Es cierto que no soy imparcial en este tema, porque cuando tenía pocos años de recibido de veterinario, a fin de los años 60, el Sr. César Juan Gutiérrez Amaro recurrió a mis servicios profesionales, y a partir de allí y durante muchos años concurrí asiduamente a la Estancia El Hervidero. Es por esto que me consta la dedicación, suya, de su madre Doña María Luisa Amaro, su hermana Luisita, su esposa, Alexandra, en el mantenimiento, restauración y conservación de un establecimiento precioso, de muy especiales características. Ese lugar era y es su hogar, el sitio donde ha vivido y trabajado siempre -desde el año 1946-, construido por su familia.
Conozco el esfuerzo hecho por Cesar Juan y sus padres, para reconstruir y mantener la casa, (grande, difícil y costosa) así como las profusas y completas instalaciones del establecimiento, reducidas a ruinas por el largo abandono que habían soportado: perforación de profundos pozos semisurgentes, montaje de molinos de agua, bombas eléctricas, tanques australianos y depósitos elevados para abastecer de agua higiénica a la totalidad los potreros.
Me consta la inversión genética con trabajos de inseminación artificial, que realizábamos a principios del 70 y que se han continuado exitosamente hasta hoy.
He apreciado la inversión en maquinaria para mejorar la infraestructura de la estancia. Fue de los primeros establecimientos en realizar agricultura con técnicas anti erosivas que hoy son obligatorias por ley. Conozco la historia de la familia, del Saladero que allí funcionó entre los años 1890 al 1925 y de la cantidad de familias que vivieron allí. Del trabajo del Saladero, de la construcción en la Meseta del monumento a Artigas, erguido en los años 1898 al 1899 por Don Nicanor Amaro (bisabuelo del actual propietario), quien donó 50 hectáreas frente al río donde está la Meseta, tomando además a su cargo la casi totalidad del costo de construcción del mismo.
Tengo también conocimiento de los argumentos, estudios y observaciones de muchos años donde intervino su hermana Luisa María, quien era diplomada en Etno – Historia y Arqueología tras completos estudios realizados en Francia en la Escuela de Altos Estudios de La Sorbona. Luisita me comentaba las dificultades para encontrar el verdadero lugar del campamento de Purificación. Ella calificaba como un enigma que no estaba resuelto por muchas razones, y porque en el Saladero habían vivido posteriormente más de 80 familias y miles de soldados extranjeros acamparon en la zona después de 1818, lo que pudo haber enmascarado los verdaderos vestigios de Purificación.
Pero, sin entrar en estas consideraciones, lo que realmente me alarma y sorprende es que se quiera desalojar a una persona de 88 años de su casa, de su hogar, del lugar que le pertenece, y por el que paga puntualmente sus impuestos.
Todo basado en estudios realizados hace más de 10 años que fueron insuficientes, no concluyentes y que debieron y deben ser ampliados.
El Sr. Gutiérrez ha solicitado reiteradamente que le permitan vivir allí tranquilo el resto de su vida.
¿Qué apuro tienen? ¿No se dan cuenta lo que significa para una persona de su edad que la saquen del lugar donde siempre vivió y que es la cabeza y el corazón de su establecimiento rural?
Es francamente inhumano, insensible. ¿Todo para crear un gran parque en casi doscientas hectáreas? ¿Se ha tenido en cuenta el costo de la expropiación, que se estima en alrededor de 15 millones de dólares, más lo que será necesario gastar en su creación y posterior cuidado?
Por este medio no hago más que descargar mi indignación ante un atropello de esta naturaleza, y trato de sensibilizar a las autoridades apelando al sentido común, pidiendo se desactive el procedimiento mientras el Sr. Gutiérrez y su señora vivan. En tanto, sugiero la necesidad de realizar nuevos estudios que den la ineludible seguridad sobre la verdadera ubicación de Purificación, que es muy probable –como lo han dicho historiadores, investigadores y habitantes de la zona- no estuviera en lo que constituye el casco completo de la actual Estancia EL HERVIDERO.
Dr. Adolfo E. Bortagaray Farinha.
Recibimos y publicamos
Es cierto que no soy imparcial en este tema, porque cuando tenía pocos años de recibido de veterinario, a fin de los años 60, el Sr. César Juan Gutiérrez Amaro recurrió a mis servicios profesionales, y a partir de allí y durante muchos años concurrí asiduamente a la Estancia El Hervidero. Es por esto que me consta la dedicación, suya, de su madre Doña María Luisa Amaro, su hermana Luisita, su esposa, Alexandra, en el mantenimiento, restauración y conservación de un establecimiento precioso, de muy especiales características. Ese lugar era y es su hogar, el sitio donde ha vivido y trabajado siempre -desde el año 1946-, construido por su familia.
Conozco el esfuerzo hecho por Cesar Juan y sus padres, para reconstruir y mantener la casa, (grande, difícil y costosa) así como las profusas y completas instalaciones del establecimiento, reducidas a ruinas por el largo abandono que habían soportado: perforación de profundos pozos semisurgentes, montaje de molinos de agua, bombas eléctricas, tanques australianos y depósitos elevados para abastecer de agua higiénica a la totalidad los potreros.
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Me consta la inversión genética con trabajos de inseminación artificial, que realizábamos a principios del 70 y que se han continuado exitosamente hasta hoy.
He apreciado la inversión en maquinaria para mejorar la infraestructura de la estancia. Fue de los primeros establecimientos en realizar agricultura con técnicas anti erosivas que hoy son obligatorias por ley. Conozco la historia de la familia, del Saladero que allí funcionó entre los años 1890 al 1925 y de la cantidad de familias que vivieron allí. Del trabajo del Saladero, de la construcción en la Meseta del monumento a Artigas, erguido en los años 1898 al 1899 por Don Nicanor Amaro (bisabuelo del actual propietario), quien donó 50 hectáreas frente al río donde está la Meseta, tomando además a su cargo la casi totalidad del costo de construcción del mismo.
Tengo también conocimiento de los argumentos, estudios y observaciones de muchos años donde intervino su hermana Luisa María, quien era diplomada en Etno – Historia y Arqueología tras completos estudios realizados en Francia en la Escuela de Altos Estudios de La Sorbona. Luisita me comentaba las dificultades para encontrar el verdadero lugar del campamento de Purificación. Ella calificaba como un enigma que no estaba resuelto por muchas razones, y porque en el Saladero habían vivido posteriormente más de 80 familias y miles de soldados extranjeros acamparon en la zona después de 1818, lo que pudo haber enmascarado los verdaderos vestigios de Purificación.
Pero, sin entrar en estas consideraciones, lo que realmente me alarma y sorprende es que se quiera desalojar a una persona de 88 años de su casa, de su hogar, del lugar que le pertenece, y por el que paga puntualmente sus impuestos.
Todo basado en estudios realizados hace más de 10 años que fueron insuficientes, no concluyentes y que debieron y deben ser ampliados.
El Sr. Gutiérrez ha solicitado reiteradamente que le permitan vivir allí tranquilo el resto de su vida.
¿Qué apuro tienen? ¿No se dan cuenta lo que significa para una persona de su edad que la saquen del lugar donde siempre vivió y que es la cabeza y el corazón de su establecimiento rural?
Es francamente inhumano, insensible. ¿Todo para crear un gran parque en casi doscientas hectáreas? ¿Se ha tenido en cuenta el costo de la expropiación, que se estima en alrededor de 15 millones de dólares, más lo que será necesario gastar en su creación y posterior cuidado?
Por este medio no hago más que descargar mi indignación ante un atropello de esta naturaleza, y trato de sensibilizar a las autoridades apelando al sentido común, pidiendo se desactive el procedimiento mientras el Sr. Gutiérrez y su señora vivan. En tanto, sugiero la necesidad de realizar nuevos estudios que den la ineludible seguridad sobre la verdadera ubicación de Purificación, que es muy probable –como lo han dicho historiadores, investigadores y habitantes de la zona- no estuviera en lo que constituye el casco completo de la actual Estancia EL HERVIDERO.
Dr. Adolfo E. Bortagaray Farinha.
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