La historia de Alba Curbelo refleja el dolor de perder a un hijo en un siniestro de tránsito y cómo transformó su experiencia en resiliencia y acompañamiento.
La historia de vida de hoy nos invita a detenernos, a escuchar y a sentir. Nos acerca al testimonio de Alba Curbelo, una mujer que atravesó uno de los dolores más profundos que puede experimentar una madre: la pérdida de un hijo en un siniestro de tránsito. A través de sus palabras, no solo conocemos los hechos, sino también el impacto emocional, el vacío, el desconcierto y el largo camino que implica aprender a convivir con una ausencia que nunca deja de doler.
Alba reconstruye con claridad y sensibilidad los momentos previos a aquella noche, el vínculo tan cercano que tenía con su hijo Gonzalo, y cómo una decisión cotidiana terminó en una tragedia inesperada. Su relato nos sumerge en la angustia de la espera, la incertidumbre, y ese instante en el que la vida cambia para siempre. También nos permite dimensionar lo que ocurre después: el estado de shock, las dificultades para retomar la rutina, los miedos, y el enorme esfuerzo que implica seguir adelante.
En medio de ese dolor, aparece también la figura fundamental de su madre, quien, con una fortaleza admirable, fue su sostén en los momentos más oscuros. Y con el paso del tiempo, Alba logra transformar su experiencia en un mensaje que trasciende lo personal, convirtiéndose en una voz que busca acompañar a otras familias que atraviesan situaciones similares.
Esta no es solo una historia de pérdida, sino también de resiliencia, de vínculos, y de cómo, aún en medio del dolor, es posible encontrar formas de reconstruirse y seguir. Escuchar a Alba es, en definitiva, un ejercicio de empatía y conciencia, que nos interpela como sociedad y nos invita a reflexionar.
Por tal motivo, la protagonista de la historia de vida de hoy es Alba Curbelo.
¿Cómo está compuesta tu familia?
«Mi familia somos dos hermanos, los hijos de mis hermanos, los sobrinos; actualmente es lo que queda de la familia porque ya mis padres son fallecidos. Con los que tengo más vínculo son con los sobrinos, especialmente con los hijos de mi hermano, con quienes tengo un vínculo muy cercano.»
Comentanos un hecho que te pasó, que fue horrible. ¿Qué fue lo que le pasó a tu hijo?
«Ahora en marzo hizo 18 años que falleció Gonzalo en un siniestro de tránsito. El siniestro ocurrió en la zona de Arenitas Blancas, fue en esa zona que ocurrió.»
¿Cómo fue ese día? ¿Cómo te avisaron?
«Ese día él estaba acá en Salto porque estaba para seguir estudiando; estaba estudiando para nurse y se había inscripto la semana anterior, y ya venía Semana de Turismo, Semana Santa, Semana Criolla como solemos llamar. Yo estaba trabajando en Montevideo porque justamente el vínculo del trabajo que yo tenía acá en Salto ya no funcionaba, se había roto, había cerrado la pequeña empresa que existía, que era una telefónica, y yo me tuve que ir a Montevideo a trabajar. Él quedó con mi mamá acá en Salto con el fin de poder seguir estudiando. Siempre manteníamos el vínculo de llamarnos y mandarnos mensajes; un chico que era muy unido conmigo.»
¿Qué edad tenía?
«24 años. A pesar de que 24 años ya es un joven que tendría que estar más independizado, él era independiente, pero tenía ese vínculo conmigo porque, como madre soltera que lo crié, también eso forma un vínculo mucho más fuerte con los hijos.»
«Y habíamos estado conversando porque había venido un compañero de él el día anterior, que era sábado, para invitarlo a ir a las termas. Ese día, cuando me comentó, yo le dije que me parecía que no era lógico que fuera porque teníamos una pequeña moto, una moto chiquita, y le dije que no me parecía que fuera para no arriesgarse a ir a las termas, que había mucho tránsito. Y él se quedó en casa, pero más tarde otros compañeros, amigos —porque él era muy sociable— lo invitaron para ir a pescar en la zona allá del Club Policial, aquella zona de Arenitas Blancas, y esos chicos viven allí cerca del frigorífico Cibaran. Yo conocía a la familia, yo sabía dónde él estaba, y me dice: ‘Yo no sé si ir’, me dijo así. Y yo: ‘Pero Gonzalo…’. Yo ya le había dicho que no fuera a un lado, me daba cosa evitar que fuera a otro. Yo: ‘Bueno, pero Gonzalo, si van a ir para allá, aunque sea a pescar mismo, no sé, aunque sea para calentar el agua para el mate’. Y fue así que él fue a ese lugar. Pasaron las horas y al final se quedaron la noche, estaban de pesca y él se quedó con ellos. Y los chicos habían ido en ese momento, según después lo que me contaron, habían ido en ese momento para el río y él había quedado como para encender el fuego, y él no hizo eso: él agarró y se subió a la moto y volvía para casa. Y cuando volvía, allí en la zona de la entrada de Arenitas Blancas, él tiene el siniestro con unos chicos que iban en una camioneta con velocidad y estaban bajo los efectos del alcohol, y fue el siniestro que tuvo. Y en ese momento él falleció en el lugar porque las heridas fueron de gran consideración y tampoco llegó ninguna emergencia médica a tiempo.»

«Y yo estaba en contacto con mi madre porque justamente le había dado una llamada de teléfono preguntando para saber de él y no me contestaba, y me llamó la atención, pero también dije: ‘Podría haber quedado sin batería el teléfono’. Volví a llamar a mi madre y me dijo que no había llegado. Llamé también incluso a una chica que era la compañera de uno de los amigos que estaban en ese lugar, y él tenía que pasar por la casa de ellos, que viven al lado del Cibaran, con el fin de levantar el casco que había quedado en la casa de ellos. Dice: ‘No, quedate tranquila, Alba, él va a pasar por acá porque él dejó el casco acá’. Pero yo estaba sumamente intranquila porque él no tenía esas costumbres de quedarse, y pasaban los minutos. Después esa chica llama al compañero, que ahora son esposos, y dice: ‘Gonzalo, ¿vos sabés que la madre está preguntando por Gonzalo?’. ‘Gonzalo se fue, nosotros lo dejamos para que prendiera el fuego y se fue’. Y ellos salieron atrás cuando vieron que no estaba, salieron y habían visto que estaba el siniestro, pero ya había llegado la policía, ya no los dejaron acercarse. Pero ella no me dijo nada, me dijo que él estaba en camino para casa.»
«Después, como yo insistía con mi madre: ‘No, no, no llegó, no llegó’. Y en ese medio tiempo ella siente el portoncito, que hace un ruido, y ella dice: ‘Debe de ser él’. Y cuando ella abrió la puerta del frente dice: ‘Ah, un policía’. Cuando dijo ‘un policía’, ya me temblaron todas las piernas, todo el cuerpo. Y el policía no me dijo… mi madre lo hizo entrar, le preguntó a ella quién era y ella le dijo que era la abuela de Gonzalo. Dice: ‘¿Qué le pasó, qué le pasó?’. Y el policía dijo: ‘¿Y la mamá?’. ‘La mamá está en el teléfono’. Justamente yo estaba en el teléfono, y él me dijo que me tenía que venir porque él había tenido un siniestro. Yo le pregunté cómo él estaba y me dijo que él no era la persona indicada.»
Ese viaje habrá sido interminable.
«Horrible. Para eso también ya estaba uno de mis sobrinos, el hijo de mi hermano, allá en Montevideo. También había empezado a trabajar ya este chico, y yo lo llamo, le dije que me tenía que venir a Salto porque Gonzalo había tenido un accidente, y él me dijo: ‘Yo estoy en la terminal’. Pero para eso ya habían pasado las seis de la mañana y después ya no había más coches. Fue una cosa tremenda, horrible. Entonces me dijo que me estaba esperando en la terminal, pero él ya sabía, todos ya sabían, yo no sabía.»
«Yo estaba muy intranquila, estaba sacada. No es para menos, porque uno por un lado quiere imaginarse que va a estar bien, pero también si no te dicen nada y ves las caras de las personas pensás: ‘¿Qué pasó? Que me traten de decir’. Y era abrazarme y nada más.»
¿Cómo atravesaste los días después de la pérdida y qué fue lo más difícil?
«Yo siempre digo que fue mi madre que me sacó. Me cuesta hablar sobre eso porque ella era una persona mayor, tenía 86 años cuando pasó lo de Gonzalo, y ella tuvo un espíritu tremendo como para sacarme adelante.»
«La vida a veces es maravillosa porque ella, con sus 86 años, tener esa fortaleza que yo, por supuesto, era imposible tenerla.»
Gonzalo era hijo único.
«Sí, sí, era el compañero nuestro, tanto de ella como mío. Pero ella fue tan fuerte que yo no sé cuántos días estuve… pasó el tiempo y no sabía si era de mañana o de noche. No me podía levantar, me costó muchísimo, pero ella estuvo allí al pie del cañón. La vida es maravillosa porque ella duró diez años más.»
«Te cuento que muchas personas, parece que cuando después empecé a salir yo, si te veía en la calle, sabía que te conocía, pero no sabía cómo te había conocido. A veces veía a las personas, sabía que las conocía y no podía saber el nombre. Me cuesta también hoy en día.»
«Es un estado de shock que sufrís, es muy difícil, se te bloquea toda la mente. Yo no me podía levantar.»
«Incluso desconocí la ciudad cuando llegué. Es un estado de shock tremendo que solamente el que lo vive puede decir lo que es.»
«Después estuve bastante mal en el sentido de que tenía estados de pánico, no podía estar donde hubiera mucha gente, no podía estar muchas horas en los ómnibus. Me tenía que volver al trabajo en Montevideo después de un tiempo y me costaba enormemente. Me tenía que tomar medicación para dormir todo el tiempo porque me daban estados de pánico y quería bajar. Era horrible.»
«Lo de Gonzalo fue un siniestro de alarma pública porque fue muy conocido en la ciudad de Salto: uno, porque nosotros éramos unas personas visibles, y otra por la dimensión que tuvo el siniestro.»
¿Qué mensaje te gustaría dejarles a otras familias que atraviesan una situación como la tuya?
«Que lo hablen siempre, lo conversen, que sepan que la red nacional va a intentar siempre acompañarlos para poder ayudar a sobrellevar. Es muy difícil decir que se va a aceptar; no es el término en los siniestros de tránsito, no existe aceptar, existe que uno se transforma.»





