“Manolo” Iriñiz, un ineludible referente en el funcionamiento de las salas cinematográficas

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    Más que el negocio de traernos cine durante tantos años, fue la satisfacción de observar el rostro de la gente saliendo de la sala luego de ver una linda película, eso impulsó a Don Manolo Iriñiz durante toda su vida a creer tozudamente en el cine, abriendo y reabriendo salas con la consiguiente apertura de fuentes de trabajo para tantos salteños, y por sobre todas las cosas, creyendo en la necesidad de brindar un momento de esparcimiento y aislamiento de nuestras diarias preocupaciones a través de dos horas de puro entretenimiento. “Don Manolo” llegó al cine por un hermano y a Salto por el cine. Conozcamos hoy su historia a través de EL PUEBLO, gracias a una charla de casi dos horas, café de por medio, donde quedaron muchas otras historias por el camino a causa de la tiranía del poco espacio que nos proporciona el formato de entrevista, excusa ideal para volver a encontrarnos un día de estos y seguir charlando.

    – ¿Dónde nació?
    – Yo soy de un pueblo de Artigas, de Tomás Gomensoro. Soy del 31, tengo 78 años.

    – ¿Qué recuerda de aquel Tomás Gomensoro de su niñez?
    – Como todo el mundo, de sus raíces no se olvida sino por el contrario, lo mantiene patente. Tuve una niñez muy feliz, en un pueblo chico todo el mundo se conoce, incluso con amigos de aquella época que ya no están. Justamente hace un rato llamé a Montevideo a uno de esos amigos que fuimos criados juntos que ahora tiene un problemita de salud. Nos criamos en un ambiente muy familiar.

    – ¿Qué hacían?
    – Jugábamos a la pelota, a la bolita. Éramos los bandidos del pueblo.

    – ¿Cómo es eso?
    – Cosas de chiquilines. Por ejemplo, me acuerdo que un día estábamos en la plaza del pueblo y ya era tarde, me dice uno de mis amigos, “¿y si le tocamos la campana a la capilla?” Despertamos a todo el pueblo (risas). De bandideadas andábamos, tanto es así que le digo, en el caso mío, en alguna oportunidad me echaron de la escuela (risas).

    – ¿Por qué?
    – Y cosas de gurises. Siempre desde chico me encantó dormir, siempre llegaba tarde a la escuela, y la primera vez que me echaron llego tarde a la escuela, entonces me dice la maestra, “Manolo, ¿qué te pasó? ¿Por qué llegaste tarde?”, y yo la miré, “¡y a usted que se le importa!” (risas). Me mandó de vuelta para casa con una esquela, y de esas he tenido varias, hasta que un buen día me echaron. Me ponen una maestra particular, tampoco me bancó y se fue (risas), y mi madre, porqué le cuento, yo perdí a mi padre muy chico, tenía 5 años cuando falleció mi papá, prácticamente no lo conocí.

    – ¿Cuántos hermanos eran?
    – Somos nueve, yo era el anteúltimo.

    – ¿O sea que hasta ese momento usted era casi el benjamín de la familia?.
    – El benjamín, justamente, eso creo que tuvo algo que ver porque mi hermano, el último y yo, tuvimos una diferencia de cuatro años, o sea que durante ese lapso era el niño mimado de la casa, y resulta que llega este y… (risas) me desbancó!.

    – ¿Qué hizo su madre cuando la maestra particular abandonó?.
    – Me acuerdo que me decía, “yo no sé qué voy a hacer con vos, te voy a tener que meter en un colegio de curas”, en ese momento ya andaba por los 12 años. Y un buen día, tren conmigo, Paysandú. Me ponen en un colegio salesiano, estuve cinco años de pupilo ahí, esa gente me transformó. El primer año no sabés lo que pasé.

    – ¿Le sacaron la bandidez?.
    – Sí, era otra época por otra parte, fue en el año 44, todavía en plena guerra (Segunda Guerra Mundial), recuerdo que en ese medio tiempo ya se gestaba en Paysandú aquella explosión industrial que se produjo después con Norteña, Paycueros, Paylana, y como había gente de Salto, muchachos con los que todavía nos reunimos a veces, se desataban aquellas eternas pujas que ya en aquella época existían entre salteños y sanduceros. Recuerdo que los salteños decían, “estos dentro de poco están todos fundidos, la mejor plata en el Uruguay es la metida en campos y en bichos”. Pienso que eso fue lo que determinó, en cierto modo, una creación cultural en Paysandú que Salto no tiene. Yo considero que Paysandú es mucho más montevideano mientras que Salto es más provinciano, tiene una estructura de campo, y ahora más con el tema este de la horticultura y la citricultura que realmente es el sustento.

    – ¿Y qué pasó luego que dejó el salesiano en Paysandú?.
    – Ahí se terminó el liceo, todavía no había Preparatorio y me fui a Montevideo a terminar Preparatorio. Entonces un pariente que estaba en la política me consigue un empleo, no recuerdo bien si fue en Ancap o en Ute. Y claro, soy atorrante te digo (risas), para mejor el grupo salesiano nuestro en Paysandú éramos 15 y llego al IAVA y éramos 90, incluso todavía en los salesianos cuando eran únicamente varones, no había mujeres, y llego allá, 90 mixto, anduve boleado!

    Recuerdo que fue en el año 50 que me entró la disyuntiva, cuando me puse a pensar, “¿qué va a ser de tu vida?”, lógico, con pocos recursos y mi gente también, digamos,  por más que había cierta holgura, no era nada extraordinario ni cosa que se le parezca.

    – ¿Tan joven y se puso a pensar en esas cosas?.
    – Con 17 años pensé en la disyuntiva entre seguir estudiando o luego de cumplir los 18, ocupar ese cargo que me habían conseguido. Me digo, “tá, yo con lo atorrante que soy me voy a recibir si, pero me voy a recibir de los 30 para arriba”. Además, me había inscripto para después hacer química industrial porque justamente se venía dando aquello del desarrollo…

    – ¿Pensaba volver a Paysandú?.
    – A Paysandú o a Bella Unión, que se había iniciado la parte de cultivo de la caña. Entonces pensaba que me iba a recibir a los 30 años, mientras me consolidaba y conseguía algo, iban a pasar 10 años más, voy a tener 40 años, ¿y qué voy a hacer? Y no se, y por esas cosas de muchacho me dije que iba a trabajar. Fue el gran disgusto que le di a mi vieja, en el año 50, justo en las vacaciones de julio, coincidió con Maracaná, que me costó una pulmonía de esas. Me había agarrado una gripe, estaba en cama, y me levanté para salir a festejar.

    – Cuénteme un poco sobre el disgusto de su madre.
    – El disgusto fue porque yo un buen día le dije, “¿sabés una cosa? No voy a estudiar más”, “no, pero estás mal”, “no, no voy a estudiar y digo más, no voy a ocupar el puesto”, porque pensaba, “voy a ser empleado público toda la vida, siempre voy a tener a alguien arriba”, cosa que no me conformaba, “¿y qué vas a hacer?”, me preguntó, “y voy a trabajar”, “¿y dónde vas a trabajar?”, “no se”, eso fue en julio del 50. El 1 de setiembre ya estaba trabajando.

    – ¿En dónde?
    – En Cainsa, era el ingenio anterior a Calnu y que hoy es Alur.

    – ¿Y qué hacía ahí?
    – En Cainsa estábamos en contaduría. Ahí estuve del 50 hasta el 57, que fue cuando me vine para Salto.

    – ¿Por qué se vino a Salto?
    – Fue por accidente. Fue cuando dejamos la sociedad que teníamos entre los nueve, porque nuestra familia tenía campo, y andaba bien, tan es así que el administrador era mi hermano mayor, que prácticamente fue nuestro padre.

    – ¿Cuántos años se llevaban?
    – Y nos llevábamos 22 años. Y como le contaba, por las circunstancias que se dieron tuvimos que disolver la sociedad al vender todo, rematar el campo cuando tuvimos que sobrellevar la peripecia de una seca muy grande en el año 49. Ahí nosotros perdimos como 700 reses. A raíz de la liquidación, hicimos una sociedad entre cuatro hermanos, tres varones y una mujer, que fue cuando hicimos el cine en Bella Unión, ahí se cambió la actividad.

    – ¿Ahí ya le picó el bichito del cine?
    – En realidad yo acompañaba, el de la idea era un hermano con el que luego fuimos socios aquí en Salto. Hasta ese momento yo vivía bien porque tenía mi sueldo de Cainsa que era un buen sueldo y encima nuestro hermano mayor nos había adjudicado a cada hermano un sueldo de $ 100. Además tenía en Bella Unión y Gomensoro un reparto de refrescos de la Crush y la Vidú. En esa sociedad que armamos atendíamos dos cines, uno en Bella Unión y el otro alquilado en Gomensoro que lo atendía yo, tres veces a la semana, o sea que salía del trabajo en Cainsa en una motoneta y me iba a Gomensoro, o bien iba a Bella Unión, tomaba una camioneta y me iba ya con el reparto y las películas. Al poco tiempo mi hermano y yo nos abrimos de la sociedad, a mi hermano Luis Alberto se le adjudica entonces lo de Gomensoro.

    – ¿Y su hermano mayor se queda con el cine de Bella Unión?
    – Ahí está. Pasa el tiempo y yo andaba con unos problemas digestivos importantes, y veo a un médico amigo que me dice, “¿por qué no te vas a Montevideo y te hacés un examen?”. Entonces me fui a Montevideo. Un día que tenía tiempo, empiezo a recorrer las casas de cine, y me entero que en Salto había un cine para la venta. ¿Cuánto era? $ 70 mil, yo tenía $ 35 mil, no me alcanzaba, entonces voy y lo llamo a Luis Alberto a Gomensoro y le cuento, “hay un negocio ahí, pero sale esto”, “mirá –me dice-, yo no tengo, el dinero mío está en las butacas, en las máquinas, en la camioneta”, pero no le disgustó.

    Nosotros habíamos comprado el equipo que estaba en Gomensoro, era un equipo relativamente nuevo. Viene Luis Alberto y me dice, “y si ofrecemos que ellos levanten el equipo con que cuenta el cine”, que eran equipos muy buenos.

    – ¿Así que usted compraba el cine Ariel?
    – El Ariel, que fue el primer cine y el que mejor rédito económico nos dio, debe haber sido la sala más popular que hubo en Salto. De ahí le planteamos nuestra idea al propietario, Bernardo Glusman, le gustó y agarró viaje. Un día nos venimos en motocar, muchachos muy jóvenes del 57.

    – ¿Así que ahí compraron el cine Ariel?
    – No, lo alquilamos. Glusman nos traspasó el alquiler y bueno, el negocio salió. Yo puse los 35, con esos 35 se compraron las butacas, las máquinas ya la traíamos de allá, pero nos surgió un impasse, estaba el cinemascope y la pantalla que tenía era chica, necesitábamos una pantalla grande. Estábamos prácticamente a cero, empezamos a averiguar con Phillips que Luis Alberto tenía un contacto ahí, Phillips tenía también un departamento de cine y tenía una pantalla en el puerto, y en aquella época para sacar algo del puerto era un papeleo bárbaro. Había una pantalla que salía $ 5 mil. Se la hago corta, luego de buscar en algunos lados sin éxito, nos acordamos de un gerente regional del BROU, el flaco Camaño, que había sido gerente en Bella Unión, de ahí nos conocíamos. Fuimos y le planteamos nuestro problema, hicimos una prenda de las máquinas y las butacas, nos dio el dinero y conseguimos la pantalla. Glusman, que nos dio una mano muy buena, tenía en ese momento la representación americana de la Fox, nos presta las cabezas de sonido y arrancamos con todo el material de Fox.

    – ¿Recuerda cuál fue la primera película que dieron?
    – “Anastasia, la princesa vagabunda” con Ingrid Bergman e Yul Brynner, con esa arrancamos. De eso me acuerdo bien porque desde setiembre del 57 a julio del 58, nosotros tuvimos un promedio de más de 900 personas…

    – ¿Por semana?
    – Diarias.

    – ¿Diarias?
    – Diarias, el cine permaneció lleno toda esa época. Aquello fue una explosión, también en base al producto que se exhibía. Aparte de “Anastasia”, dimos “Las lluvias de Ranchipur”, “El hombre del traje gris”, y se vino un poco más abajo ya con una película allá por el mes de julio del 58 que para mí fue inolvidable, “Algo para recordar” con Cary Grant y Deborah Kerr, no había una persona que saliese del cine sin llorar. Fue una sensación.

    – ¿Cuántos cines funcionaban ya en Salto en aquella época?
    – Y en esa época habían cinco salas, el Plaza, el Salto, el Sarandí, Metropol y el Ariel. El Ariel tuvo un promedio asistencial mensual de más de 20 mil personas. Con el tiempo terminamos comprando las otras salas pero nuestro caballito de batalla siempre fue el Ariel. Además en aquella época, éramos un centro, digamos, porque funcionaban los bares, más que nada los restaurantes en función del cine. Los fines de semana era ya algo instituido, tanto es así que nos llamaban de los restaurantes para saber cómo estábamos de público (risas) porque sabían que luego se iban para allí.

    – En la vida hay de las buenas y de las otras. Por esas cosas de la vida, el cine se fue apagando de a poquito, ¿cómo vivió esa etapa de cierre?
    – Pienso que eso se veía venir, ya ve que salas en Montevideo como el Censa con 2400 localidades, un Plaza, también se fueron cerrando y pasaron a la historia, el propio Metro que hoy quedó en pequeñas salas y dedicado al teatro. No tenemos que atacar únicamente a la imposición de la televisión por cable, los videos en vhs, o ahora a los dvd. Hoy lo que realmente al cine le pesa es la piratería e internet que recién ahora se está revirtiendo pero a un costo grande con la 3ª dimensión, que ahí la piratería no va a poder. Como espectáculo, el cine sigue vigente, porque hablás con la gente y te dice que una película como en el cine no hay. Pero además ha habido un cambio cultural donde la gente ya tiene otros intereses, entretenimientos y distracciones. Desde que cerré, no fui más al cine, el otro día casi fui a ver “La era del hielo 3”, pero al final me fui quedando y no fui.

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