felicidad de nuestros niños. No tenemos derecho a condenarlos a la mediocridad, a la chabacanería. Como no tenemos derecho tampoco a condenarlos a un mundo donde todos andan enojados, estresados, corriendo tras un peso. ¿Qué nos pasa? ¿Cuándo nos transformamos de esta manera y no nos dimos cuenta?

Fíjese lo que pasa en el baby fútbol, por mencionar otro ejemplo. El deporte es competencia sí, pero tiene que ser una competencia sana, como decía hoy, como la competencia de conocimientos. Hace algunos días tuve oportunidad de observar un video que me pareció muy bueno. Allí el que habla es un niño que juega en determinado equipo de baby fútbol, y constantemente dirigiéndose al papá, le dice que mejor no vaya a verlo jugar: “No vengas si vas a insultar al juez, no vengas si vas a enojarte porque estoy en el banco de suplente, no vengas si vas a retarme porque me equivoco en una jugada… Mejor no vengas”. Un mensaje triste, puede ser, pero fuerte y realista como pocos.

Entonces, en conclusión, le estamos robando a los niños nada menos que la niñez, la infancia. La niñez es el color, la alegría, el disfrute…. Sin embargo les estamos enseñando que si no se gana, poco menos que hay que romper todo (y muchas veces hasta literalmente romper todo).

Les estamos robando tantas cosas… Me gustó una reflexión del Padre Cacho, aquel conocido cura uruguayo ya fallecido, que leí hace un tiempo ya no recuerdo dónde. Siempre se dice que hay que enseñar a pescar, y no dar el pescado. Pues este religioso plantea que tenemos ponernos a pensar que en realidad, a los niños “les estamos robando la caña, el anzuelo, la embarcación, la red y hasta los pescados”. Qué razón. Y ni le hablo de robarles el Tiempo (así, con mayúscula, como protagonista de la vida), el Tiempo de la infancia. Qué triste ver tantos niños que dicen “no puedo ir a jugar” o “no pude hacer el deber”, “porque tengo que quedarme con mis hermanos más chicos”. Qué triste ver niños trabajando, o revolviendo contenedores de basura, o hurgando en el vertedero municipal…Y los hay…

En fin… Habría tanto para escribir. Pero más habría para hacer, todos, todos tenemos mucho para hacer.

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