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jueves, enero 29, 2026
Columnas De Opinión
Dr. Ignacio Supparo
Dr. Ignacio Supparo
Ignacio Supparo Teixeira nace en Salto, URUGUAY, en 1979. Se graduó en la carrera de Ciencias Sociales y Derecho (abogado) en el año 2005 en la Universidad de la República. Sus experiencias personales y profesionales han influido profundamente en su obra, y esto se refleja en el análisis crítico de las cuestiones diarias, con un enfoque particular en el Estado y en el sistema político en general, como forma de tener una mejor sociedad.

SOCIALIZAR PARA RECAUDAR, EMPOBRECER PARA GOBERNAR

Los políticos no necesitan crear impuestos; necesitan que nadie note que los paga.”

El socialismo es un completo engaño, entre otras cosas, porque la socialización de todo es una estrategia politica para que todos paguemos más sin darnos cuenta y que el Estado recaude más, sin necesidad de crear nuevos tributos.

Una vez que el burócrata nos pone “de prepo” en su canasta socialista resulta casi imposible poder salir y, en contrapartida, al político le resulta muy fácil mover índices, cambiar criterios y modificar ajustes para alcanzar el objetivo recaudatorio. Mueve los hilos en este brete socialista sin que nadie pueda decir: “están creando otro impuesto”. Y este engaño no es casual sino intencional, pues subir impuestos de manera explícita tiene un alto costo político y una pésima propaganda. Por eso, el político busca caminos alternativos para el castigo al contribuyente y es el socialismo el que le brinda una herramienta espectacular.

El gobierno actúa de forma indirecta, solapada, pero con exactamente el mismo resultado: una burocracia cada vez más rica y más grande; y ciudadanos cada vez más pobres y más pequeños.

El estatismo ha logrado una de sus mayores proezas y victorias políticas que es, no “quemarse” imponiendo más impuestos a la vista de todos, sino convencer a la sociedad de que no los está imponiendo y que por eso no está pagando más. Mientras el discurso habla de justicia social, equidad y derechos, la realidad cotidiana nos muestra una realidad muy diferente: injusticia, inequidad y la gente pagando cada vez más, viviendo cada vez peor y nadie entiende muy bien por qué.

Claro, crear un impuesto nuevo o aumentar los existentes tiene un costo político alto porque genera un rechazo inmediato en la opinión pública. El poder político lo sabe y entonces busca un camino distinto: socializar los servicios y los impuestos para convertirlos en instrumentos de recaudación silenciosa.

La jugada es siniestra: una vez que estamos todos “socializados” por la fuerza y bajo el garrote legal, sin posibilidad de salir, el Estado ya no necesita crear ni subir impuestos, porque ahora cuenta con herramientas que le permiten ajustar desde dentro del sistema, a su antojo. Nos tiene maniatados y amarrados a los grilletes de la socialización. Y ese es el corazón del engaño.

Socializar es controlar. Socializar es pagar. Socializar es manipular: porque ya no se llama impuesto sino índice; no se llama aumento sino actualización. El ciudadano no ve el impuesto, pero lo paga igual, en forma invisible, a través de maniobras técnicas que ajustan los servicios y los impuestos existentes.

No figura en ningún lado como nuevo tributo, pero tiene exactamente el mismo efecto: reduce el ingreso de la gente, pagas más al agujero negro del Estado, se achica tu ahorro, y te vas empobreciendo de a poco, gota a gota. Y todo esto tiene la magia preversa de que no genera indignación social, porque nadie siente que le hayan “subido un impuesto”. Solo siente que todo cuesta más, pero no comprende bien los motivos. No tiene al enemigo del impuesto en frente para culpar, porque su verdadero enemigo, el real, quedo diluido en la “socialización”.

Los ejemplos están a la vista.

La salud fue socializada bajo el argumento de la equidad. El resultado es un sistema donde todos estamos obligados a aportar, usemos o no el servicio, nos sirva o no. El FONASA ajusta aportes, amplía bases, modifica criterios. Cada cambio implica más recaudación y que todos paguemos mas, pero nunca se presenta como aumento de impuestos. No hay libertad de salida, no hay competencia real: hay caja asegurada. Y el servicio cada vez es más deplorable.

El SUCIVE funciona del mismo modo. Una agencia fiduciaria monopólica fija aforos desconectados del valor real de los vehículos, pero perfectamente alineados con las necesidades fiscales de las Intendencias. Nuevamente, no se crea un impuesto nuevo, sino que se redefine un valor. Y automáticamente el contribuyente paga más. La decisión es “técnica”, por lo tanto, incuestionable.

La contribución inmobiliaria es otro caso clásico de ajuste encubierto y revalúos silenciosos, que nadie comprende. No hace falta subir la tasa: basta con revaluar los padrones. El inmueble no cambió, el servicio no mejoró, el ingreso del contribuyente no aumentó, pero la base imponible sí.

El IRPF y el IASS muestran otra cara del mismo mecanismo. No hace falta subir alícuotas. Basta con ajustar mínimos y franjas por el índice más bajo, de modo que cada año más personas queden alcanzadas y quienes ya pagan, paguen más. El mismo impuesto, pero con un universo de contribuyentes mayor. A los efectos del bolsillo es exactamente lo mismo que te creen un impuesto, pero el relato socialista nos dice que ellos no crearon ninguno.

El resultado es el mismo de siempre: se paga más sin que nadie pueda señalar un aumento explícito del impuesto. Una decisión “técnica”, tomada por la administración, sin debate público ni costo político.

¿Van comprendiendo cómo funciona?

Lo mismo ocurre con los combustibles y las tarifas públicas. El primero no baja cuando podría, y eso es un ajuste encubierto, todos pagamos más sin necesidad, para solventar el déficit del Estado. No se creó un impuesto, pero los efectos son los mismos: podrías pagar menos, tu dinero podría rendirte más, pero el Estado no te lo permite. OSE, ANTEL y UTE ajustan por encima de la inflación, no por eficiencia ni inversión, sino para recaudar más. Servicios esenciales, sin alternativa real, convertidos en impuestos encubiertos al consumo obligatorio.

Finalmente, las tasas municipales, multas de tránsito, peajes y cargos administrativos funcionan cada vez más como instrumentos de recaudación y cada vez menos como mecanismos de orden o servicio. No se justifican por una mejora concreta, sino por necesidades fiscales.

No se discuten como impuestos, pero cumplen exactamente la misma función: financiar al Estado a costa del ciudadano, bajo la excusa de la gestión y la regulación. Y todo responde a una lógica única y coherente: socializar para ajustar – ajustar para recaudar.

El resultado es siempre el mismo. Más burocracia, más gasto improductivo, más recursos desviados del sector que genera riqueza hacia un Estado que la consume. Menos inversión, menos empleo, menos crecimiento. Un empobrecimiento lento pero constante, perfectamente administrado.

Es hora de entender que los burócratas no nos engañan por descuido o error sino por diseño.

Mediante la falacia de la socialización, el gobierno nos controla, nos ajusta y nos exprime. Y mientras te dicen que no te suben los impuestos, vivís cada vez peor.

Ese es el verdadero rostro del socialismo real, el que muchos todavía no logran —o no quieren— comprender. Mientras repetís consignas como un reflejo, mientras te definís “socialista” casi por inercia, el sistema que defendés avanza silenciosamente sobre tu ingreso, tu esfuerzo y el futuro de tu familia.

El socialismo se impone anestesiando conciencias, administrando índices y ajustando por detrás. Te cobra sin decirte que te está cobrando. Te empobrece sin asumirlo. Y lo hace con una eficacia quirúrgica: quitándote libertad mientras te promete derechos.

Ese es su mayor triunfo: que defiendas a tu opresor, que te embanderes a favor de tu carcelero, ese que reduce tu poder adquisitivo, limita tus opciones y transforma tu trabajo en combustible para una burocracia que no produce, pero sí consume.

El socialismo moderno no es justicia social. Es el arte de cobrarte sin decirlo.

Y mientras no lo entiendas, el ajuste seguirá cayendo —siempre— del mismo lado: del tuyo.

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