Fotografía del Palacio Legislativo

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    cartapacio_logoQuizás se dio cuenta de la broma ante una fotografía del Palacio Legislativo o cuando compraron el televisor en la casa y los informativos pioneros trasmitían en directo las sesiones de las cámaras. Imagino que al descubrirlo soltó la carcajada y negó largamente con la cabeza como solía hacerlo al fallar un tiro libre o al permitir la entrada de un atacante por el lado de la línea. Habrá reído, estoy seguro, porque nunca reflexionaba sobre el significado de los hechos, menos aún sobre las motivaciones que siempre llevan a destinar las bromas al más cándido del grupo.
    Lo llamábamos El Paisano. A los trece años vio el primer partido de básquetbol en la Plaza de Deportes a través de la ventana de la casa donde acababa de establecerse la familia, recién llegada del campo. Arrinconado por la timidez, necesitó varios días para acercarse a la cancha y mirar fascinado los piques a velocidad, los giros, las fajas que uno de los muchachos hacía con naturalidad y elegancia. Cuando finalmente lo invitaron a jugar, creyó que podía hacer todo lo que había visto. El pase inicial le luxó un dedo. A pesar del dolor aceptó otro al pecho y, ante la sorpresa del grupo, tiro al aro con dos manos desde cuarta cancha. El pelotazo dejó al tablero vibrando por un buen rato. Esa tarde corrió en todas las direcciones sin tocar el balón porque no volvieron a  pasársela. Él no lo registró; acompañó las carreras, los saltos, oyó los gritos, los jadeos, el tamborileo de la pelota contra el asfalto y se convenció de que llegaría a jugar como cualquiera de aquellos muchachos.
    A los quince años se alistó en el club del barrio. Tuvo un arduo trabajo para relacionarse con el universo de la pelota. La  golpeaba en lugar de guiar y cuando se le escapaba, corría dando gritos y zancadas que evocaban el arreo de ganado. Con tenacidad y disciplina, comenzó a dominar el pique, el tiro, e intercaló en juveniles. Compensaba las carencias técnicas con pujanza. Era leal en el combate bajo los tableros y ello lo convirtió en el centro del juego sucio. Sin perder el control, soportó codazos, tirones de la camiseta, imperdonables escupidas, golpes frontales. Más de una vez le aconsejaron no ser “tan inocente” en la fatigosa zona  de los rebotes, pero él persistía con la franqueza del primer día aunque quienes lo chocaban sentían que se daban contra un árbol.
    A medida que fue dominando el trabajo de piernas y graduó los reflejos, logró ser   importante para el equipo. Convertía pocos puntos, pero no se le escapaban rebotes.  Con total entrega hacía el trabajo de mayor sacrificio, el que menos luce a la tribuna, se ganó la titularidad.
    Cuando le anunciaron que lo convocaban para integrar el equipo de Primera, fue a llorar a escondidas a los vestuarios. Tenía poco más de veinte años, era el menor del plantel.
    El técnico que lo había seleccionado le veía tal entusiasmo en los entrenamientos que estimó conveniente advertirle el carácter didáctico de la elección. “Te preparamos para campeonatos de más adelante” le dijo. Aún así, El Paisano mantuvo el ritmo de trabajo y esperó con ansiedad el momento de vestir la camiseta. El sólo hecho de estar en el plantel superior era motivo de orgullo; además iba a tener la posibilidad de conocer la capital ya que en esos días disputábamos la final contra el Neptuno de Montevideo.
    Por razones económicas, los directivos del club contrataron un autobús de recorrido urbano para el traslado del plantel. Fue un viaje agotador. Los camellos de la Onda con los motores GMC, nos cruzaban zumbando y rápidamente se perdían en la oscuridad de la  carretera.
    Entramos a Montevideo con la mañana crecida y avanzamos por la Avenida Agraciada. Deslumbrado y en silencio, El Paisano miraba por la ventanilla el intenso movimiento de coches y gente. Y quedó perplejo cuando el autobús desembocó en una gran rotonda y apareció en el paisaje el Palacio Legislativo. El sol de otoño iluminaba un flanco del edificio y hacía resplandecer el mármol y la madera. Alguien del grupo notó la actitud del muchacho y dijo es voz alta: “Ese es el hotel donde nos vamos a alojar”. Sin quitar la vista del edificio, El Paisano murmuró: “No lo van a creer en mi casa”.
    El autobús, en tanto, dejó atrás el Palacio y el Paisano se corrió hacia al fondo para continuar observando el edificio. No comprendía porqué seguía la marcha si íbamos a alojarnos allí. “¿Nos vamos?” preguntó sorprendido.
    A esa altura, toda la delegación se había integrado a la chanza y cruzaba sonrisas y gestos cómplices. Uno de los directivos replicó desde el asiento de adelante: “El desayuno allí es un desastre. Decidimos cambiar a última hora”.
    El Paisano volvió al asiento mientras el autobús se confundía en el torrente del tránsito.
    En menos de media hora llegamos al hotel donde nos esperaba un grupo de hinchas. Entre los nervios, los breves paseos de distensión y el descanso de la tarde, volvía ver a  El Paisano a la noche, cuando viajábamos hacia el estadio del Cilindro Municipal.
    Prefiero no recordar aquel partido. El equipo fue un desastre, perdimos por goleada. Apenas terminó la entrega de los trofeos, acordamos volver al pago lo antes posible. Cenamos y nos pusimos en marcha. Queríamos dormir, enterrar las imágenes frescas de una final perdida. El Paisano ocupaba el asiento de la ventanilla, yo iba a su lado, de ojos cerrados. De pronto, oí que dijo: “Qué lástima, no lo iban a creer en casa”. Me enderecé y miré hacia fuera: el Palacio Legislativo resaltaba en la noche.

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