“El regalo”, un cuento de Marta J. García

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Integrante durante muchos años del grupo literario Perfiles de Salto, Marta J. García es una salteña que no ha dejado nunca de escribir. Son más conocidos sus poemas, pero también escribe narrativa y lo que sigue es una muestra de ello: un cuento. Ayer se cumplió un año más de la muerte de Horacio Quiroga; hoy Marta lo trae nuevamente al recuerdo con este cuento:

“EL REGALO – Trabajando con Quiroga”

Liliana Castro Automóviles

Anochecía.Por el gran ventanal del segundo piso, se veía la ciudad llenándose de ojos naranja entre difusas sombras que se perdían a lo lejos En el amplio balcón lleno de verde, las flores se disponían a dormir y algún grillo extraviado ensayaba un llamado de amor.

El apartamento estaba en silencio y el único sonido reinante era el de la computadora, cuyo teclado se dejaba oír apenas bajo los dedos de la muchacha. Escribía los párrafos finales del trabajo cuando el sonido musical del timbre la distrajo. Levantándose fue hasta la puerta, observó por la mirilla, y atendió al muchacho que traía un obsequio.

-Vaya, mis amigas se adelantan a mi cumpleaños!- Miró la hermosa planta que caía en forma elegante del recipiente decorado.

La tarjeta decía en forma simple “Tus amigas”.

Dejó la planta sobre la mesa ratona y volvió a sentarse junto a la computadora. Debía repasar posibles errores en el trabajo sobre Horacio Quiroga y sus “Cuentos de amor, de locura y de muerte”. Tenía que presentarlo mañana en la clase de literatura.

Se concentró en las palabras y se aisló de todo lo demás. La planta deslizaba sus tallos en forma silenciosa, y de la mesa llegó hasta el suelo, cada vez más cerca de Eugenia. Como un roce llegó a sus oídos, pero estaba tan entusiasmada dándole los últimos retoques a su trabajo que creyó que su mente quería jugar con ella, haciéndole imaginar algo inexistente.

Prosiguió buscando posibles errores y tratando de profundizar su comentario sobre la obra de Horacio Quiroga. Como serpientes inteligentes los tallos de la planta sin apuro y sin pausas, llegaron hasta el asiento de la muchacha, pero sin tocarla. Lentamente subían por el metal y quedaron quietas al llegar al respaldo.

-Bueno- dijo Eugenia -Creo que está de acuerdo al trabajo pedido sobre esos cuentos llenos de imaginación, suspenso, crueldad y conocimiento sobre el diario vivir en la tierra misionera.

Dio por terminada la tarea e hizo funcionar la impresora. Al querer levantarse, vio sobre sus hombros los tallos verdes que la envolvían; quiso quitárselos de encima, pero eran más fuertes que sus manos. Sintió que envolvían su cuello y poco a poco cerraban su garganta.

Con desesperación buscaba aire, y sus manos crispadas se aferraban a la planta que la ahogaba Un grito gutural quiso salir de sus entrañas, y sin comprender, sus ojos abiertos eternizaron el terror incomprensible.

Después de consumado el crimen, la “hermosa planta” volvió a ser la que llegó como regalo.

Cuando encontraron a Eugenia, y después que pasó el dolor, cada uno de los que la querían, se llevaron algo de recuerdo. La atractiva planta de un verde brillante se fue en los brazos de alguien, que también admiraba a Horacio Quiroga…

Marta J. García

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