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jueves, abril 3, 2025
EL PUEBLO
Columnas De Opinión

“Con mi esposa nos miramos, nos agarramos de la mano y dijimos: Bueno, si morimos, morimos juntos”

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Luciano Campos venía en el avión que atravesó la turbulencia de Madrid a Montevideo

¡Festeje, Luciano, festeje! Cántese una buena canción para festejar. Así como el mes pasado festejó su cumpleaños en España (donde hace unos años estuvo un buen tiempo radicado), ahora tiene casi que la obligación de volver a festejar, el motivo es ni más ni menos que estar vivo después de vivir lo que vivió. Y no es un juego de palabras.

Luciano Campos Irache, el cantante salteño pasó junto a su esposa cuatro semanas en España, hasta que el domingo 30 por la noche emprendieron vuelo de regreso, rumbo a Montevideo. Ahí estuvo el caos, la tormenta, la pesadilla cuando la nave ingresó en zona de turbulencia, pero finalmente todo con final feliz. Si bien de los 300 y algo de pasajeros, unos 15 resultaron con lesiones, ninguno tiene en este momento su vida en riesgo, en tanto Luciano y señora se encuentran perfectamente bien. Fue un episodio que estuvo casi en todos los medios de prensa del mundo.

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EL PUEBLO fue tras su palabra y así narraba la odisea que les tocó protagonizar:

“Hay una frase que siempre tengo en la memoria y que quiero evitar la primera parte, dice: Lindo haberlo vivido para poderlo contar. Yo digo: Estamos vivos para poderlo contar. Hay un informe del meteorólogo Cisneros, que explica exactamente lo que nos pasó, el fenómeno que se dio. Una turbulencia de aire claro. Fue mucho más que una turbulencia, en la cual podíamos haber perdido la vida todos los pasajeros. Salimos de Madrid con dirección a Montevideo y cuando íbamos unas cuantas horas de vuelo, faltando más o menos unas 5 horas para llegar a destino, antes de tocar tierra o sobrevolar por el continente sudamericano en el norte de Brasil, a la altura de Natal, que fue donde aterrizamos de emergencia, un par de horas antes tuvimos una pequeña turbulencia e inmediatamente caímos literalmente al vacío. O sea, íbamos a 1.000 km por hora, y el avión bajó a un precipicio. Yo digo que fue como una montaña rusa. El avión iba a cierta altura y de repente se va en peso hacia abajo…”.

Con una mezcla de sentimientos, entre emoción, ansiedad y quizás un poco de miedo aún, sigue contando que en ese momento “se empiezan a escuchar los gritos típicos de la montaña rusa. Con mi esposa nos miramos, nos agarramos de la mano y dijimos: Bueno, si morimos, morimos juntos. Y como somos creyentes, digo que parece que Dios puso las manos debajo del avión que caía…Habremos caído unos 500 metros. Nosotros felizmente llevábamos los cinturones de seguridad puestos, y eso nos salvó de tener alguna caída dentro del avión. Fijate que hay gente que rebotó en el techo, hay gente que quedó incrustada en el techo, a un hombre se le veían los pies que salían de la cubierta, digamos cielorraso, y una mamá que llevaba un niño en la falda, después que el avión deja de caer ve que no tenía al niño, lo empieza a buscar y estaba arriba, en el compartimento donde van las maletas…”.

Después remata: “Fue una experiencia negativa que yo titulo Caos en el aire. La gente gritaba mucho cuando caía el avión, pero cuando se detiene, es decir recupera altura supongo, se produce un silencio sepulcral. Y enseguida vuelven los gritos, gente que pide auxilio, gritos de dolor, escenas por ejemplo la de una señora que sangraba porque se había quebrado el caballete de la nariz, yo le preguntaba cómo estaba pero a la vez sin quitarme el cinturón por si se repetía…Se pedían médicos…Una situación bastante dolorosa, increíble, difícil de explicar y a su vez traumática”.

Pero quisimos saber más detalles, entonces surgieron otras preguntas y más se extendió el relato de Luciano: “el comandante decide aterrizar de emergencia pero estábamos a una hora y media o dos del destino más próximo, que era Natal. La sorpresa es que cuando llegamos a Natal, era un aeródromo, y la gente estaba allí con una gran voluntad, porque no era un aeropuerto capacitado para recibir a un avión de estas características con más de 300 personas a bordo. Allí esperaban ambulancias, bomberos, grúas…Todo un protocolo que desarrolló ese aeródromo. Incluso al aterrizar notamos que la pista no estaba preparada, el avión iba como a los saltitos por el asfalto. Estuvimos varias horas y a partir de ahí hasta que se pusieran de acuerdo con los buses que nos iban a trasladar a Recife, que era el único lugar de donde podía despegar un avión de estas características. Fueron horas vividas con sed, con hambre, con cansancio, con rabia, con impotencia, pero por otro lado con la alegría de poder estar vivos y poder explicar el caos que se vivió. Entre una cosa y otra estuvimos más de doce horas en esto. Nosotros llegamos a Montevideo 24 horas después de lo previsto. Me hubiera gustado hablar de otras cosas, del viaje en sí que hicimos con mi señora, un viaje espectacular pero claro, esto borró todo lo anterior de esas cuatro semanas fantásticas que habíamos pasado, donde pude celebrar mi cumpleaños. Cumplí 65 años y ahora cuando volví a Uruguay, gente conocida me ha dicho que he vuelto a nacer y que tengo que volver a celebrar mi vida”.

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