Columnas De Opinión
Alejandro Irache
Alejandro Irache
Licenciado en Psicología por la Universidad de la República(UDELAR). Habilitado por el Ministerio de Salud Pública (MSP). Atiendo a adolescentes y adultos, con foco en procesos de angustia, depresión y crisisexistenciales. He complementado mi formación con estudios en psicología laboral, selección de personal IT, psicología del deporte y salud mental grave,realizados en la Universidad de Palermo y en el Centro Ulloa (2024).

Cultura de la queja en Uruguay: ¿pesimismo o realismo?

La queja en Uruguay se ha consolidado como una forma habitual de expresar malestar. Este fenómeno combina factores psicológicos, sociales e históricos, oscilando entre el pesimismo y el realismo. Comprender su función permite analizar si es una vía de adaptación o un obstáculo para el cambio.


“Qué humedad insoportable,

cuando va a parar de llover…”

En el Uruguay actual, la queja no es un hecho aislado ni una simple reacción momentánea. Se ha convertido en un modo habitual de expresión, casi en una gramática emocional compartida. Aparece en conversaciones cotidianas, en redes sociales y en espacios laborales. Se habla del clima, de la economía, de la política, del futuro. Se habla, sobre todo, desde una cierta insatisfacción persistente.

Este fenómeno ha sido interpretado de distintas maneras. Para algunos, refleja una tendencia al pesimismo, una mirada negativa que tiñe la percepción de la realidad. Para otros, se trata de una forma de realismo: una lectura lúcida de un contexto social con problemas concretos. La tensión entre ambas posiciones abre una pregunta central: ¿la queja en Uruguay es una distorsión subjetiva o una respuesta ajustada a las condiciones de vida?

La queja como fenómeno social

Desde una perspectiva psicológica, quejarse implica más que expresar desagrado. Es también un acto relacional: quien se queja busca reconocimiento, escucha y validación. En ese sentido, la queja cumple una función comunicativa dentro de un entramado social.

En este sentido, la queja tiene una dimensión relacional. Se inscribe en vínculos, en normas culturales y en formas compartidas de interpretar la realidad. Cuando esta práctica se vuelve frecuente y socialmente aceptada, puede hablarse de una “cultura de la queja”: un contexto donde el malestar se expresa de manera reiterada y se convierte en un lenguaje común.

Pesimismo y realismo: dos formas de percibir

El debate central gira en torno a dos formas de percibir el mundo:

  • Pesimismo: se caracteriza por expectativas negativas, foco en lo adverso y percepción limitada de cambio.
  • Realismo: implica reconocer problemas sin negar posibilidades, integrando dificultades con recursos disponibles.

La diferencia no está en ver o no los problemas, sino en cómo se los procesa. Mientras el pesimismo tiende a clausurar horizontes, el realismo los delimita sin anularlos.

La queja como forma de adaptación

En algunos casos, la queja puede funcionar como una estrategia adaptativa. Permite descargar tensión emocional, compartir experiencias y generar cierta sensación de pertenencia. En contextos donde los problemas son reales y persistentes, quejarse puede ser una forma legítima de reconocerlos.

Sin embargo, cuando la queja se vuelve constante y no se acompaña de acciones o reflexiones que permitan transformarla, puede convertirse en un circuito cerrado. El malestar se expresa, pero no se elabora. Se repite, se amplifica y, en ocasiones, se normaliza.

El contexto uruguayo: historia y desencanto

“Que calor insoportable, que venga el invierno”

La cultura de la queja en Uruguay no puede entenderse sin considerar su historia. Durante buena parte del siglo XX, el país construyó una identidad ligada al bienestar, la estabilidad y cierta excepcionalidad regional. La imagen de una sociedad integrada, con instituciones sólidas y amplios derechos sociales, formó parte del imaginario colectivo.

El debilitamiento progresivo de ese modelo generó una brecha entre expectativas y realidad. Esa distancia no siempre se procesa como duelo o transformación, sino que muchas veces se expresa como desencanto.

Diversos estudios recientes han señalado un aumento del malestar psicológico en Uruguay, especialmente entre jóvenes. Ansiedad, tristeza persistente y sensación de incertidumbre aparecen con frecuencia en los relatos cotidianos.

Al mismo tiempo, existe una mayor conciencia sobre la importancia de la salud mental. Sin embargo, esta apertura convive con obstáculos para buscar ayuda profesional. Persisten el estigma, la vergüenza y ciertas barreras estructurales que dificultan el acceso a tratamientos.

Esto genera una situación particular: el malestar se expresa, pero no siempre encuentra canales de elaboración adecuados.

En ese marco, la queja adquiere un doble carácter:

  • Refleja problemas reales (económicos, sociales, estructurales),
  • Pero también puede instalarse como una actitud que anticipa el fracaso.

Por otro lado, puede instalarse como una actitud generalizada que tiende a anticipar el fracaso y a desestimar posibilidades de cambio. Cuando esto ocurre, se aproxima al pesimismo.

La cultura de la queja en Uruguay parece moverse en ese límite. No es completamente una ni otra. Es una forma ambigua de posicionarse frente a la realidad: reconoce los problemas, pero a veces queda atrapada en ellos.

La queja como forma de inacción

“El sueldo no alcanza para nada… acá tiene que venir un Milei”

Uno de los aspectos más relevantes es su vínculo con la acción. Quejarse puede generar alivio inmediato, pero también sustituir la necesidad de intervenir sobre la realidad. Nos quejamos pero no hacemos nada al respecto.

Cuando se vuelve habitual, puede consolidar una posición pasiva: se identifican problemas, pero no se actúa sobre ellos. El malestar se mantiene, aunque se vuelve familiar.

Límites y perspectivas futuras

El análisis de la cultura de la queja presenta ciertos límites. Hablar de una “subjetividad uruguaya” puede resultar simplificador. No todas las personas ni todos los grupos sociales experimentan o expresan el malestar de la misma manera.

Existen diferencias generacionales, económicas y culturales que influyen en cómo se vive y se comunica la insatisfacción. En sectores más vulnerables, por ejemplo, la queja puede ser una expresión directa de condiciones materiales adversas, más que una actitud cultural.

Una forma de decir el malestar

“Antes sí había garra charrúa… encima el técnico se guarda los cambios”

La cultura de la queja en Uruguay no puede reducirse a una etiqueta. No es únicamente pesimismo ni puro realismo. Es una forma compleja de procesar la experiencia, atravesada por la historia, las condiciones sociales y las dinámicas psicológicas.

Quejarse puede ser un modo de reconocer lo que no funciona, pero también puede convertirse en una trampa que limita la acción. Entre ambas posibilidades se juega una tensión que define, en parte, la manera en que una sociedad se piensa a sí misma.

Comprender este fenómeno no implica juzgarlo, sino analizarlo. Solo desde esa lectura es posible abrir caminos donde el malestar deje de repetirse y comience a transformarse.

Lee otras columnas de Alejandro Irache…

Enlace para compartir: https://elpueblodigital.uy/7m0r