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CONTRATAPA

Es muy difícil juzgar la historia…

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Liliana Castro Automóviles
Diario EL PUEBLO digital
Enlace para compartir: https://elpueblodigital.uy/4hy8

En innumerables artículos de opinión, desde hace varios años venimos hablando del tan mentado “revisionismo histórico”. Hemos dicho en ese sentido, y lo sostenemos hoy también, que nos parece muy bien que los estudios históricos continúen evolucionando, que se descubran nuevas cosas y se saquen otras conclusiones respecto a los hechos del pasado. Pero, con lo que no estamos de acuerdo, es con juzgar acciones de otros tiempos lejanos, con la mentalidad de hoy. Es como hacernos trampa al solitario. Saber perfectamente que todo el contexto (costumbres, leyes, etc.) era otro muy diferente, e igualmente querer trasladar aquel ayer (a veces muy pero muy lejano, como el tema que nos ocupa hoy) para juzgarlo en el aquí-ahora, es un disparate.

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Vayamos al punto: 12 de octubre. Este sábado, como todos los años, otra vez estuvo presente la polémica acerca de si fue bueno o malo que llegaran los europeos a estas tierras. Fíjese usted, hay quienes piensan estas cuestiones en clave de “bueno o malo”, como si todo fuera blanco o negro y no existieran los grises.

Yo comparto que no es algo para festejar cuando se trata de pueblos que fueron sometidos a raptos, esclavitud, tortura, muerte… Claro que no lo festejo; “no hay nada que celebrar”, como leí por varios lugares. Pero tampoco me dejo llevar por los gritos de algunos trasnochados que, no entiendo bien con qué intención, pretenden poco menos que empecemos a odiar a los españoles. ¿No se dan cuenta que así estarían odiando sus propios orígenes? Una cosa es no festejar, otra es no ser capaces de entender simplemente que fueron hechos que tuvieron su contexto, sus causas y sus consecuencias, y que es muy difícil juzgarlos ahora.

En México, recientemente se excluyó de las ceremonias de transmisión de mando al Rey de España, por entender que «debía haber pedido disculpas» por la conquista de América. Otro disparate mayúsculo.

Todos los pueblos del mundo han pasado en algún momento de su historia, por episodios que no serían deseables para nadie. ¿Quién puede dudarlo? Son episodios que forman parte de la evolución y quizás hasta del génesis de esos pueblos, incluso los ha padecido el mismo pueblo español. ¿Cómo a alguien se le puede ocurrir, entonces, que haya que empezar ahora a pedir disculpas? ¿Ciudadanos de hoy pidiendo disculpas por hechos de hace cinco o seis siglos atrás? Además de ser algo totalmente fuera de lugar, ¿qué aportaría?

Lo invito, estimado lector, a leer atentamente y razonar los siguientes párrafos que paso a entrecomillar:

Qué pueblo no es hijo de poblamientos superpuestos, de invasiones, de procesos sincréticos, de asimilaciones culturales? La propia España conquistadora, que registra en su pasado a cazadores paleolíticos que nos dejaron el legado imprescriptible del arte de sus cuevas, vio luego llegar a indoeuropeos como los celtas, que se expandían por Europa, desde la hoy Escocia hasta Polonia, a los vascos y a un heterogéneo mosaico que incluye los bárbaros visigodos y los refinadísimos árabes que manejaban el agua para cultivar y legaron los tesoros de la Alhambra. Todo eso fue ocurriendo a lo largo de siglos, en un proceso las más de las veces dramático, cuya amalgama mayor ha sido la creación del idioma español. Sí, el idioma español (…)

¿La Grecia clásica no fue una sucesión de guerras entre los feroces aqueos y los dorios, y a su vez las legendarias luchas entre Atenas y Esparta, un enfrentamiento con los “bárbaros macedonios”? No imaginamos a Grecia pidiendo perdón por que desde ese macedonio norte vino un día un príncipe Alejandro, educado por un sabio griego, y abrió otro enorme espacio de civilización hacia el Asia y todo el Mediterráneo (…)

Hay que entender que en el siglo XV el “descubrimiento” de América era inevitable. O llegaba Colón financiado por Castilla, Bartolomeu Dias por Portugal o Raleigh por el incipiente British Empire. Pensemos, además, que ya hacía veinte siglos que desde el otro signo cardinal, desde las lejanas tierras que estaban al oeste del enorme mar que Vasco Núñez llamó Pacífico, habían llegado aquí “nuestros indígenas”. No eran “originarios”. Llegaron desde Corea por Alaska o salteándose la Polinesia, pero de allá venían, con culturas también distintas. Y llegaron a edificar civilizaciones tan poderosas como los imperios inca y azteca. Bien sabemos que estas enormes construcciones políticas, militares y administrativas se habían hecho también imponiéndose unos a otros. ¿Vamos ahora a reclamarles perdón a incas o aztecas en nombre de los pueblos que sojuzgaron? (…)

El proceso histórico era inevitable. Los descubrimientos científicos ponían a Europa en la puerta del Nuevo Mundo. Y este se iba a construir con marchas y contramarchas, que incluyen también dos siglos de independencia en que nosotros, los hijos de ese proceso, tampoco podamos decir que hemos convivido siempre en paz, amándonos los unos a los otros. Si de agravios y perdones comenzáramos a hablar, terminaríamos enmudecidos (…)

Inevitable también era la aculturación, la recíproca influencia. El choque de tradiciones iba generando otras, y esos fenómenos no pueden fragmentarse y escindirse para tomar de nuestro pasado solo lo que nos gusta, desde la mirada contemporánea…”.

Ahora le cuento, por si ya nos los había leído en algún otro medio, que son párrafos extraídos de una nota bastante más extensa, escrita por Julio María Sanguinetti y publicada hace unos días en La Nación.

Los transcribo, porque cuando estoy de acuerdo con algo que leo y me doy cuenta que está escrito mejor de lo que yo podría hacerlo, lo comparto. Y lo hago sin ningún complejo. He compartido escritos de Astori, de Mujica, de ministros y otros dirigentes del gobierno actual, ni que hablar de Tabaré Vázquez…Siento que lo hago, felizmente, con absoluta libertad. Con esa libertad que, por el contrario, noto que le falta a muchos que por cuestión de partidos o ideologías, les “pone un freno” al momento de expresarse.

Y con libertad también invito a que siempre, en todos los temas, pensemos la Historia. Para razonarla, para analizarla y sacar conclusiones, para formar opiniones propias, pero sin olvidar nunca que es muy difícil juzgarla.

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