Aquellos médicos de Salto que forman “un trocito de historia”

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Hace 30 años, aparecía el libro “Salto, un trocito de historia”. Su autor es Juan Carlos Fa
Robaina, abogado, docente, periodista y político que se desempeñó como Diputado (de 1962
a 1971), Senador (1971-1972) y Viceministro de Educación y Cultura (designado en 1972).
Nacido en 1925, Fa Robaina fue -al decir de Julio Ma. Sanguinetti en el prólogo de este libro-
“un salteño empecinado, fervoroso, casi fanático…”. Es autor además de otros libros, como
“Cartas a un Diputado” y “Reminiscencias Salteñas”, pero ahora nos detenemos en “Salto, un
trocito de historia”, que cumple sus tres décadas de vida. Hay allí varias secciones . Entre
ellas algunas dedicadas especialmente a los deportistas, los médicos, los artistas, etc.
Queremos hoy centrarnos en “Los médicos”. Para el recuerdo de muchos, para el
descubrimiento de otros, transcribimos esa sección (téngase siempre en cuenta que fue
escrito, insistimos hace 30 años):

ELIAS PASCALE (1902-1969): Paradigma del médico vocacional que hizo, sin hipérbole,
un apostolado de su profesión. Nacido en Valentin el 20 de julio de 1902, era hijo de
italianos, inmigrantes de Nápoles. Falleció el 15 de abril de 1969. Ahincado en lo que
consideraba el cumplimiento irrenunciable de su deber. Estudioso, certero en el diagnóstico,
acrecentó su bien ganado prestigio como clínico y sembró con humildad su sabiduría desde la
jefatura de policlínica del Hospital Salto. Reiteradas veces declinó el ofrecimiento que los
ministros del ramo le hicieran para que asumiera la Dirección del Hospital. Rehusaba las
posiciones espectables porque prefería destinar su tiempo al estudio y la atención solícita a
sus enfermos, Siempre estuvo actualizado con la constante evolución de la medicina
concurriendo a simposios, congresos y jornadas médicas para enriquecer su acervo de
conocimientos. Su prematura muerte en 1969 privó a Salto de uno de sus más calificados
médicos y el recuerdo de su trato amable, llevando siempre esperanzas a los aquejados de una
dolencia, habrá de perdurar entre quienes le conocieron y será ejemplo para las nuevas
generaciones que recojan el rico historial de servicio que aquel médico prestó a la sociedad..

CARLOS FORRISI (1898-1982): Nació en Salto y a los 23 años ya había obtenido, con
brillante escolaridad, su título de médico. Fue uno de los más acreditados cirujanos,
reconocido aun fuera del Departamento. Sirvió a su pueblo de Salto día tras día en el
quirófano del Hospital. Para su sentido estricto de la responsabilidad, no había noche ni día,
feriados o jornadas no laborables. Como él era severo consigo mismo, exigía que todos
quienes trabajaban con él siguieran su ritmo, que no tenía desfallecimientos.
Siempre tenso, nunca tuvo pereza para estar bien dispuesto al cumplimiento de una vocación
que era la razón de su vida: cuidar la salud de la gente. Tanto dio de sí mismo, su generosidad
fue tan ilimitada, que creemos que todavía su memoria está esperando el homenaje de
gratitud que su pueblo le debe. La historia de la medicina del Salto del siglo XX estará
incompleta si omitiera el nombre de Carlos Forrisi en la lista de sus hijos más brillantes.

Liliana Castro Automóviles

CARLOS BORTAGARAY (1907-1979): Nació en Salto pero se crió en Estación Palomas,
haciendo sus años escolares en la escuela rural. Vino a la ciudad para cursar en el Instituto
Politécnico en el año 1919 e ingresó a la Facultad de Medicina en 1927. Obtenido su título en
1934, regresó a Salto, donde durante más de cuarenta años ejerció la profesión. Con motivo
de cumplir 41 años de médico le fue tributado un homenaje popular en el estadio Dickinson
en 1975. El discurso que pronunció entonces al agradecer el homenaje lo muestra tal cual era.
“No soy partidario de homenajes; he tratado siempre de realizar mis tareas en silencio, ha
sido mi norma trabajar que, como se ha dicho, es la mejor manera de vivir y aprender”, dijo.
Agregó: «Me vinculé al Hospital, donde actuaban médicos de la jerarquía de Fonticiella,
Derrégibus, Iribarne, Suárez, Roig, Orihuela, Campos, Errandonea, Brignole, Pascale –
Maestro amigo prematuramente desaparecido- y Guillermo Abadie y Orestes Invernizzi,
recientemente jubilados, que son ejemplos que aún se mantienen en actividad. Y dejo por
último al Dr. Carlos Forrisi, mi Maestro y amigo, uno de los cirujanos más completos del
Uruguay, con quien aprendí cirugía durante 35 años, como ayudante, a su lado”. Y puntualizó
en otro pasaje: “El enfermo, además de malestar físico, tiene un alma que sufre y que,
muchas veces, el médico olvida. Lo he dicho en otra ocasión: de nada vale prescribir un
medicamento, un procedimiento médico o quirúrgico, si no va acompañado de una palabra de
consuelo y esperanza”. Pero el Dr. Bortagaray tenía otra faceta de su personalidad que lo hizo
aún más popular y querido: era un enamorado del deporte, que practicó en su juventud y que
siguió de cerca después. Jugó en la primera división del club de sus desvelos: Ferrocarril,
consagrándose campeón en 1936-37 y 39; incluso llegó a defender al combinado salteño.
También jugó al básquetbol y luego fue director técnico. Como dirigente de Ferrocarril lo
presidió en cuatro periodos. Pero, desde la tribuna, como espectador, el club de sus amores lo
hacía sufrir más que cuando actuaba como jugador. Fue entonces que, filosóficamente, para
no estresarse al extremo de que los lunes le temblaba el pulso, optó por cambiar el fútbol por
la pesca. En su chalana, con su máquina de fotos (otra afición que cultivó), aprontaba
parsimoniosamente el reel y se divertía con los dorados y las tarariras. Había descubierto el
mejor sedante para los nervios.

FEDERICO UMPIERRE (1908-1979): Nació en Salto haciendo sus estudios primarios en
zona rural. Secundaria y Preparatorios en el Instituto Politécnico. Ingresa a la Facultad de
Medicina en 1930 y dos años después, por concurso de oposición, accede al cargo de disector
en Anatomía, permaneciendo allí hasta 1937, en que obtuvo su título con medalla de oro. Se
especializó en cirugía y en 1938 se establece en Salto. Durante cuarenta años ejerció su
profesión, habiendo sido un destacado cirujano. Se había propuesto una meta que, para
beneficio de Salto, logró concretar. Se trataba de dotar a la ciudad de un sanatorio con la
infraestructura adecuada y construido específicamente para ese fin. El Dr. Federico S.
Umpierre comenzó por abrir una clínica quirúrgica en 1954; luego, en 1956, viaja a Europa
para estudiar en España, Francia, Suiza y Alemania el funcionamiento de las clínicas más
modernas. Con el acopio de información recogido, ya madurada su idea, en 1957 funda en la
calle 18 de Julio el Sanatorio Panamericano. Ese es un mérito que debe reconocerse al Dr.

Umpierre. Hasta hoy ha sido el único médico salteño que construyó para Salto el único
edificio específicamente destinado a sanatorio. Los otros sanatorios son antiguas casonas,
construidas, ampliadas con aditamentos arquitectónicos que no lograrán convertir en
sanatorios edificios que fueron construidos para vivienda. No hacemos una crítica,
simplemente verificamos un hecho. Salto necesita y merece algo más y el ejemplo del Dr.
Umpierre deberá tener imitadores. Serán bienvenidos y aplaudidos.

OSCAR GUGLIELMONE: Este nieto de italianos piamonteses nació en Salto en 1917.
Según la descripción que hace Gervasio Osimani al escribir sobre los italianos de Salto, el
abuelo de nuestro personaje se estableció en Salto en 1867. Vendedor ambulante primero y
agricultor después, terminó siendo propietario de 54 hectáreas cultivadas con viña. Abuelos
gringos, como tanto, que con esfuerzo fundaron familias ejemplares. El hoy Profesor Oscar
Goglielmone no se avergüenza de su origen porque un trabajador como él se siente orgulloso
de de su estirpe Nada nos parece más adecuado para conocer al ser humano que hay en este
prestigioso traumatólogo que remontarnos al día en que se puso la piedra fundamental del
Bando de Prótesis. El 18 de setiembre de 1986, decía: “Yo era hijo del patrón y tú, hijo de un
peón de chacra. Por decreto del destino. Sin embargo éramos iguales. Disfrutamos del mismo
sol, estudiamos en el mismo libro, compartimos los mismos juegos y en una convivencia
fraterna transcurrió nuestra niñez y nuestra adolescencia. Pero Dios reparte entre los hombres
en forma desigual las virtudes y los defectos. También reparte caprichosamente la humildad y
la arrogancia, el egoísmo y la generosidad. Y todos los grados de la perseverancia, de la
fuerza de voluntad y la profundidad del pensamiento» (…) En la vida sólo importa la
felicidad. La felicidad está en lo que se siente, está dentro de nosotros, independiente de
quien seas y de cuánto tengas; está en todas partes y en cada etapa de nuestra vida”. Luego
agregó: “Hace 200 años se creó bajo el impulso de Mateo Vidal y Francisco Antonio Maciel
el Hospital de Caridad llamado hoy Hospital Maciel. Desde hace 200 años hasta la fecha, la
asistencia de los pacientes se hace en forma privada o en el Hospital de Caridad; uno para los
pudientes, otro para los pobres. ¿Es justo, es humano que se establezca entre los hombres,
entre los semejantes, entre los efímeros, como decían los griegos, diferencia para asistir su
salud quebrantada?” (…) Lo cierto es que en 1986 como en 1786 el pobre se asiste en el
Hospital de Caridad. No sirven los cambios de nombre en los frontispicios: Hospital
Universitario, Hospital Escuela, Instituto de tal o cual especialidad. Son ramos de flores,
guirnaldas de colores para ocultar la triste verdad que no quisimos ver y no queremos mirar”.
Y culminaba así el discurso del Dr. Guglielmone: “Hemos colocado dos piedras iguales.
Tienen algo de figura humana. No importa su naturaleza, pueden tener corazón de arcilla.
Una representa al hijo del patrón, la otra al hijo del peón. Aquí, como cuando niños, somos
iguales. Las piedras son iguales, simbolizan la igualdad ante el derecho a la salud. Todos
tendrán nombre y apellido. Todos serán recibidos con el mismo amor cualquiera sea su
origen, condición social o económica. Aquí serás quien eres: un abuelo, un padre, un
hermano, un hijo…. y espero encontrarás entre nosotros: una madre, un hermano, un amigo”.
Alentamos la esperanza de que el Centro de Cirugía de alto riesgo en Ortopedia y
Traumatología colmará la expectativa del Prof. Guglielmone, que hablaba con conmovedora
elocuencia en la etapa inicial, como hemos visto a través de su discurso. Su generosidad y

espíritu humano y solidario lo merecen. Y el país lo necesita. El Prof. Guglielmone tiene un
curriculum tan nutrido como su bien ganado prestigio. Desde su ingreso a la Facultad de
Medicina en 1939 hasta hoy, ha ido escalando peldaños en su brillante carrera. Fue exonerado
de los derechos de título por su ejemplar escolaridad. Diversos concursos de oposición lo
llevaron, naturalmente, a la Cátedra de Traumatología y Ortopedia. Grado cinco en el
escalafón docente. Desde presidente de la Academia Nal. de Medicina a traumatólogo de
numerosos centro asistenciales, ha ocupado las máximas dignidades. En el exterior es
miembro de la Sociedad Latinoamericana de Ortopedia y Traumatología, miembro honorario
de ins sociedades de su especialidad de Argentina, Chile, Brasil, Paraguay, Bolivia, Ecuador,
Perú, Venezuela y México. Maestro de la Cirugía Uruguaya, según título otorgado por las
Sociedades de Medicina de Argentina y Uruguay. Pero ninguna de tales merecidas
distinciones ha envanecido a nuestro coterráneo, que sigue siendo el mismo de siempre,
sencillo, afable e idealista. Su meta es ahora ver culminada la obra en la que ha puesto toda su
voluntad porque sigue pensando como en el discurso de 1986. Seguramente que habremos de
tener la satisfacción de asistir a la inauguración oficial del Centro de Cirugía de alto riesgo en
Ortopedia y Traumatología. Será una importante conquista para el país y un orgullo para
Salto por el protagonismo que un hijo de esta tierra ha tenido en ella.

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