Escribe: José Luis Guarino: El Esteticismo: elemento unificador en la posía de Herrera y Reissig

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    La tarde paga en oro divino las faenas..
    (“La vuelta de los campos” J.H.y R.)

    Este 2010 es el año centenario de la muerte del poeta uruguayo Julio Herrera y Reissig. Había nacido en 1875, el mismo año que Florencio Sánchez y María Eugenia Vaz Ferreira. Integrante de la Generación del 900, impuso su figura de dandy y desplegó su actividad cultural  desde la Torre de los Panoramas.
    Si bien lo más destacado de su poesía coincide con la oleada modernista, Herrera y Reissig comienza a publicar como romántico con su “Canto a Lamartine”(1898). Lo propio acontece con sus poemas “A Castellar” y “A Guido Spano”. Pero pronto evoluciona hacia la estética modernista, influido por Lugones y Roberto de las Carreras. Va surgiendo así su creación más importante: “Los parques abandonados” (1902-1908) “Los éxtasis de la montaña” (1904-1907), “Sonetos vascos” (1908), “Las Clepsidras” y “La torre de las Esfinges” (1909). Poco después de su muerte, en 1910 apareció su selección de poemas titulada “Los Peregrinos de Piedra”.
    En esa totalidad existe un caudal de poesía amatoria, otro eglógico y pastoril, está el que vuela a lo exótico, y aún a lo difuso y hermético.
    Pero esa diversidad, como frondosas ramas que derivan de un tronco común, tienen como fuerza de convergencia el irrenunciable propósito esteticista del poeta. Este esteticismo fue uno de los signos que marcó fuertemente a la generación modernista, a algunos, por lo menos en forma pasajera.
    Y dentro de ella,  Herrera, se destaca en forma permanente, por su preciosismo de la forma,  su refinamiento verbal, su lenguaje elaborado con rebuscado artificio, constituyendo esta actitud, un  elemento unificador de esa poesía  en la que pueden encontrarse vientos entrecruzados : el pastoril, el barroco, el romántico, el parnasiano, el simbolista. “Lírica iridiscente”, la define Arturo Sergio Visca.
    El marco descriptivo de una sencilla escena campesina, por ejemplo, pero realizada con la opulencia y el esplendor verbal heredado del Parnaso, y la musicalidad rítmica de los devotos de aquellos versos de Verlaine: “De la musique avant toute chose”.
    Este unificador eje esteticista, fue advertido tempranamente por César Miranda (Pablo de Grecia) en una conferencia dictada en Salto en 1913 y que publicó en “Prosas”. Dice, refiriéndose a “Los Peregrinos de Piedra”: “En sus páginas de sencilleses virgilianas o de complicaciones siglo XIX…en el malabarismo de sus metáforas o en la función cándida de los poemas rurales, Julio Herrera y Reissig  revela siempre la misma maestría del decir, el mismo horror a la vulgaridad, el impecable dominio del verso, el                                                                refinamiento quintaesenciado de la forma”.
    El crítico Anderson Imbert en “Historia de la Literatura Hispanoamericana” , enfatiza la jerarquía del estilo de Herrera, haciendo hincapié en su  “prodigiosa fuente de metáforas”, y asegurando que “no hay en nuestra poesía otro ejemplo así de ametralladora metafórica”.
    Es palpable la afinidad de Herrera con la teoría del “arte por el arte”, fórmula que había  empezado a  tener significado avanzada la década de 1830 en Francia.  “Para qué sirve el arte? Sirve para ser bello. Generalmente cuando algo se vuelve útil, deja de ser bello”, escribía Gautier en el prólogo a “Albertus”. Y en Madmoiselle de Maupin: “Lo único que puede ser verdaderamente bello es lo que no puede servir para nada; todo lo que es útil es feo, porque es la expresión de alguna necesidad…”
    Además de la fuerte herencia parnasiana, hay en Herrera una notoria influencia simbolista: el poema como una paciente elaboración sinfónica, como en Mallarmé; la música ante todo y siempre  con su imprecisión de las emociones vaporosas, como en Verlaine; una expresión de los estados más confusos del alma con una tendencia a la oscuridad aún en el lenguaje, como en Rimbaud.
    Pero son influencias externas y de época que Herrera supo asimilar, sin ahogar el talento personal, su modo de ver las cosas, de transfigurar el paisaje propio con la fuerza de su fantasía, su tendencia al exotismo, su manera de expresar los sentimientos, su  concepción del arte en general, y de la poesía como arte, que estaban en su propio temperamento.
    Más allá del excesivo decorativismo, de la desproporción entre forma y contenido que la crítica ha advertido en algunos de sus versos, o la inconsistencia de algún poema de circunstancia, es indudable que Julio Herrera y Reissig es un gran poeta hispanoamericano, e incluso de la lengua española. Su poesía es el resultado de un elaborado y minucioso trabajo de perfección. Los cien años transcurridos de su muerte, le ciñen la áurea corona de la admiración y de la fama perdurable. Se puede aplicar a su creación el verso inicial de su magistral poema “La vuelta de los campos”: “La tarde paga en oro divino las faenas”.

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