Vox Pópuli | 28-02-2026

Un vecino comentaba, casi al pasar, que ya no se ve a mucha gente lavar las veredas. Y en esa observación sencilla había algo más profundo que una queja: había memoria. Porque antiguamente, en muchas casas, lo primero que se hacía a la mañana temprano era barrer y baldear la vereda. Era casi un ritual cotidiano, una forma de saludar al día y, también, al barrio.

Hoy eso ya no sucede con la misma frecuencia. Las veredas muestran yuyos creciendo en los canteros, tierra acumulada, papeles arrastrados por el viento. La falta de mantenimiento se vuelve paisaje y costumbre. No es solo desidia: es un cambio de hábitos, de tiempos y de vínculos con el espacio común.

Las veredas más sucias —no todas, pero sí muchas— suelen ser las de pizzerías y confiterías, donde las manchas de grasa, restos de comida y marcas de basura parecen incrustarse en el piso, como si fueran difíciles de quitar. Lo mismo ocurre en algunas verdulerías y carros de comida, donde hojas, cajones, envoltorios y residuos del trabajo diario terminan acumulándose si no hay una limpieza constante.

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Antes, la vereda era una extensión de la casa o del negocio; hoy, en muchos casos, parece tierra de nadie.

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