Uruguay asumió recientemente la presidencia del Consejo Interamericano para el Desarrollo Integral (CIDI) de la OEA, un hecho que, sin estridencias, tiene un fuerte valor político y diplomático. No se trata de un cargo meramente formal: el CIDI es el ámbito donde se definen y coordinan políticas de cooperación para el desarrollo, la inclusión social y el fortalecimiento institucional en las Américas.
Esta designación reafirma una tradición histórica de la política exterior uruguaya: la defensa del multilateralismo, el diálogo y la cooperación como herramientas centrales para el desarrollo y la democracia. En un contexto regional atravesado por tensiones políticas, crisis económicas y retrocesos institucionales en algunos países, que Uruguay presida este órgano es una señal de confianza en su perfil moderado, serio y previsible.
Al mismo tiempo, el desafío es claro. Liderar el CIDI implica equilibrar la agenda técnica del desarrollo con debates políticos inevitables, como la situación en Venezuela, sin renunciar a los principios democráticos que han caracterizado a nuestro país, pero evitando que la OEA se convierta en un espacio de confrontación estéril.
Uruguay tiene la oportunidad de demostrar que es posible ejercer liderazgo sin imposiciones, promover cooperación sin ideologización y defender la democracia con firmeza y respeto. En tiempos de polarización, ese estilo —sobrio y responsable— es, quizás, su mayor aporte al sistema interamericano. GECS




