Columnas De Opinión
Dr. Ignacio Supparo
Dr. Ignacio Supparo
Ignacio Supparo Teixeira nace en Salto, URUGUAY, en 1979. Se graduó en la carrera de Ciencias Sociales y Derecho (abogado) en el año 2005 en la Universidad de la República. Sus experiencias personales y profesionales han influido profundamente en su obra, y esto se refleja en el análisis crítico de las cuestiones diarias, con un enfoque particular en el Estado y en el sistema político en general, como forma de tener una mejor sociedad.

Uruguay: una sociedad que se apaga en silencio

“Si una madre puede matar a su propio hijo, ¿qué nos queda a nosotros? ¿Qué nos impide matarnos unos a otros?”

Madre Teresa de Calcuta

Cuánta razón tenía el médico pediatra Jerome Lejeune cuando dijo que “el aborto mata a dos: al niño y a la conciencia de la sociedad.”

Los políticos y las organizaciones feministas, que son profundamente anti – natalistas y abortistas, han matado y silenciado la consciencia de la sociedad uruguaya.

Para no dejar morir la consciencia del uruguayo, el pasado 25 de marzo, se celebró el Día del Niño por Nacer, en los que estuvimos todos los que no estamos dormidos, que defendemos la vida y que somos plenamente conscientes del tremendo daño que ocasiona el aborto en nuestro país.

Presentado como un acto que garantiza “derechos” y “salud”, en realidad encierra una contradicción profunda: hiere a la mujer para siempre, termina con una vida y erosiona la base misma de nuestra humanidad como sociedad. El aborto no es una simple práctica médica ni una conquista social; es un flagelo. Es una tragedia humana que se repite en silencio. Es, en definitiva, la normalización de la eliminación de los más indefensos bajo el amparo de la ley.

Y no lo estamos viendo.

Y mientras callamos, y permitimos el avance de los cultores de la muerte, nuestra sociedad se apaga lentamente.

El dato objetivo más contundente de este lento y persistente ocaso de nuestra civilización es la pirámide poblacional, que ya no es una pirámide. Es una figura invertida, una verdadera estructura funeraria. Es lo que se llama en demografía pirámide funeraria. No tenemos tasa de remplazo generacional. Cada vez nacen menos niños. Hoy en Urugay mueren por año más gente de las que nacen. Cada vez envejecemos más. Cada vez vivimos más.

Desde hace décadas Uruguay cumple con todas las condiciones de la pirámide funeraria. Por eso, la crisis demográfica no es una proyección a futuro. Es real. Está sucediendo.

La causa principal de esta tragedia son las políticas anti – vida de nuestros gobernantes, que han apostado a una sociedad sin vida, sin nacimientos, y de esa forma están logrando que la sociedad uruguaya, de a poco, comience a despedirse de sí misma.

El uruguayo, en su vida cotidiana, muchas veces no alcanza a dimensionar el verdadero alcance del proceso que estamos atravesando. No percibe —o no quiere percibir— el cataclismo silencioso que, desde hace décadas, se viene gestando a partir de decisiones impulsadas por representantes que, con apariencia de progreso, han instalado una auténtica cultura de la muerte.

Todo esto ha sido cuidadosamente envuelto en consignas atractivas, en eslóganes que suenan nobles, que tratan de justificar la injustificable, de humanizar lo inhumano: “derechos de la mujer”, “salud reproductiva”, “mi cuerpo, mi decisión”. Frases que apelan a la sensibilidad, que funcionan como herramientas de persuasión pero que esconden la verdad.

Hemos naturalizado esta narrativa. No hemos dejado engañar por los abortistas y asi hemos naturalizado el asesinato del ser mas inocente e indefenso, sin voz, a manos de su propia madre y ejecutado por el médico, dos personas que tienen la obligación y el deber de ser cuidadores naturales de sus hijos y de sus pacientes.

Hemos transformado los cuidadores en verdugos. Y no nos damos cuenta de esta tragedia. Y todo esto sucede en medio de una crisis demográfica total.

Pero todo esto a los abortistas no les importa, pues ellos se enfocan en el lucro y las pingues ganancias que le propicia la industria del aborto. Y estas ganancias obnubilan su juicio, hasta el absurdo de jugar a ser Dios, y decidir que vida merece vivir y cual no.

Desde la aprobación de la ley de aborto en 2012, Uruguay ha acumulado decenas de miles y miles de abortos, que no son otra cosa que vidas cercenadas de nuestros propios compatriotas. Año tras año, las cifras se sostienen y aumentan, casi como si se tratara de un dato más, de una estadística cualquiera. Pero no lo son. Detrás de cada número hay una vida que no fue, una historia que no comenzó, un futuro que fue cancelado antes de existir.

Durante el debate que precedió a la legalización del aborto, se hicieron proyecciones y promesas. En efecto, el principal abortista de nuestro país, el Dr. Leonel Briozzo, aseguro en el Parlamento que, con la legalización, los abortos se iban a reducir drásticamente, que se trataba de una solución sanitaria, que el objetivo era evitar situaciones extremas y proteger a las mujeres.

El tiempo no le dio razón.

Transcurridos más de 10 años, la realidad es muy diferente, y cada año los abortos aumentan y no pararon de crecer, de hecho, en el año 2024 hubo récord de abortos, con 11.232 compatriotas que no pudieron nacer y vivir.

Sucedió todo lo contrario a lo que proyecto el Dr. Briozzo: el aborto se normalizo, se volvió costumbre y se institucionalizó.

También dijo, el Dr. Briozzo, que si sus proyecciones no se cumplían estaba dispuesto a revisar la ley. Pero no lo hizo. No cumplió su palabra.

¿Qué hace en su lugar?

Redobla la apuesta y ahora quiere más muerte para nuestro país.

Es decir, no solo no cumple con su palabra, sino que profundiza la herida, pretendiendo avanzar aún más con el aborto. Ampliar límites. Extender plazos. Buscar profundizar una lógica que ya ha demostrado sus terribles consecuencias.

Como si nunca fuera suficiente. Como si la respuesta siempre fuera más muerte, en lugar de más vida. Cómo si el problema del Uruguay fuera el nacimiento de niños, cuando la realidad es que ese es nuestro drama principal: que cada vez hay menos uruguayos.

Esto lo único que demuestra es que existen otros intereses detrás, pues nadie en el Uruguay está pidiendo más abortos y más plazo. Ya existe aborto a la carta en el Uruguay: ¿qué más quieren? ¿cuál es el límite de los cultores de la muerte? ¿cuánta más muerte de nuestros propios orientales les es suficiente? ¿cuándo quedaran satisfechos? ¿acaso cuando lleven la muerte a las 40 semanas?

Los abortistas son destructores de todo lo bueno que tiene una sociedad (vida, niños, maternidad, matrimonio y familia) y en ese camino de destrucción implacable consolidan tres culturas profundamente destructivas.

La primera: la cultura de la muerte, donde la vida del mas frágil es descartable y matarlo deja de ser algo aberrante e impensable y pasa a ser una opción aceptada.
La segunda: la cultura de la irresponsabilidad, donde se rompe el vínculo entre los actos y sus consecuencias, y siempre parece haber una salida que evita asumir plenamente las decisiones. Así, el aborto se utiliza como anticonceptivo tardío, siendo el final de una cadena de irresponsabilidades.
Y la tercera: la cultura de la falta total de empatía, donde el más débil —el que no tiene voz— queda completamente desprotegido, y nadie – ni siquiera su madre – se pregunta: ¿Qué querría mi hijo? ¿querría que lo mate o que le permita vivir?

La pregunta es inevitable: ¿Qué sociedad estamos construyendo para nuestros hijos? ¿Qué les estamos dejando? ¿Muerte, irresponsabilidad, ausencia de empatía y destrucción del más débil?

Una sociedad donde la vida depende de la voluntad de otro. Donde la vida queda condicionada a los sentimientos, emociones, dolor, placer, circunstancias, condiciones materiales, anhelos y deseos de la madre.
Una sociedad donde el más fuerte decide sobre el más débil.
Una sociedad donde eliminar se vuelve más fácil que acompañar.

¿Esas enseñanzas queremos dejarles?

La única verdad es que una sociedad que elimina a sus propios hijos no puede sostenerse en el tiempo.

La sociedad uruguaya se extingue de a poco, sin entender que el verdadero progreso no se mide por los derechos que se proclaman, sino por las vidas que se protegen.

Uruguay necesita volver a elegir la vida.

Antes de que el silencio sea definitivo.

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