Angelina Díaz reflexiona sobre el tango como herramienta educativa, cultural y comunitaria, y los desafíos de impulsar arte independiente en el interior.
El tango es, ante todo, un lenguaje de negociación constante. No se baila solo; se construye en el encuentro con el otro, en la escucha del cuerpo ajeno y en la voluntad de habitar un espacio común.
Para Angelina Díaz, referente del género en Salto, esta danza trasciende el escenario para convertirse en una herramienta pedagógica y social, su visión propone al tango como una escuela de convivencia necesaria para las nuevas generaciones.
¿Cómo fue el proceso de adaptar la estética del tango escenario a la informalidad del pavimento de una plaza?
No fue un cambio tan grande. Aunque mi formación técnica está muy vinculada al tango escenario, siempre estudié en paralelo el tango pista, que es la base de todo. Por eso la improvisación siempre está presente en mi manera de bailar.
El escenario aporta técnica, conciencia corporal y recursos estéticos. Pero el tango es un baile popular que nació en los barrios, en los patios y en las calles. En mí conviven dos facetas: la bailarina que trabaja la técnica y la composición escénica y la milonguera, que entiende el abrazo social, la improvisación y el encuentro con la gente.
Por eso llevar el tango a una plaza o al pavimento lo siento como devolverlo a su lugar natural, porque tiene que estar en la calle, ser accesible y permitir que la comunidad lo vea, lo sienta y se anime a bailarlo. Porque cuando vuelve a la gente, vuelve a estar vivo.
¿Qué potencial educativo ves en el tango para las nuevas generaciones de salteños?
El tango es una danza muy noble y siempre me pregunto por qué todavía no forma parte de los programas de escuelas o liceos, porque su potencial educativo es enorme.
Desde lo pedagógico enseña trabajo en equipo, escucha corporal, comunicación y construcción de acuerdos. En el tango nadie puede bailar solo: siempre hay que dialogar con el cuerpo del otro, y eso termina siendo una verdadera escuela de convivencia.
También estimula la memoria, la coordinación y la paciencia, además de fortalecer la autoestima. Cuando alguien descubre que puede bailar y construir algo junto a otra persona, cambia mucho su confianza personal.
Además rompe barreras generacionales y prejuicios sobre el cuerpo o la cercanía. Al ser una danza del abrazo enseña a relacionarse desde el respeto y el cuidado. Siempre deja algo. Por eso es muy saludable y necesaria para las nuevas generaciones.
¿Cuál es el mayor desafío de producir cultura independiente en el interior del país?
Muchas veces los artistas tenemos que asumir varios roles a la vez: creadores, intérpretes, docentes, productores y gestores de nuestros propios proyectos.
También pesa mucho la centralización. Gran parte de las oportunidades y los circuitos culturales siguen concentrados en la capital, lo que obliga a redoblar esfuerzos desde el interior para sostener propuestas y generar movimiento en nuestras ciudades.
Al mismo tiempo el interior tiene algo muy valioso: las redes humanas. Cuando el trabajo nace del compromiso con la comunidad, se construyen vínculos fuertes entre artistas, espacios culturales y público y eso termina sosteniendo muchos proyectos. En mi caso, siempre intento generar oportunidades, abrir espacios y acercar el arte a la gente. Porque la cultura debería ser una posibilidad real para todas las comunidades.
¿Dónde ensayan? ¿Cuál es la importancia del espacio en los proyectos culturales?
En este momento no contamos con un espacio propio y adecuado para ensayar, y ese es uno de los desafíos que enfrentamos como artistas independientes. En Salto hay pocos salones preparados para la danza —con espejos y buen piso— y muchas veces los costos son altos para quienes solo necesitan ensayar algunas horas.
Por eso vamos adaptándonos a los lugares que la ciudad ofrece. A veces trabajamos en el Mercado 18, en la Iglesia del Carmen frente a Plaza 33 o en la pista de patinaje del Parque Sauzal. Son espacios que agradecemos porque nos permiten seguir ensayando, aunque no siempre tengan las condiciones ideales.
Por ejemplo, en el Sauzal el piso es de hormigón y eso desgasta mucho el calzado y el cuerpo. Además, cuando se ensaya en espacios públicos hay que adaptarse al clima, al ruido o a interrupciones. Tampoco es lo mismo trabajar en un lugar abierto que en un espacio íntimo donde una pareja pueda concentrarse y corregir detalles.
Por eso considero fundamental el acceso a espacios adecuados para el desarrollo artístico. Nuestro objetivo es poder contar en el futuro con un estudio propio donde sostener con mayor continuidad el trabajo creativo y pedagógico.
Si tuvieras que elegir una pieza de tango que defina tu estilo personal de baile fuera de este proyecto, ¿cuál sería y por qué?
Es difícil elegir una sola pieza porque el tango tiene una riqueza musical enorme. Soy muy fanática de orquestas como las de Osvaldo Pugliese, Aníbal Troilo y Juan D’Arienzo, y hay muchos tangos que me erizan la piel cuando los escucho.
Creo que en mi baile conviven dos facetas. Una más dramática e intensa, que se identifica mucho con tangos como Recuerdo o Esta noche de luna de Osvaldo Pugliese con la voz de Jorge Maciel.
La otra tiene más juego y presencia. Ahí me conecto mucho con Mi dolor de Juan D’Arienzo con la voz de Osvaldo Ramos o incluso con El simpático. Son tangos que me prenden fuego cuando los bailo.
En definitiva, para mí el tango siempre es un diálogo entre la música y el cuerpo, y cada orquesta abre una puerta distinta en quien baila.
Has participado en competencias de alto nivel. ¿Cómo se maneja la presión del jurado frente a la libertad total de bailar en la calle?
Bailar para un jurado genera una presión muy distinta, manejar la energía en ese contexto no es fácil. Muchos maestros dicen que hay que bailar como si fuera una milonga, y algo de cierto hay. Pero el jurado también espera ver todo lo que el bailarín puede dar: técnica, musicalidad, precisión, conexión con la pareja, presencia escénica e incluso el manejo de la pista. En cierto sentido es como rendir un examen.
Tuve la oportunidad de ser jurado en un campeonato nacional junto a mi compañero y, desde ese lugar, también se espera ver el máximo potencial del bailarín. En competencia no alcanza con bailar lindo: muchas veces se valora quién se arriesga más.
Por eso es muy distinto a la milonga. En la milonga uno baila para disfrutar, sin tener que demostrar nada. Se trata de encontrarse, compartir la música y el abrazo, sin la presión de ser evaluado. Esa libertad muchas veces permite soltarse más que en la competencia.
¿Existen otros proyectos que estés desarrollando en paralelo de los cuales quieras comentar algo?
Sí, en este momento estamos trabajando en varios proyectos. Uno de ellos es un nuevo ciclo de Practilongas que comenzará en mayo en el Centro Cultural Academias Previale, con la idea de seguir generando espacios donde la gente pueda aprender, practicar y acercarse al tango.
También proyectamos algunas actividades en el exterior que iremos anunciando más adelante. A su vez seguimos con Milongas a la Calle, que próximamente cumplirá diez años, un proyecto que creció mucho junto a la comunidad. Por supuesto, nuestras clases continúan con inscripciones abiertas en AnGarTango Uruguay Estudio, combinando tango social y de escenario.
Mirando hacia atrás, ¿cuál es el proyecto del que tenés más orgullo fuera de las milongas itinerantes?
Sin duda, el camino que venimos construyendo como pareja artística en AnGarTango Uruguay. Más allá de los proyectos concretos, lo que más valoro es que, aunque venimos de formaciones y recorridos distintos, logramos amalgamar todo para desarrollar un lenguaje propio como bailarines.
En ese encuentro está nuestra identidad: un estilo auténtico donde conviven nuestras diferencias, miradas y formas de sentir el tango. Para mí, ese proceso de búsqueda y crecimiento conjunto es uno de los logros más significativos de nuestro recorrido.
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