Honduras: contra la Constitución ni un paso

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    l mundo entero ha condenado y reaccionado en contra del golpe militar que sacó del poder al presidente constitucional de Honduras y en complicidad con la mayoría del parlamento designó a un sustituto, atribuyéndose militares y golpistas la potestad reservada al pueblo hondureño.
    En cambio, en el interior del país están divididas las opiniones y hay tanto defensores, como detractores del depuesto presidente.
    Sabemos que la cuestión de Honduras deben resolverla los hondureños, sin lugar a dudas, pero la cuestión de la democracia, es tema de todos los demócratas del mundo.
    Honduras tiene el derecho a definir su cuestión interna, pero entendemos que no lo puede hacer golpeando el rostro de la democracia, de los derechos establecidos en su propia Constitución.
    No se puede desconocer el derecho del pueblo hondureño y por lo tanto es la mayoría de este pueblo el que debe pronunciarse sobre el tema y resolverlo, pero por una cuestión esencial, debería hacerlo de acuerdo a derecho. Esto es ajustándose rigurosamente a los pasos establecidos en su propia Constitución.
    Si considera que el actual presidente constitucional, elegido por el pueblo ha cometido irregularidades, no cumple con el mandato o tiene algún otro impedimento grave, entendemos que toda Constitución establece los mecanismos correspondientes para pedirle cuentas e incluso relevarlo de su función de gobierno.
    Lo que no puede Honduras, ni ninguna nación del mundo es permitir que quienes tienen las armas en una nación se abroguen la potestad de poner y sacar un presidente, al que el pueblo eligió.
    Tan cómplice como las fuerzas armadas son aquellos civiles que acompañan estas intenciones.
    Si se pretende pedir cuentas al presidente, el pueblo tiene sus caminos, pero debe obviar el golpe militar tan tremendamente nefasto y de tan terribles consecuencias para las naciones latinoamericanas en especial.
    Permitir que se tome el poder por las armas es crear un antecedente nefasto. Mucha sangre, mucho dolor y muerte han costado las “buenas” intenciones que ineludiblemente se adjudican quienes toman el poder por las armas, aunque después terminan haciendo lo que se les antoja, sin que el pueblo pueda pedir explicación alguna.
    Es una lección que los pueblos latinoamericanos deberían de haber aprendido y asumido sus consecuencias, porque la temible década del 70-80 en nuesro país, ha dejado heridas que no terminan de cicatrizar.
    Permitir que esto vuelva a suceder, sea en el país que sea, sería una afrenta para la democracia.

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