Cartapacio

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    cartapacio_logoIba en la camioneta rumbo al campo donde atendía una tropilla árabe cuando recibió una llamada  telefónica desde la capital. El veedor del hipódromo le solicitaba los  servicios profesionales ante una controversia planteada en la Gran Carrera de Potrillos. Le ofrecían traslado en avioneta, hospedaje en el mejor hotel y viático internacional. Obviamente, creyó que era una broma y en un tono acorde respondió “déjeme pensarlo”, pero el otro insistió con que le urgía una respuesta. “A usted lo recomienda el profesor Gerardo Montiel, el no puede ocuparse porque está de viaje”, agregó.
    El nombre cambiaba la situación. Montiel era catedrático grado cinco de la Facultad de Veterinaria; había sido su guía durante la carrera y lo era  aún en la relación profesional.  “¿De qué se trata?”, preguntó el doctor X.
    “Tiene que determinar la edad de un potrillo inscripto para la Gran Carrera. El animal es rechazado por los otros participantes aduciendo que supera los dos años, edad tope, como usted lo sabe”.
    Solicitó una hora para pensarlo y regresó por la ruta. Llamó al celular de la esposa, le contó del ofrecimiento y le pidió que le preparara la valija con una muda de ropa, no iba a estar más de veinticuatro horas en la capital. Hizo un almuerzo rápido, aguardó que llegaran los hijos de la escuela y salió hacia el campo de aviación donde ya estaba la avioneta.
    Volar le producía inseguridad; apenas miró el río y la ciudad al decolar, el resto del trayecto se mantuvo de ojos entrecerrados. Aterrizaron en un aeropuerto de alternativa donde lo esperaba el veedor y un abogado para firmar el contrato según lo habían convenido por teléfono. De allí lo llevaron al hotel y fijaron la reunión con la Comisión de Carreras a las quince horas.
    Ocupó una habitación en el noveno piso. Por la ventana veía la bahía del puerto y un tramo de la avenida principal. Tirado en la cama habló por teléfono con la mujer, saludó a los hijos. Apenas colgó, recibió una llamada. Le preguntaron si su nombre era tal y cual, si era el veterinario responsable de la Cabaña El Pájaro de la zona de Arapey Alto, si tenía tres hijos, si su mujer se llamaba Azucena Cruz. Fue respondiendo a todo que sí, pero cuando se dio cuenta del rumbo de la conversación, quedó en silencio. La voz del otro fue convincente al sugerirle que tuviera mucha precaución con el diagnóstico, que no fuera a equivocarse…
    Colgó de un golpe. Quedó nervioso, preguntándose en qué estaba metido. Tal vez le convenía salir en silencio del hotel y tomar el primer autobús interdepartamental con rumbo al norte. Pensó en comunicarse con algún colega, compañero de Facultad, pero le pareció inoportuno llamar de improviso después de años sin  dar noticias.
    “Mejor- pensó- llamo a Miguel que es mi amigo”. Y así lo hizo, pero yo no estaba y dejó un mensaje en el contestador.
    Acodado en la ventana miró la ciudad mientras pensaba en que estaba a tiempo de  renunciar al trabajo; lo podía hacer sin dar explicaciones, pero algo le crecía adentro del pecho y lo empujaba a seguir. No podía renunciar, después no se lo perdonaría, sabía que si huía iba a pasar el resto de los días reprochándose.
    Mientras tanto, le comunicaron que en la recepción lo esperaba la Comisión de Carreras. Eran cinco hombres de trajes oscuros y corbatas, rasurados como militares para un desfile, algo viejos y gordos, de mirar pausado. Se reunieron en una mesa apartada del comedor y uno de ellos le planteó el problema de forma oficial: una de las cabañas más importantes, apoyada por capitales extranjeros, había inscripto para la Gran Carrera un potrillo que dos profesionales consideraban fuera de las normas. El problema estaba en la edad. La reglamentación admitía hasta dos años y los propietarios  habían presentado documentaciones al respecto, pero los médicos estaban convencidos de que el animal superaba la edad tope; habían elaborado un informe en ese sentido.
    Amparados en la reglamentación, los propietarios apelaron  y pidieron que el caso volviera a tratarse. En el nuevo informe, los mismos profesionales contradijeron al anterior señalando que no tenían certeza de la edad del caballo. La Comisión estimaba que podían existir intereses, presiones, ya que la bolsa del premio era de valor record.
    En ese momento, el doctor X tuvo intención de hacer saber de la amenaza que había recibido, pero prefirió callar y se sumó a la comitiva que salió rumbo al hipódromo.
    Tres hombres, en representación del grupo propietario, esperaban en el stud . El doctor X fue presentado a cada uno de ellos. De inmediato llamaron a un asistente  y se inició el trabajo.
    El doctor X conocía a los caballos desde la niñez cuando en la estancia lo mandaban al amanecer buscarlos al piquete, cuando hacía en el petiso los veinte kilómetros que lo separaban de la escuela. El trato le había enseñado a quererlos, a entenderlos, a comunicarse con ellos. El duro camino hacia su título universitario había sido animado por esa pasión por los caballos.
    El doctor X recorrió con la mano el lomo, las patas, la cabeza del potrillo y percibió la inquietud. Le habló acariciándole la cabeza y pidió al asistente que abriera la boca del animal, pero ante el intento éste comenzó a tirar patadas y a resoplar.
    El doctor X llamó al veedor, le explicó que debía dormir al caballo para poder examinarlo. Los propietarios se negaron a dar el permiso y hubo discusiones. Después de dos horas  concedieron la autorización. Cuando el animal ya estaba en el suelo, se acercó un hombre bajo, vestido de traje, representante de los propietarios y le dijo:  “cualquier veterinario con dos dedos de frente se da cuenta que este potrillo no pasa los dos años”.
    El doctor X reconoció la voz que lo había amenazado por teléfono y se volvió. El otro sostuvo la mirada intimidatoria, pero enseguida llegó el veedor y le pidió que se retirara.
    El doctor X trabajó sereno. Observó el interior de la boca, el desarrollo de los dientes de leche. Le llamó la atención la palidez de las encías, pero comprobó que el enrase en las cuñas dentarias eran las correspondientes a la edad. Luego examinó con un espejo usado por los dentistas, el desgaste de las piezas y la posibilidad de erupción de los incisivos  que aparecen a los dos años y medio de vida. En apariencia la boca correspondía a la de un animal de dos años. El único elemento discordante era la palidez de las encías. Se dedicó a examinarlas minuciosamente. Así descubrió  los pliegues de un tejido perfectamente cosido que disimulaba la erupción de los incisivos. Era un trabajo de alta cirugía.  Luego que logró despegarlo, vio la punta blanca de los incisivos que habían sido limados. Al principio sintió satisfacción, orgullo de su sagacidad, pero enseguida lo embargó la pena por lo que le habían hecho al animal. Le estuvo acariciando largamente el hocico, hablándole sobre la condición humana. Cuando el caballo despertó, lo llevó de tiro hasta el campo en el centro de la pista. Con un golpe en el anca lo dejó libre. Luego se encaminó hacia donde estaban los integrantes de la comisión y los propietarios del caballo y dijo:  “En dos horas presentaré el informe, queda completamente descartado para la carrera”. Saludó con un gesto de cabeza al tiempo que giraba hacia el coche. A su espalda crecía la discusión.
    Cuando llegó al hotel, se encontró con mis mensajes y enseguida nos pusimos en contacto. Nos encontramos en un bar del centro donde me contó la historia. “¿Vas  a hacer la denuncia?”, interrogué. “No, que la hagan ellos. Yo cumplí con mi trabajo”, respondió. “Entonces permíteme escribir la historia en el diario”. “Dejá, dejá que pase algún tiempo”, sugirió. “¿Cuánto?”.  “Diez años”, replicó.
    Así se hizo.

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