CONTRATAPA

Inadmisible

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Close-up Of A Person Throwing Pepperoni Pizza On Plate In Dustbin
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Hoy vuelvo sobre un tema planteado hace un par de días. Lo planteé en una breve nota de opinión publicada el sábado en página 3 de EL PUEBLO y se refiere a la comida que día tras día se tira a la basura: lo que sobra de los comedores escolares.

A raíz de esa nota, recibimos innumerables comentarios, de todo tipo y color. Desde quienes están totalmente de acuerdo con nuestro planteo, hasta quienes ponen en duda que sea tan así como lo exponemos al tema, pasando por quienes dicen que el problema es más cultural que económico, hasta quienes proponen las más variadas soluciones a este problema. Están también quienes solo nos dijeron que el tema les genera una cálida nostalgia, pues los retrotrae a la niñez y en ella hasta logran volver a percibir ahora el aroma de la comida casera y aquel ambiente de comedores con largas mesas de caballete y bancos largos.

Pero son todas cuestiones que, si bien se vinculan con el asunto planteado, no son la esencia en sí. Así que para ello, es necesario volver a contextualizar con la reproducción textual de la nota del sábado, titulada “La comida que se tira”, que es la siguiente:

Liliana Castro Automóviles

Lejos de ocurrir lo que algunos dicen (por ignorancia o mala intención) en cuanto a que la alimentación para los escolares es escasa, la realidad es que en un número altísimo de escuelas se termina tirando a la basura gran parte de la comida que se prepara para el almuerzo. Sí, así como lo lee, literalmente se tira. Sucede que los directores no están autorizados a entregar a nadie lo que sobre. Ni a una familia que vaya a pedirlo, ni a personas en situación de calle, ni a rescatistas que alimentan animales… A nadie. Al existir esa prohibición, es entendible que ningún director vaya en contra, lo que implicaría hasta poner en juego su cargo. Es decir, la culpa no es de las direcciones escolares, que simplemente hacen lo que les viene indicado desde arriba. Y lo que se sugiere precisamente “desde arriba”, es que se cocine lo más justo posible, de modo que sobre lo menos posible. Pero no es fácil acertar cuánto comerán los niños cada día (siendo que hay muchas variables, entre ellas qué hay como menú ese día), por lo que es muy común, casi moneda corriente diríamos, que sobre abundante comida. Reiteramos, eso que sobra se tira. A veces, ollas enteras, fuentes completas. Entonces, ante esto, para lo que no encontramos otros calificativos que “disparate” y “barbaridad”, algo se debe hacer y pronto. ¿Cambiar algunas reglamentaciones? Quizás. Lo cierto es que no podemos seguir permitiendo (y menos cuando todos sabemos que hay personas acuciadas por el hambre) que se tire comida a la basura. Es insólito, pero es la realidad”.

Ahora bien, ¿hay familias que en verdad se acercan a las escuelas a pedir esta comida y se les debe decir que no? Sí, hay; ocurre con mucha frecuencia y más de un director nos ha dicho que “es un gran dolor” tener que decirles que no, sabiendo que el destino será la basura, pero que “no queda otra”, ya que así son las reglamentaciones. ¿Y personas a pedir ese alimento para alimentar mascotas, van? Por supuesto que también y la respuesta con la que se encuentran es la misma. Es que no es que no se quiera, es que no está permitido hacerlo. Pero además, tampoco podemos ser ciegos ante determinadas cosas que pueden derivarse de esa “entrega”, en caso de hacerse, y que podrían comprometer mucho a la institución educativa, es decir, a sus autoridades. Por ejemplo: ¿y si a alguien se le da por revender lo que se le dona?, ¿y si alguien resulta con un problema de salud a raíz de algo que haya ingerido?, etc. O sea, los argumentos por lo que no está permitido dar esa comida a nadie fuera del comedor, existen, son reales y se pueden comprender, no son solo esos dos que acabamos de mencionar sino que hay varios más. Pero hay un argumento que, a nuestro entender, supera con creces a todos esos y es simplemente que resulta grosero, resulta un atentado, resulta hasta algo parecido a una broma de mal gusto, que se tire a la basura tantos quilos de comida, cuando hay gente que no tiene en su mesa un pedazo de pan. Más aún, cuando muchos de los propios niños que almuerzan en la escuela, llegan a su casa y no tienen otro alimento, o llega la hora de la cena y deben acostarse con el estómago vacío. ¿En serio alguien en su sano juicio puede aceptar que pasen estas cosas?

Hay un gran tema también que es el de los hábitos alimenticios. Ocurre que si un día hay como menú “un pastel de carne, los niños comen bastante bien”; pero “si hay tortilla de verduras por ejemplo, ya no comen tanto, o ni comen a veces” (palabras de personas vinculadas a esta tarea). ¿Se entiende?

Claro, uno aspira a que todo sea parte de la educación, de una verdadera educación integral, ¿verdad? De hecho los comedores son espacios de socialización y aprendizaje, entonces es bueno que entre las enseñanzas (y con el ejemplo servido en el plato delante de los ojos) esté el de una buena alimentación, saludable, algo que sabemos que se da. No dudamos de eso, pero no se logra de un día para el otro, es un proceso, y además no incide solamente lo que se recibe en la escuela (como enseñanza y como alimento), sabido es que también está todo el entorno de cada uno. Sabemos que hay un gran esfuerzo por la alimentación saludable, en las escuelas no se brinda comida chatarra, ni frituras, etc. Pero, ¿y desde la casa qué se enseña? No hay caso: el tema es bastante más complejo de lo que parece.

Parece bueno también, para ir cerrando por hoy, compartir con nuestros lectores algunos de los comentarios que hemos recibido sobre este tema (tema muy delicado a nuestro entender). En definitiva, ahora que volvemos a mirarlos con atención, estos que hemos seleccionado no parecen estar muy distantes unos de otros en sus conceptos, pero lo que sigue sin aparecer es la solución de fondo, porque si usted analiza lo que a continuación transcribimos, son todos buenos planteos, con muy buenas intenciones, pero volvemos a insistir: mientras no se cambien las reglas, nada de ello será posible.

  • “La comida que les exigen a las cocineras no es lo que la mayoría comen habitualmente, y los niños ni con hambre comen, porque no se aprende a comer así, obligando a comer . Mi humilde opinión…”.
  • “Desconozco el tema, ¿tampoco pueden llevar para sus casas ya que la cena escolar no existe? ¿No pueden hacer lo que hacemos todas las amas de casa?: reciclar, disfrazar, cocina con aprovechamiento según los españoles. Yo lo hago desde siempre. ¿Sobró fideos?, sale una exquisita tortilla. ¿Sobró arroz?, salen riquísimas croquetas. ¿Sobró carne estofada o del puchero?, salen albóndigas o hamburguesas. Y así con todo lo que está limpio y en buen estado…”.
  • “No se puede tirar, hay mucha gente que no tiene para comer y muchos pobres animales abandonados pasando frío y con hambre, ¡algo hay que hacer!…”.
  • “En 2019 trabajé en una escuela donde se cocinaba para 480 niños sumando al equipo docente 500 y tantos. Ver niños probar la comida (de excelente calidad) y no quererla comer (un plato sin tocar, a la basura) sin dudas a uno le molesta pero lo cierto es que es parte de la educación de la casa; si no te enseñan a alimentarte, a ser consciente de las carencias de otros y el valor de un plato de comida sigue pasando. Por otro lado he trabajado bajo el cargo de señores y señoras directoras que enseñan a valorar el alimento o hacer lo necesario para no desaprovechar los recursos, o al menos hacerlo llegar a quienes sí lo necesitan siendo personas justas y de un altísimo valor humano…”.

De lo que no queda ninguna duda es que el tema daría para seguir varias páginas más. Tampoco quedan dudas, ni la más mínima, y esto es lo fundamental, que lo que está pasando no puede seguir así, sencillamente porque es inadmisible.

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