“Amores Perros”, un texto de Hugo Rolón

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El lunes 6 de abril de 2020, EL PUEBLO compartía en esta página algunos textos de Hugo Rolón. Ante su partida, ocurrida la semana pasada, parece oportuno leerlo, como el mejor homenaje.

En aquella ocasión decíamos: “…el maestro Hugo Felipe Rolón Romero es de esos salteños cuya amplia trayectoria, en su caso en radios, lo hace tan conocido que nos exime de mayor presentación. Digamos sí que es un fino observador de todo lo que ocurre en su entorno y como resultado de ello ha escrito miles de artículos a los que podríamos considerar de “corte filosófico”. Apuntes apoyados siempre en esos sucesos cotidianos que a veces pueden parecer intrascendentes pero de los que, sin embargo, él logra sacar una enseñanza, una emoción, una mera reflexión quizás. Y con la reunión de algunos de ellos, publicó dos libros…”.

Hoy compartimos el texto “Amores Perros” de su libro “Uno a conocer”, del año 2004:

AMORES PERROS

No. No se trata de aquella durisima película donde el animal era objeto de uso o de protección, según el amo que tuviera. Esto son amores DE perros.

Porque, que aman, aman. Y que tienen la clave del saber amar, también. (Saber amar es conocer al amado, entre otras cosas).

Valentina tuvo un perro que no se le despegó durante los cuatro meses de su truncado embarazo. Estaba acostada, en reposo, allí estaba él. Se levantaba para ir al baño, y él la seguía, deteniéndose en la puerta y vuelta a la cama, con ella.

Así, de día y de noche, hasta el duro desenlace de la pérdida. Pasó el tiempo y el animalito volvió a pegársele. ¿Qué le pasa? se preguntaban en la casa. Poco después de un mes el ama se entera que está embarazada. (El can lo «supo» antes). Esta vez el acompañamiento constante fue por los nueve meses.

Y está el Güero (con diéresis, gu sonido fuerte). Las relaciones humanas habían sufrido un quebrantamiento.

Hubo mucho dolor y ausencia. Y el Güero se fue, desapareció. (Él también me dejó, como dice un texto de La Cumparsita).

Volvió a los dos meses con una perrita negra. Su estancia fue breve. No había lugar para un nuevo can en la casa. Y el perro volvió a irse… con la compañera. Después de otros tantos días, considerado ya perdido, se hizo presente. Se paseó por todas las habitaciones (¿habrá buscado señales de armonía?), hizo un poco de sala y salió.

Un dia lo ven en una esquina con semáforo, esperando que los autos se detuvieran. Siguen su andar y llegan hasta el local del Museo Oceanográfico. Allí lo esperaba su perrita compañera, ya madre de varios cachorritos parecidos al padre..

El Güero había formado rancho aparte.

(Valentina lo cuenta y sus ojos se humedecen suavemente).



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