El espíritu de enseñar y construir

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Juana Eva Madera Gómez – Maestra jubilada

Juana Eva Madera Gómez nació en Artigas en el año 1949, con dos años se vino a vivir a Salto.
Oriunda de la capital artiguen-se con una historia de vida muy particular; su mamá tuvo la desdicha de perder 5 niños antes que Eva; conoció a varios de sus hermanos pero infeliz-mente fallecieron por distintas causas. Su apego y amor por su tía (hermana de su mamá) hizo que Eva se viniera a Salto y seguiera toda su vida por aquí. Viviendo con sus tíos aquí en Salto fue haciendo su cami-no y su formación, sus papás quedaron por Artigas pero siempre la visitaron, por lo que nunca perdió el vínculo con ellos. El 15 de agosto de 1973 llegó el recibimiento en la docencia, debió llegar un año antes, por los problemas políti-cos que enfrentaba Uruguay en ese momento (con el golpe militar en puerta) retrasó la llegada del título de docente a Eva.


Belén, la primera escuela. “En el año 1972 ya me encontraba haciendo prácticas en la escuela de Belén, al año siguien-te me fui a Pueblo Fernández, estuve tres años allí con dos maestras más y mi esposo Ra-món Reinoso en la dirección. Fue hermoso estar alli, el lugar, los niños las madres y todo el entorno hicieron que sea inol-vidable la estadía por allí, la efectividad comenzó en Ma-taojo.”

Liliana Castro Automóviles

Otra escuela del interior y
después al Burton
“La Escuela N°17 de Pueblo La-valleja fue otro de los centros donde me tocó trabajar, ya un poco más cerca de la ciudad de Salto, los años anteriores en Pueblo Fernández eran duros por la distancia, el recorrido del ómnibus y los caminos no eran de los más accesibles.
En cambio en Lavalleja había más acceso a las líneas de los interdepartamentales, y más con mi embarazo de mi primer bebé. Después de venirme del interior del departamento, co-mencé una de las experiencias más lindas e inolvidables en mi carrera; fui durante doce años maestra de la Escuela N° 114 de Barrio Burton.”
Un amor de ‘maestros’,
Ramón Reinoso su esposo y compañero de toda una vida Estudiando la docencia, Eva conoce a Ramón; un largo no-viazgo para después decir defi-nitivamente que ‘sí’ y transitar toda la vida juntos.
“El era el único varón de la clase, las demás éramos todas chicas, incluso el doctor Alonso quien era uno de nuestros profesores le decía; “Reinoso usted cuidese porque de acá no sale vivo!” (Risas).
Fue una relación muy sana, muy linda, porque al ser los dos maestros sabíamos de los problemas del otro, por lo que nos ayudabamos, y siempre vivimos con alegría. Jamás los temas de familia tanto por su lado cómo por el mío, fueron motivos de problemas entre nosotros. Cui-damos mucho nuestra relación y disfrutamos todo lo que pudi-mos. Fueron seis años de no-viazgo, mientras estudiába-mos y logramos quedar efecti-vos fueron esos años de novios para después casarnos. Treinta y nueve años y medio de casados y con el mejor de los recuerdos. Ramón fue un espo-so muy respetuoso, un excelente y gran compañero, una persona que jamás se enoja-ba. Yo no lo extraño, porque cada vez que lo recuerdo, me vienen esos momentos dónde disfrutábamos muchísimo: Eso me da mucha paz y mu-cha calma. Fue un excelente Padre, un lindo abuelo, cono-ció dos de los cinco nietos que tiene, con mis recuerdos de él vivo muy feliz. Somos papás de dos nenas, Verónica y de Fernanda, las dos casadas y

con sus familias. Ellas tienen sus pequeños los que vienen por aquí. Fernanda está un poquito más lejos, vive en Sali-nas, por eso la voy a visitar dos veces al año.”
La maestra, referente y
cercana a la familia.
“Además de la docencia tam-bién existió ese vínculo con la gente de la zona.
En Pueblo Fernández por ejem-plo teníamos el apoyo de Celmi-ra Blanco, una enfermera del pueblo que nos relacionamos mucho y siempre la recordamos cuando nos reunimos con

las otras maestras que traba-jamos allá.
Eso es lo lindo de recordar, siempre nos reunimos con los compañeros, los que trabaja-mos en distintas escuelas.
Con muchas maestras quedá-bamos una semana entera conviviendo, nos veníamos los fines de semana y eso nos per-mitía compartir mucho. Por eso decimos que somos como una gran familia. La maestra jamás deja de ser maestra, incluso después de jubilada, se lleva en el alma y nunca se va de nosotros ese espíritu de enseñar y construir.”

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