Hay miles de virtudes que podrían enumerarse sobre Horacio Quiroga. Hoy nos detenemos en una: que a 105 años de la aparición de sus Cuentos de amor de locura y de muerte, siguen siendo estas, páginas inolvidables para millones de personas de todo el mundo, y verdaderas referencias para narradores y críticos literarios. Cuántas generaciones han guardado para siempre en su espíritu El almohadón de pluma, La gallina degollada o A la deriva…
No queremos que termine este año sin recordar, a modo de un nuevo homenaje, los 105 años de un libro fundamental para la literatura en lengua española. Y

lo hacemos con algunos pasajes de una nota bastante más extensa, publicada cuando los 100 años del libro, en El País Cultural: “En diciembre de 1916, Horacio Quiroga regresa a Buenos Aires tras siete años en Mi-siones. Vuelve como padre soltero de Darío y Eglé tras el suicidio, un año antes, de su primera mujer, Ana Ma-ría Cirés. Con ellos se instala en un diminuto sótano de la calle Canning (actual Scalabrini Ortiz).
Su habitual estrechez económica experimenta un rápido alivio. En febrero de 1917 consigue un puesto de Secretario contador del Consulado General del Uruguay en la Argentina, gracias al influjo de sus amigos batllistas montevideanos. De forma paralela continúa publicando, como hasta entonces, en las revistas de mayor circulación de la época. En ese año salieron cuentos en P.B.T., Fray Mocho, Plus Ultra, El Hogar y Mundo Argentino. También proyectaba reunir cuarenta cuentos producidos en su destierro misionero en un libro al que llamaría «Cuentos de todos colores». Pero por la cantidad de páginas que necesitaba el libro no le era fácil encontrar un editor. La ocasión vendrá por otro lado.
El escritor y emprendedor cultural Manuel Gálvez lo visita apenas llega a Buenos Aires. Ya había tenido con el escritor salteño una participación en un emprendimiento yerbatero en el Yabebirí en 1911, y poco tiempo después proyectarían una empresa cinematográfica en común. El motivo de la visita fue el más reciente emprendimiento de Gálvez, un proyecto editorial llamado Cooperativa Editorial Buenos Aires, una sociedad por acciones que costaban cien pesos y que se pagaban en cinco cuotas, de la que era secretario administrador.
En Amigos y maestros de mi juventud, primer tomo de sus Recuerdos de la vida literaria, Gálvez dedica un capítulo a sus negocios con Quiroga. «Apenas fundada la Sociedad» dice, «pensé en Quiroga y fui a su casa. Nos estrenaríamos con un libro de Fernández Moreno, Ciudad. Yo deseaba que el segundo volumen fuese de Quiroga. —Vengo a que me dé un libro para la Cooperativa— le dije. —Y no me iré si no me lo da—. Me con-testó que tenía un centenar de cuentos publicados en Caras y Caretas». Quiroga trajo «una carpeta y elegimos algunos: pero como no era posible elegirlos todos
de una vez, prometió formarme el libro para muy pronto. Era hombre de palabra y cumplió. Le puso por título Cuentos de amor de locura y de muerte, y no quiso que se pusiera coma alguna entre esas pala-bras. El libro se agotó y reveló a los que no lo leen en revistas el gran talento de Horacio Quiroga. Desde entonces se le consideró, entre nosotros, se entiende, como uno de los primeros cuentistas contemporáneos en español, acaso como el primero de todos».
Aquella primera edición de quinientos ejemplares vendidos a dos pesos se agotó rápido, aunque sin dar ganancias. Era su quinto libro y lo consagró como escritor. Tenía 38 años. La amistad con Gálvez se
enfrió, aunque igual quedará en la historia de Quiro-ga como el primer editor de sus dos libros más co-nocidos, porque al año siguiente publicó el otro best seller, Cuentos de la selva.
Quiroga ya es conocido por los cuentos que apa-recen en las publicaciones masivas porteñas. En torno al desterrado en Misiones se «ha ido crean-do una aureola», en la que «miles de lectores han descubierto en ese narrador misionero al más poderoso y original de los cuentistas rioplatenses del momento» según señala Rodríguez Monegal. Cuentos de amor de locura y de muerte compila relatos ya publicados desde 1906 hasta 1914 excepto uno, inédito, «La meningitis y su sombra». Están sus dos cuentos más conocidos de la primera época, cuando recién comenzaba a publicar con relativa asiduidad, «El almohadón de plumas» de 1907 y «La gallina degollada» de 1909.
Se realizan tres ediciones en vida de Quiroga. Las dos primeras en Cooperativa Editorial Buenos Aires (1917 y 1918) con 233 páginas y 18 relatos: «Una estación de amor», «Los ojos sombríos», «El solitario», «La muerte de Isolda», «El infierno artificial», «La gallina degollada», «Los buques suicidantes», «El almo-hadón de plumas», «El perro rabioso», «A la deriva», «La insolación», «El alambre de púa», «Los mensú», «Yaguaí», «Los pescadores de vigas», «La miel silvestre», «Nuestro primer cigarro» y «La meningitis y su sombra».
En 1925 su amigo Samuel Glusberg (Enrique Espino-za) publica la tercera edición en su naciente Editorial Babel. Quiroga entonces realiza algunas modificaciones y excluye «Los ojos sombríos», «El infierno artificial» y «El perro rabioso». Quedan 15 relatos en un libro de 206 páginas. Emir Rodríguez Monegal da cuenta de estas transformaciones. Algunos años después descubre en la casa de Enrique Espinoza en Santiago de Chile «una edición deshojada de Cuentos de amor (la segunda, 1918) que Quiroga mismo había castigado, tachando palabras y hasta párrafos, interpolando otros, en una gesta de la forma que nada tiene que envidiar a la del gran Flaubert». Tras fallecer Quiroga el libro se sigue editando sin pausa…”.
