«La poesía comienza allí donde a la última palabra no la tiene la muerte». Con esa frase del gran Odiseo Elytis, premio Nobel de Literatura 1979, comenzamos esta charla con uno de los principales escritores salteños contemporáneos.
En este encuentro, Víctor desentraña el álgebra de la metáfora, vinculando la exactitud matemática con el misterio de los sueños, las raíces y la memoria, recorriendo desde su premiado debut con «Futuro» hasta la persistencia infinita del vino y la palabra.
¿Cuántas veces cabe el universo en el silencio de una uva?
La pregunta me hizo evocar un poema que escribí en 2017, cuando integraba un grupo llamado PESCADORES y salió el tema de las uvas, el vino, la poesía y dije que hay en esos sustantivos algo que lo relacionan con los números y la matemáticas.
Esa UVA, pequeña, necesaria, que da el vino y es eterna: el primer poema que hice y presenté en un concurso de la Humboldt Haus y obtuve un premio el viernes 23 de agosto de 1967 (¡fue el primer dinero que gané en mi vida! Me lo entregó el Ministro de Ed. y Cultura Carlos Manini Ríos) pues bien se llamaba “FUTURO”, yo tenía 17 años y allí me atrevía a hablar del suspenso que tenía mi vida, los cuatro versos finales decían: “Impalpable esencia que amedrentas/mi espíritu de adolescente/ y saturas con gotas de suspenso/ lo que yo ignorante te pregunto.”
Me basé en una frase de Ortega y Gasset cuando dijo “La POESÍA es el álgebra de la metáfora”, entiendo quiere significar que la poesía es como el uso de la perfección máxima de la palabra, su expresión sea escrita o hablada.
¿Es el álgebra un mapa que usan los sueños para no perderse?
Pienso en los años liceales, allá por 1963, 1964. Clases de matemática, se usaban letras, números, signos, sobre todo la ‘X’. Pero; ¿dónde está su relación con la poesía? — dirán algunos. Es que también allí en la simple regla de tres o en las ecuaciones por sustitución, por igualación y por reducción como en la poesía, hay razonamientos similares para hacer.
No miento. Si bien es verdad que no siempre conseguí solucionar esas ecuaciones químicas o matemáticas, en la poesía las apliqué con esta regla, ojo, que aunque creada por mí, que no dominaba enteramente el álgebra, me dio resultados:
“No puedo decir en un verso lo que no pueda probar ora con mis palabras, ora con los hechos.” En concreto, si alguien, hoy y ahora me pide que le explique un poema mío, desde “Futuro” (mi adolescencia), hasta “Leyenda Para Después del Verano” (¡mis 73 años!), sé cómo y por qué justificar cada palabra, cada signo, desde un exclamativo al de interrogación.
Hay un mapa trazado —o un boceto— en la cabeza de cada escritor. Los sueños convergen desde allí y muchas veces se transforman en un poema.
¿En qué idioma conversan las raíces cuando la ciudad duerme?
Los seres humanos, desde la Babel, seguimos sin entendernos, me parece, al menos humanamente.
Donde hay fallas allí está lo humano, no la matemáticas, ni el léxico, ni la geografía, ni la historia con y sin mayúscula. Las raíces, plantas también tienen su lenguaje sin ser como el de los vates, cineastas, escritores, historiadores… o los POETAS.
Las ciudades, las GRANDES BABELES, podrán seguir dormidas y dormidos sus cansados ciudadanos cobijados bajo sus rings, techos, torres, teatros y plazas, pero esas raíces, esas avecitas, esos perrillos, esos peces, esas rosas sostenidas por ramas, troncos y raíces, seguirán hablando.
Algunos, la minoría, oyen, devuelven, contestan, traducen, responden. Otros, la mayoría, no. O más bien: se tapan los oídos. Entres los vates y aedas, algunos son cómplices de un mágico coloquio. Y allí dentro en ese abracadabrante juego: algunos aplauden, dos o tres tiran rosas. Y el resto de los noctámbulos de esa larga noche: /ríe, ríe, ríe, con un aire suave/ cual la Eterna Eulalia / del Vate Darío.
¿Hacia dónde emigran las palabras que no llegamos a decir?
Una vez destruí, quemé, tiré a la papelera, mucho material no publicado. Esas crisis que todo el mundo tiene, tarde o temprano, en la vida. Recuerdo la fecha, el mes, el entorno. No los nombraré, pero fue como una catarsis, un exorcismo o una liberación. Después pude reconstruir algo, mínimo, pequeño.
Pero era mucho más lo destruido, con el rugido del “se acabó” y never more, como dijo el Cuervo de Poe. En julio de 1972, había escrito un poema, cuyo contexto empezaba con este epígrafe que era memorial humilde para el compositor y poeta Víctor Lima, muerto por suicidio en 1969: Menos duro ha de ser mi río / Caminar sobre tus guijarros / Que descalzo tratar de andar / Por tantos corazones humanos.
El poema continuaba con unas ocho o diez estrofas más. Ganó el primer premio en una institución local llamada ASDAFA y salió publicado en un diario local. El Premio (medalla y libros) me lo entregó el intendente de entonces Néstor J. Minutti, en Canal 8, junto a los demás ganadores.
Ese poema, junto al borrador y el diario impreso, los destruí. No los recuerdo a los demás versos. Pero me quedó grabado en la memoria ese epígrafe.
Y hay otras cosas que no las consideré dignas y las fui destruyendo. No voy a explicarlas. Mejor dicho no puedo explicarlas. En este punto y si esa fuera la cuestión, guardo silencio. Porque hay cosas que duelen, vaya si duelen.
¿Es la memoria un teatro vacío donde el actor siempre es la sombra?
Podría serlo y uso el tiempo en condicional porque el querer y el poder no dependen de uno. Menos para los poetas, que manejamos material tan inmaterial y, aunque parezca un juego de palabras, es así. Pienso en lo que decía Hamlet con aquello de “Ser o no ser, esa es la cuestión… to be or not to be, that is the question”; ¡ocho palabras en castellano, diez en inglés donde cabría una digresión filosófica para un libro entero!
Pero me inclino nuevamente por el aporte de C. G. Jung cuando dijo que “la sombra” es una parte del inconsciente colectivo donde hay cosas tanto negativas como positivas. También decía en sus textos que nadie se ilumina imaginando figuras o seres todos de luz, sino haciendo consciente la oscuridad o las sombras.
Finalizo recordando un poema de Marosa Di Giorgio, con quien hicimos teatro juntos en “Los Prójimos” de C. Gorostiza, en 1968 y dirigió Nydia Steinfeld Arenas. Leí casi toda la obra de Marosa, fallecida en agosto del 2004 y hay en uno de sus poemas en prosa que dice: “La Sombra se fue. Volverá dentro de cien años.”
¿Cuántos abriles se necesitan para entender la persistencia del vino?
Vuelvo a mi poema mencionado, el de la página 53 de “Leyenda…” donde hablo efectivamente de la poesía, las uvas y el vino…
Lo escribí en enero 2017 y el grupo PESCADORES (Carismáticos) fue el primero en oírlo. Nos reuníamos para ayudar a cocinar, pelar verduras, en lo que se llamaba la “olla solidaria”, donde después almorzaban y cenaban hermanos, prójimos en situación de calle o indigentes.
En una de esos atardeceres, entre trabajos, guitarreadas y cánticos, salió el tema del vino, de las uvas… y de Jesús. Ahí surgió mi idea de un poema, dado que me acordé de una cita bíblica donde hablaba del pan, del aceite, de las uvas y del vino. ¡Esa noche, intenté escribir y, extrañamente, empecé por el final!
El rojo vino que beben los poetas / logra nuevas mutaciones / al unir los números de aquel génesis / de todas las cosas, / a las rojas, moradas uvas / —hematíes ancestrales— siglo tras siglo hasta el hoy aquí. Pues lo contaron/cantaron / artistas y matemáticos, / filósofos y poetas: desde Dionisio a Orfeo, de Omar Khayyam a Dylan Thomas / y de Neruda a Bob Dylan… / Tantos como aquel multiplicado perdón / (¡setenta veces siete: léase el infinito!) / del gran Maestro, carpintero, poeta / y Rey de Reyes llamado JESÚS. ( VHS enero 2017)





