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viernes, 4 de abril de 2025
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Para un autorretrato de lo humano: Una pincelada sobre las I.A.

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Diario EL PUEBLO digital
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Colaboración especial para EL PUEBLO del escritor Prof. Rafael Fernández Pimienta

En un poema muy conocido, y bastante amargo, Nicanor Parra pinta su propia imagen de docente. Este “Autorretrato”, como cualquiera, tanto los pictóricos como los hechos con palabras, implican la elección de un ángulo, de una luminosidad, de un estilo de trazo, de una paleta de colores y de un público al que ir dirigido. Es decir, el artista elige, teñido por la emoción o estado de ánimo del momento, qué mostrar y a quién mostrar eso que quiere decir de sí mismo. Varios pintores y poetas han realizado autorretratos: Van Gogh, Picasso, Frida, Petrona Viera, Cervantes, Pizarnik, Parra, etc. Me refiero a autorretratos explícitos. Uno podría discutir hasta qué punto cualquier obra no pinta algo del retrato del propio autor, pero eso puede ser temática de otra columna. 

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En el poema antes mencionado, y que se agrega en este artículo, la voz del poeta exhibe un deterioro físico y emocional provocado por la tarea docente. Cabe recordar que el poeta chileno, además de escritor y artista plástico, fue profesor de física y de matemática, con estudios universitarios en dichas materias. Ahora bien, así como el creador realizó una selección al momento de escribir su retrato, quien escribe esto seleccionará una de las pinceladas. En el cuarto verso de la primera estrofa Parra expresa lo siguiente: “he perdido la voz haciendo clases”. Toda la oscuridad del poema, su desencanto, su derrota, se anula con esta línea. Es el renglón más luminoso del poema, incluso más que aquellos que recuerdan la juventud de los bellos ideales. El color, la luz, proviene del gerundio “haciendo”. Ese docente, agotado, explotado, descreído, no se ha dedicado a dar clases, sino a hacerlas. No ha venido con una carga prefabricada de contenidos, de manuales, con recetas que ha volcado sobre el depósito mental de los estudiantes. “Haciendo clases” implica pensamiento, planificación, construcción conjunta, intercambio con el otro, con esos “muchachos” a los que pide consideración en el poema y a quienes considera para poder pintarse. Ese hacer es único, irrepetible, depende de un ida y vuelta, de un cruce temporal de historias y de saberes que se encuentran en un punto determinado para provocar el hacer del conocimiento. 

Es seguro que varios de ustedes, que ahora leen este artículo, se han encontrado en alguna de sus redes sociales con ciertas promociones de la desvergüenza y la alienación. Diversas Inteligencias Artificiales se promocionan como realizadoras de trabajos indetectables. “Esta I.A. le realiza su ensayo de manera completa sin que su profesor se dé cuenta. Apruebe la materia o su carrera con un cien por ciento de efectividad, ahorre tiempo y trabajo. Le aseguramos una redacción académica, sin errores, pronta para ser publicada. Sólo es necesario que nos diga el tema, la cantidad de páginas y algunos objetivos. Sea un profesional casi sin mover un dedo.”

Quienes trabajamos en la docencia ya sabemos que esto es una realidad. Ya empezamos a recibir, y a rechazar, este tipo de “trabajos” en los que alumnos y alumnas no han hecho más que dar algunas instrucciones. Algunos hemos intentado también abrir la puerta para que esta herramienta sea utilizada como lo que puede llegar a ser, un asistente para quienes tienen ciertas dificultades con la escritura, una nueva forma de razonar y de programar. Es decir, habilitamos la realización de ciertas tareas con estas I.A., siempre y cuando nos entreguen, además del texto producido, toda la programación previa, las instrucciones con los que se alimentó a la aplicación. Pero, aún así, a veces el panorama parece desolador. No por los jóvenes que buscan el camino fácil, sino por los adultos, el sistema y las empresas que los conducen hacia ahí. 

Cuando una persona se enfrenta al desafío de escribir sobre un tema, su cuerpo y su mente entra en un trabajo interrelacionado. Las manos sobre la hoja o el teclado van intentando tejer un discurso que logre atrapar en su entramado una serie de conceptos, y que a su vez, provoque una deriva, una circulación de ideas que agitan las estructuras del saber de modo que el conocimiento humano no se estanque. Pensamos con palabras, con ellas elaboramos ideas y las comunicamos, las interrelacionamos, las ponemos en discusión con otros saberes, con ellas hacemos el mundo. Cederles ciertas tareas a las máquinas es razonable. Que ellas nos laven la ropa, nos limpien el piso, nos calienten la comida, nos brinda más tiempo para el pensar, el jugar o el amar, es decir, para diferenciarnos de otras especies o de los objetos. Pero cederles la palabra a las aplicaciones es dejarles nuestro pensamiento, permitirles apropiarse del lenguaje es abandonar nuestra libertad y nuestra responsabilidad de crear. Apenas nos convertiremos en meros realizadores de diagramas de información para que una I.A. ocupe nuestro lugar de hacedores. De tanto fabricar esquemas nos volveremos esquemáticos, esqueletos de información sin sustento. 

Ciertos avances tecnológicos y científicos, a lo largo de la historia, han sido vistos de manera apocalíptica. Algunos de ellos fueron por instantes los monstruos que iban a acabar, sino con la humanidad, al menos con su inteligencia. No quiero caer en eso, en verdad intento no creerlo. Sólo quisiera que rescatemos una parte de nuestro autorretrato, esa pincelada luminosa que nos permita seguir haciendo, y siendo, verdaderamente humanos. 

Autorretrato- Nicanor Parra

(Poemas y antipoemas-1954)

Considerad, muchachos,
este gabán de fraile mendicante:
soy profesor en un liceo obscuro,
he perdido la voz haciendo clases.

(Después de todo o nada
hago cuarenta horas semanales).
¿Qué les dice mi cara abofeteada?
¡Verdad que inspira lástima mirarme!

Y qué les sugieren estos zapatos de cura
que envejecieron sin arte ni parte.
En materia de ojos, a tres metros
no reconozco ni a mi propia madre.

¿Qué me sucede? -¡Nada!
me los he arruinado haciendo clases:
la mala luz, el sol,
la venenosa luna miserable.

Y todo ¡para qué!
para ganar un pan imperdonable
duro como la cara del burgués
y con olor y con sabor a sangre.

¡Para qué hemos nacido como hombres
si nos dan una muerte de animales!
Por el exceso de trabajo, a veces
veo formas extrañas en el aire,
oigo carreras locas,
risas, conversaciones criminales.

Observad estas manos
y estas mejillas blancas de cadáver,
estos escasos pelos que me quedan.

¡Estas negras arrugas infernales!
Sin embargo yo fui tal como ustedes,
joven, lleno de bellos ideales,
soñé fundiendo el cobre
y limando las caras del diamante:
aquí me tienes hoy
detrás de este mesón inconfortable
embrutecido por el sonsonete
de las quinientas horas semanales.

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ALBISU Intendente - Lista 7001 - COALICIÓN SALTO