Hace algunas semanas, en el programa Debate Abierto, de canal 4, uno de los panelistas sostuvo que Salto estaba pasando por un momento de “emergencia cultural”. Fue un programa en que lamentablemente, a último momento no pudo estar (como estaba acordado) el Coordinador de Cultura de la Intendencia, Pablo Ferreira Pinto. Justamente, el hecho que ahora haya una “Coordinación” y ya no una “Dirección” de Cultura, pero además, que muchos monumento estén abandonados, que la mayoría de los museos estén cerrados y que a los turistas (por ejemplo en los hoteles) no se les entregue un programa de actividades culturales cuando llegan a nuestra ciudad, fueron algunos de los puntos mencionados por ese panelista (Cono de los Santos) para argumentar su postura.
Días después, Pablo Villaverde, hombre muy conocido entre nosotros sobre todo por su Museo Itinerante, me hizo ver lo curioso, raro o extraño que resultaba combinar esas dos palabras: “emergencia cultural”. Pero me dijo a la vez, que coincidía plenamente con el panelista de la televisión.
Y yo me quedé pensando que todo eso que se enumeró es cierto. Pero son cuestiones materiales. Claro, me dirán que son la consecuencia de acciones, y que las acciones son fruto del pensamiento, y el pensamiento es producto de cierta formación, etc., etc., es verdad. Pero creo que justamente el problema o la “emergencia” que tenemos pasa por ahí, por la falla en un montón de cosas -especialmente inmateriales- que se asocian al ámbito cultural.
Fíjese que lo más grave es, por ejemplo, que cuando creemos que tenemos determinado grupo de salteños apostando por algo, nos enteramos después que por otro lado, esos mismos hacen todo lo contrario a lo que predican. Y para explicarme mejor (y porque “para muestra basta un botón”), cito la nota de mi autoría que se publicó en página 3 de EL PUEBLO el sábado 24 de agosto:
“Piezas históricas: A quien le quepa el sayo…Alguien podría preguntarme: Y si estás tan seguro, ¿por qué no vas a la Justicia y denunciás? Respondo: porque según lo que pude saber, no estaríamos ante un ilícito desde el punto de vista legal. El tema es otro: la ética, la moral…
Y en realidad sí voy a denunciar el caso, claro que sí. Es lo que estoy haciendo aquí, ahora, en un medio masivo de comunicación. Estoy denunciado (en el sentido de hacer público el hecho) que personas que se dicen defensoras del patrimonio histórico, son las mismas que venden en el «mercado negro» piezas halladas en sus recorridas de investigación por los campos. Reitero que desde el ámbito de las leyes, el asunto es complejo. Hay legislación pero también hay vacíos legales, y también puntos que dan lugar a variadas interpretaciones (depende qué pieza sea la hallada, su valor monetario, si se la encontró en un predio público o privado, etc.). Lo que duele, y mucho, es que haya personas (y no me aparto de Salto) que por un lado, a la vista de todos, se muestren tan preocupadas por la protección del patrimonio y demás; mientras por otro, a escondidas, hagan negocios económicos para beneficio propio con ese mismo patrimonio, que es de todos. Hay entre nosotros personas de gran valía y honestidad trabajando en la investigación y enseñanza de la Historia. Esas a menudo lo hacen con perfil bajo, quizás porque su dedicación a la tarea les quita tiempo para el exhibicionismo, que además no les interesa. Hay otros que anteponen a todo, sus ansias de protagonismo. Y si de estos últimos, además, comprobamos que hay quienes usan los elementos históricos para llenar sus propios bolsillos, solo resta decir que pocas veces se verá mejor aplicada la frase “Haz lo que bien digo y no lo que mal hago”. A quien le quepa el sayo que se lo ponga”.
Pero le propongo hacer otro ejercicio para comprobar la “emergencia” en la que estamos cuando se habla de cultura y es el siguiente…Piense usted en la cantidad de personas cuyos nombres han sido dados a calles de la ciudad en estos últimos dos o tres años. Primero -como ya lo hemos escrito otras veces- al poner tantos nombres como en un aluvión, se impidió que cada uno, particular y meticulosamente, fuese estudiado (incluso en instituciones educativas), conocido y valorado más. Es decir, cuando uno de esos nombres empezaba a hacérsenos más familiar porque una calle pasaba a llamarse así, ya venía otro, y otro…Y hasta perdimos noción de cuántas y cuáles han sido últimamente las personalidades homenajeadas con ese tributo. Pero le agrego algo más…Si usted toma alguno de esos nombres y estudia realmente la trayectoria de esa persona, se llevará varias sorpresas. Se encontrará por ejemplo, con algunos casos a quienes se presentó como “historiadores/investigadores”, pero no tienen ninguna investigación ni trabajo similar al que se pueda acceder, ¿sabe por qué? Simplemente porque nunca lo hicieron. Sucede que Salto crea mitos. Y se los cree fácilmente. Creó el mito que ciertas personas fueron grandes intelectuales poco menos que de referencia internacional, y no, a lo sumo dictaron clases, conferencias…como tantos otros. No es que eso sea poca cosa, pero tampoco nos mintamos. Es más, mire que no termina ahí el problema, le propongo que averigüe más sobre algunas de estas figuras, y descubrirá que hay en sus vidas hasta hechos gravísimos desde la ética y la moral, pero que además se encuentran a un paso -si es que ya no lo son- de ser hechos delictivos. Ya no hablo solo de calles, otros espacios están también en igual situación. Entonces ¿esos son los referentes que tenemos? ¿En ellos aspiramos a que se reflejen nuestros jóvenes? Siempre digo que no hay que generalizar y que cuando se hacen determinadas acusaciones, hay que decir las cosas con claridad, con nombres en lo posible, porque de lo contrario estaríamos solo “tirando patadas al aire”. Pero en este caso es diferente. No daré nombres por dos razones muy simples: en primer lugar, porque las personas están fallecidas; en segundo lugar, porque prefiero con mi silencio respetar la decisión de las autoridades que así lo propusieron, y que son en definitiva representantes de todos nosotros, el pueblo soberano. Pero preocupa, ¿o no?
Añado algo más para ir cerrando…La semana pasada, un artista salteño me decía: “¿Te acordás cuando exponer en el (Museo de) Bellas Artes era un tremendo honor?, qué lástima que ya no es así”. Claro, se refería a que hasta hace unos años, para llegar a exponer allí había que alcanzar determinado nivel, eso obligaba a los artistas -locales y de otros lados- a un gran esfuerzo de superación en cuanto a nivel artístico. Hoy, ¿quién evalúa eso?, ¿se evalúa?
¿No le da la sensación que estamos llegando a un punto en que hacer música como la de Jaurés Lamarque Pons es lo mismo que golpear una lata en la esquina? ¿O que bailar como Myriam Albisu o Yiya Migliaro es lo mismo que sacudir el cuerpo golpeando un parche en la cuadra del barrio? Estamos perdiendo nociones, estamos perdiendo la posibilidad de obligar -en el buen sentido- a que la gente que le gusta el arte y la cultura se esfuerce por alcanzar determinados parámetros… “Total, ¿para qué?…si todo vale lo mismo y se aplaude de la misma forma…”.
A mí sí me da esa sensación, y por eso también estoy de acuerdo con que estamos en una emergencia cultural.
