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sábado, enero 24, 2026

Requiem para el ARTE: ¿para qué sirve?

¿Para qué sirve el arte? ¿Qué sería de nosotros sin el arte? Ya fue cremado y esparcieron sus cenizas en el vasto feudo del olvido. Desde aquí nuestras más sinceras condolencias, familiares y amigos expresan: ¡Dios se apiade de su alma!

Quiero escribir el artículo más triste de todos los tiempos esta noche, un requiem desafinado y chueco para ese recurso olvidado e incomprendido que apenas nos hace millonarios, nada más, pobres niños ricos: el arte es nuestro, pero no lo sabemos usar, nuestro pecado es esperar que alguien nos enseñe y nos ilumine. Abandonen toda esperanza, ¡nadie nos lo va a enseñar!

1. El gobierno de los zombies empobrecedores

¿Los zombies merecen requiem? Tal vez no, porque son muertos vivientes. Pero los zombies repiten la misma frase infinitamente: ¡agarrá la pala! ¡arrancá pa’ las ocho horas! Y similares.

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Consideran que el arte es una dolencia improductiva, caminan desgarbadamente al paso de lo mediocre y transitan sin fin ni objetivo en una inocua e insulsa dosis de existencia. Esa es la política actual. Los pájaros enjaulados creen que volar es una enfermedad.

El arte ocupa un lugar estable en la vida social. Aparece en rituales, identidades, celebraciones y memorias. Está ahí. Lo que falta es una formulación clara de su función colectiva.

Cuando una práctica carece de nombre político, queda librada a la intuición, al gusto o al gesto ocasional. El arte se tolera, se celebra, se exhibe, pero rara vez se piensa como una pieza estructural del entramado social.

Esa falta de enunciación produce un efecto concreto: nadie sabe desde dónde defenderlo cuando entra en juego el presupuesto.

II. La utilidad como problema político

El ARTE admite múltiples puntos de vista. Estético, sensible, individual e histórico. Ninguno de ellos resulta suficiente ni abarcativo en el terreno de lo público, porque la lógica es otra: el arte solo se justifica y financia con políticas si, en tesis, produce algún beneficio social. 

Ahí aparece el conflicto. Mientras nadie logre formular qué beneficio produce el arte para la comunidad, la política lo tratará como un gasto innecesario, que se puede recortar. La utilidad deja de ser una pregunta artística y se vuelve una exigencia política. Sin respuesta, el arte queda fuera del centro de las decisiones.

III. El arte aporta complejidad allí donde la simplificación avanza.

El arte actúa sobre el lenguaje, la percepción y la memoria colectiva. Construye marcos desde los cuales una sociedad se piensa, se narra y se discute. Esa producción no genera resultados inmediatos, pero configura el clima simbólico donde se toman decisiones, se legitiman discursos y se naturalizan valores.

Cuando ese trabajo se debilita, otros discursos ocupan el espacio. Publicidad, consignas simples, obediencia presentada como virtud. Ese aporte existe aunque no se lo nombre. El problema surge cuando nadie se toma el trabajo de formularlo. 

IV. Autogestión, la noche más oscura

Ante la ausencia de una definición política, el peso recae sobre los artistas. Crear, producir, vender, administrar y sostener. Todo junto. Esa exigencia se volvió norma. La autogestión dejó de ser una elección y pasó a funcionar como un destino.

El resultado es una escena cultural sostenida por el desgaste individual de sus artistas que no saben delegar funciones ni contratar técnicos. Proyectos intermitentes, trayectorias fragmentadas, talento absorbido por la supervivencia. La falta de estructuras de gestión profesional responde a una omisión política prolongada.

V. El núcleo del problema

La dificultad del financiamiento del arte se concentra en un punto preciso: una sociedad exige políticas públicas cuando reconoce un beneficio común, un aporte a la producción de sentido colectivo, a la construcción de mirada crítica y a la densidad cultural de una comunidad. 

Enunciar eso le da al arte un lugar entre las prioridades. Mientras ese beneficio permanezca difuso, el reclamo carecerá de fuerza. Mientras la utilidad del arte permanezca envuelta en eufemismos, el financiamiento seguirá siendo ocasional y frágil. 

El día que una sociedad pueda decir clarmente para qué necesita arte, la discusión dejará de girar alrededor de apoyos aislados y pasará a formar parte de un proyecto colectivo. Ahí empieza la política cultural de verdad.

Porque el arte te dará lo que el gobierno no te da

Es como el puré instantáneo y la comida chatarra, la odio porque la amo, porque no tengo que pensar, no tengo que tomar decisiones, no tengo que gestionar nada. Simplemente mezclo los ingrediente efímeros de una propuesta más muerta y trucha que un dólar rojo y me da la ilusión de comer algo que yo sé que miente, que ni es rico ni saludable, pero a mí me encanta y me hace feliz. ¡Para eso los voté!

Ese es el proyecto para el arte, arte express, con edulcorante, en un minuto, como fideos instantáneos. 

La solución

En ese escenario, la salida solo puede construirse desde el propio sector. En Uruguay existe una herramienta concreta para hacerlo: el cooperativismo. 

A través de INACOOP es posible conformar cooperativas con respaldo legal, acceso a formación en gestión, asistencia técnica, acompañamiento jurídico y líneas de financiamiento. Es un marco operativo existente, posible y mucho más eficiente que esperar peras del olmo.

Una cooperativa artística permite concentrar la venta, ordenar la gestión, asumir la administración y sostener proyectos en el tiempo, con éxito. Permite dejar atrás la dispersión individual y construir fuerza colectiva. Desde ahí se vuelve posible disputar recursos, dialogar con el poder público y exigir políticas públicas con algún peso real.

El problema del arte no se resuelve esperando. Se enfrenta organizándonos. Cuando el sector deja de pedir reconocimiento y empieza a construir estructura, la discusión cambia de lugar. Y recién entonces el arte deja de ser decorado para convertirse en parte activa de la vida política y económica de la ciudad. 

¡Viva el ARTE! ¡Salario digno para las y los artistas!

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