Saúl Prieto López. Papá de SOL
Saúl es un papá oriundo de la ciudad de Cerro Largo, adoptado por la ciudadanía de Salto.
Su vida transcurre, tranquila, confortable, bajo la supervisión y en la calidez y compañía de la familia de SOL.
Hace ya un tiempo que se encuentra instalado allí, recibiendo lo mejor de este grupo humano, que supo acogerlo,

brindándole sus servicios, pero sobre todo, mucho amor. Estuvo casado con Naír, su gran amor y de la que guarda el mejor de los recuerdos. Con la que tuvo un hijo y hoy tiene nietos y también bisnietos. Con sus tantas primaveras sin embargo, mantiene su memoria intacta y es él quien se encargará de narrarnos su historia de vida como papá:
“Nací el 28 de mayo de 1928.
Tuve la suerte de tener una madre, que mejor no habrá y que me regaló doce hermanos. Algunos estudiamos, otros nos fuimos a trabajar y yo opté por lo último. Éramos una familia rica y quedamos pobres, por un mal negocio que se realizó.
Comencé a trabajar y a su vez me puse de novio.
Mi novia Naír Gino, tenía 15 años y yo 19. Cuando ella llegó a los 16, decidimos casarnos. Yo ganaba cincuenta y cinco pesos por mes, y mi tarea era de encargado, en un local de ramos generales.
Mi patrón, al enterarse de que me casaba, me subió el sueldo y pasé a ganar setenta pesos.
Comenzamos a juntar peso a peso, hasta que vino una propuesta linda de una casa muy amplia y con la ayuda del banco fue que la adquirimos, comprando todo su mobiliario. Podía faltarnos plata para la yerba, pero para el banco, ¡la cuota estaba ahí!
Allí comenzamos a alegrarnos un poco, con la nueva vida.
¡Fuimos muy felices! ¡Pero, muy felices!
Algo que deseaba más que nada, era que mi esposa tuviera un hijo.
Fuera mujer o un hombrecito, igual. ¡Estaba ansioso de ser papá!

Hasta que un día me da la noticia …
¡Y por fin venía nuestro hijo!
Compré también una cama colonial, toda en hierro, muy bonita, por si venía el hermano, pero no vino el hermano.
Mi esposa, estudiaba magisterio, ya pronta para dar exámenes, pero tuvo que dejar, por el embarazo.
Cuando por fin llegó el momento del arribo del niño, yo caminaba por las escaleras.
Vino el médico y me dijo en tono de broma, que era una nena. Yo le dije: “está equivocado Doctor, es un varón”.
Estaba seguro.
¡Y era un varón! ¡Llegó nuestro hijo Orestes!
¡Estaba tan contento!
Mi esposa se recibió, pero no trabajaba por cuidar al bebé. Luego comenzó a trabajar en el Magisterio y allí se jubiló. Criamos a nuestro hijo, teniendo una suerte increíble con él. Porque nos salió muy bueno.
Le teníamos muchos celos, ¡no dejábamos que nadie lo alzara!
Así fue creciendo y nosotros felices, ¡porque tuvimos una suerte!: mi hijo fue lo mejor que nos pasó.
Luego cambié de empleo y encontré un patrón excepcional, un judío, Jacobo Turín que me ayudó mucho.
Actualmente en este local, donde yo trabajaba, está instalado el Supermercados Ta-Ta, en Melo.
Trabajé durante veinte años, allí. Pasó el tiempo, me jubilé, estaba muy bien, rodeado de toda mi familia.
Hasta que hace cinco años, mi hijo me invita a mudarnos a Montevideo y le dije que le aceptaba la invitación si veníamos para Salto.
Para poder ayudar y estar cerca de una de mis nietas que vive acá.
¡Pasa que ahora acá viviendo con mi hijo Orestes, que es flor de hijo y una nuera impagable, como es Marlene, es re lindo!
Con mi nieta mayor que adoro, como a los demás.
Me vienen a ver muy seguido a SOL, donde estoy muy bien, con todas las comodidades y una atención de primera, porque viven muy cerquita.
¡Mis nietos me dan vida! ¡Son pegados conmigo que da gusto!
Y me gusta ayudarlos a festejar sus cumpleaños y les regalo lo que puedo, pero no me gusta decirlo, porque queda feo…
Y ahora se acerca el día del padre… ¡padre!
¡Qué palabra difícil esa!

Yo adoro a mi hijo, ¿sabe? Y el maneja todo lo mío. Hace un tiempo, antes de venirme para acá, tenía en la mesada, entre la batería de cocina, adentro de mis ollas, unos miles de pesos.
Salimos un día a pasear con mi hijo, pasamos por una automotora y le pedí que parara. Le pregunté qué auto le gustaba.
Me dijo titubeando, “pero papa…”, yo le dije, ¿este te gusta?
Y así fue, que dejamos nuestro auto, entregamos unos dólares arriba y le regalé un auto nuevo. Me gusta cuidarlos y decirles que no vengan, ¡que está frío!
Por eso quiero enviarles un mensaje a todos los papás en su día: que sean buenos con los hijos.
Que sean mejor que yo.
¡Que los hijos dan alegría!
Dependiendo de cómo los enseñen, muy pocas tristezas.
Pero yo, hijo como el mío, no voy a encontrar. Aunque sé, que los habrá.
¡Feliz día a todos los padres!”





