ETA: la demencia del terror y la muerte

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    Porque hemos sido, somos y seremos defensores de la vida a ultranza, en más de una oportunidad hemos condenado específicamente el culto de la muerte.
    La muerte provocada en cualquiera de sus manifestaciones no está dentro de nuestros objetivos.
    Así  es que la lucha contra el aborto nos ha encontrado siempre en las primeras posiciones.
    La misma enérgica posición con la que siempre hemos enfrentado los atentados terroristas que utilizan la muerte como un argumento válido – en su demencial concepción – para esparcir el dolor y el sufrimiento en todas las direcciones.
    La vida ha pasado a ser una mercancía más, se usa para justificar objetivos que se creen muy válidos y comienzan por negar la vida propia misma, en los atentados suicidas, donde el objetivo de matar y destruir se pone incluso por encima de la vida.
    Quienes así se manifiestan deberían de haber aprendido que nada que se edifique sobre el terror y la muerte “gratuita” de vidas inocentes puede ser bueno para un pueblo.
    Deberían de haber aprendido de las páginas más negras y tristes de la historia, de aquellas de los años en que todo se justificaba y se hacía mediante la fuerza y tanto sufrimiento trajo y sigue trayendo.
    Deberían de haber aprendido la lección de la historia, que una y otra vez nos ha mostrado que nada de lo que se impone por la fuerza resiste la lenta, pero inexorable acción de la verdad y la justicia.
    Pretender imponer “justicia”, mediante el terror y la muerte, es abrir un callejón de demencia, de enfermedad que sólo nos acarreará dolor, resentimientos y probablemente odios irreconciliables.
    El atentado a las torres, los permanentes atentados en diversas partes del mundo, nos muestran que hoy el valor de la vida también está menospreciado. Vale poco, al menos para quienes manejan la muerte como una  posibilidad común y corriente.
    No ignoramos las situaciones de dolor e injusticia que se mantienen en el planeta al día de hoy. Nada más que ya en el siglo XXI creemos que las cosas pueden y deben manejarse de forma distinta. La intransigencia no tiene sentido. El razonamiento cuerdo y coherente debe ser la herramienta capaz de prevalecer y surgir por encima de los poderosos intereses y las ambiciones desmedidas de los hombres, si lo que realmente queremos es proteger los intereses de los inocentes y más desposeídos.
    Es tarea ineludible de todos, pero en especial de quienes conducen los intereses de los pueblos.

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